La COP17 de Biodiversidad revisa en Ereván el objetivo 30×30 con solo el 17% de tierra protegida

The 30x30 fija la conservación del 30% de tierra y mar para 2030, pero las concesiones de petróleo, gas y minería se solapan ya con más de 100 millones de hectáreas de áreas protegidas. En Senegal los bloques de hidrocarburos cubren el 99% de las zonas clave para la biodiversidad

La COP17 de Biodiversidad reúne este mes a cerca de 200 gobiernos en Ereván para revisar el objetivo 30×30, la meta de conservar el 30% de tierra y mar en 2030 que avanza muy por debajo de lo prometido.

El calendario juega en contra. El Marco Global de Biodiversidad, el acuerdo que casi 200 países adoptaron hace seis años bajo el paraguas del Convenio sobre la Diversidad Biológica, fijó ese 30% para el final de la década. A cuatro ejercicios de la fecha, el grueso de los indicadores sigue lejos del objetivo y la superficie terrestre bajo alguna figura de protección ronda el 17%.

No se trata solo de cuánta superficie se declara, sino de cuánta se conserva de verdad. El propio marco exige frenar y revertir la pérdida de biodiversidad sin renunciar al crecimiento económico, y ahí la aritmética se complica: la expansión de infraestructuras, la minería y la propia transición energética presionan sobre los ecosistemas con más valor biológico.

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Los gobiernos reunidos en Ereván tienen que decidir si el 30×30 es una cifra que se cumple o una etiqueta que se exhibe en el escaparate. La diferencia tiene nombre: parques de papel. Un área protegida por ley que en la práctica admite perforaciones, minas o tala industrial deja de ser conservación y pasa a ser contabilidad.

La letra pequeña: 61 millones de hectáreas de concesiones dentro de áreas protegidas

Un análisis de países tropicales pone cifras a la contradicción. Las concesiones de petróleo y gas se solapan con casi 61 millones de hectáreas de áreas protegidas y conservadas, una extensión equivalente a dos veces y media el Reino Unido. Las concesiones mineras suman otras 43 millones de hectáreas. Sobre el terreno, la figura legal de protección convive con el derecho a extraer.

Declarar una reserva no la protege: si dentro sigue habiendo una concesión petrolífera, lo que existe es un permiso de extracción con nombre de parque.

El patrón se repite en países muy distintos. En Senegal, los bloques de hidrocarburos cubren el 99% tanto de las áreas protegidas como de las Áreas Clave de Biodiversidad identificadas, aunque el país está cerca de alcanzar su cuota sobre el papel. En Camboya, casi todo el bosque no alterado está dentro de espacios protegidos, pero una quinta parte de esos espacios soporta concesiones mineras. Y en la República Democrática del Congo, cerca de tres cuartas partes del nuevo Corredor Verde Kivu-Kinshasa se solapan con bloques de petróleo y gas de una ronda de licencias reciente.

La transición energética y la protección de la naturaleza no son rivales, pero tampoco se sostienen cuando una se financia destruyendo la otra.

La contradicción no es exclusiva de los países de renta baja. Estados Unidos ha reabierto el monumento nacional de Bears Ears a la minería y mantiene la puerta abierta a nuevas perforaciones en el Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico. El Reino Unido, por su parte, sigue autorizando a compañías de combustibles fósiles para perforar dentro de espacios protegidos. La letra pequeña manda.

objetivo 30x30

📊 Impacto ecológico en cifras

  • Objetivo 30×30: conservar al menos el 30% de tierra, aguas continentales y mar para 2030; la superficie terrestre protegida ronda hoy el 17%.
  • Solapamiento con hidrocarburos: casi 61 millones de hectáreas de concesiones de petróleo y gas dentro de áreas protegidas y conservadas.
  • Solapamiento con minería: 43 millones de hectáreas adicionales, parte de ellas destinadas a minerales de la transición energética.
  • Plazo: cuatro años hasta 2030 y cerca de 200 países llamados a rendir cuentas en Ereván este octubre.

Las cuatro condiciones para que la protección no sea un eslogan

Los autores del análisis resumen la salida en cuatro requisitos. Madhu Rao preside la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la UICN; Tyson Miller dirige Earth Insight. Ninguno de los dos pide menos crecimiento, sino decisiones coherentes entre ministerios que hoy trabajan por separado.

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  • Jerarquía de mitigación: evitar el daño antes de compensarlo. Las zonas de mayor valor biológico, incluidas las protegidas de forma estricta, deberían ser espacios vetados a la industria extractiva.
  • Coherencia política: un área protegida depende de medio ambiente y una concesión minera, de minas o energía. Si la biodiversidad no entra en las decisiones de todos los sectores, ambas seguirán chocando.
  • Planificación espacial: definir con claridad dónde se protege y dónde se puede desarrollar. Proteger aquí, desarrollar allí.
  • Gobernanza equitativa: derechos, conocimiento y liderazgo de los pueblos indígenas y las comunidades locales, que gestionan algunas de las tierras más intactas del planeta.

El cuarto punto no es un adorno. Buena parte de las áreas de importancia global para la biodiversidad está en territorios gestionados por comunidades locales, y sin su participación la protección se queda en un plano que nadie defiende sobre el terreno.

El dilema que la transición energética no puede esquivar

Hay un detalle incómodo en el mapa: parte de la minería que empuja hacia espacios protegidos extrae minerales críticos para la electrificación y el almacenamiento. Cobre, litio, tierras raras. La misma transición que debe descarbonizar la economía aparece también como presión sobre la naturaleza que se quiere conservar.

La lección ya la dio la Unión Europea cuando fijó su propio 30% de protección terrestre y marina para 2030 en su Estrategia de Biodiversidad: sin planificación previa, los objetivos climáticos y los de naturaleza acaban compitiendo por el mismo suelo. La conclusión razonable no es frenar la electrificación, sino exigir que el suministro de minerales se resuelva con reciclaje, sustitutos y extracción fuera de las zonas de alto valor, no dentro de ellas.

A cuatro años de 2030, la mayoría de los países firmantes mantiene la meta en el discurso y aplaza la factura. El compromiso que merece la pena en Ereván es la protección duradera de los lugares que importan de verdad: intactos, conectados y libres de las industrias que los vaciarían por dentro.

🌍 El Impacto Real para el Futuro

  • Beneficio medible: cerrar la brecha del 17% al 30% de superficie protegida evita la pérdida de ecosistemas que sostienen la polinización, el agua y la pesca.
  • Modelo que cambia: el área protegida de escaparate, compatible con concesiones petrolíferas o mineras, deja paso a zonas vetadas a la extracción.
  • Para las próximas generaciones: la decisión de Ereván determina si en 2030 hay naturaleza conservada o solo una cifra anotada en un informe.