Amadeo I, el rey electo que abdicó ante una España que no lo quiso

Elegido por 191 votos en unas Cortes que llevaban dos años buscando monarca, el duque de Aosta juró la Constitución el 2 de enero de 1871. Su principal valedor, el general Prim, había muerto tres días antes.

El 30 de diciembre de 1870 fondeó frente a Cartagena el buque que traía a España a un rey de veinticinco años. Ese mismo día, en Madrid, moría el general Juan Prim y Prats, presidente del Consejo de Ministros, tres jornadas después de recibir varios balazos a la salida del Congreso, en la calle del Turco. El pasajero se llamaba Amadeo de Saboya, duque de Aosta, y había aceptado una corona que nadie sabía si iba a poder sostener. Cuando pisó tierra española, el hombre que le había abierto las puertas del país acababa de morir a setecientos kilómetros de allí. El rey llegaba al entierro de su propio reinado.

Capítulo I: Un trono sin rey

La monarquía española llevaba algo más de dos años acéfala. La revolución de septiembre de 1868, la que pasó a la historia como La Gloriosa, había mandado a Isabel II al exilio parisino y había dejado el poder en manos de un Gobierno provisional presidido por el general Francisco Serrano, con Prim en el Ministerio de la Guerra. La Constitución de 1869 salió monárquica: las Cortes constituyentes aceptaban un rey, pero no a la reina destronada. Faltaba encontrarlo, y encontrarlo costó dos años de gestiones, viajes y humillaciones diplomáticas.

Los candidatos fueron cayendo por su propio pie. El príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen aceptó la corona en el verano de 1870 y su aceptación encendió la mecha de la guerra entre Francia y Prusia: París protestó, Bismarck maniobró con el telegrama de Ems y el candidato se retiró antes de que el asunto acabara a cañonazos. El duque de Montpensier, cuñado de Isabel II, tenía ambición, fortuna y un problema irreparable: el 12 de marzo de 1870 se había batido en duelo con su propio cuñado, el infante Enrique de Borbón, y lo había matado en Carabanchel. Aquel cadáver desactivó su candidatura.

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El general Baldomero Espartero, viejo y retirado, declinó cualquier ofrecimiento. Así las cosas, el 16 de noviembre de 1870 las Cortes votaron en secreto y salieron 191 papeletas con el nombre de Amadeo de Saboya, duque de Aosta, segundo hijo del rey de Italia. Había nacido en Turín el 30 de mayo de 1845 y se había batido con los suyos en Custoza en 1866. Tenía a favor el prestigio de una casa real europea y en contra todo lo que su padre, Victor Manuel II, había hecho en Roma: en septiembre de 1870 las tropas italianas habían entrado en la ciudad y habían puesto fin al poder temporal de los papas. En la España católica, aquel apellido sonaba a sacrilegio.

Capítulo II: El juramento del 2 de enero

Amadeo llegó a Madrid el 2 de enero de 1871 y juró ese mismo día, ante las Cortes, la Constitución de 1869. Fue el primer rey de España que juró una carta magna delante de un parlamento. El gesto tenía su mérito y también su trampa: el rey nuevo se comprometía a reinar con unas reglas que él no había escrito, en un país donde media clase política acababa de descubrir que podía vivir sin monarca.

Sin Prim no había nadie capaz de tejer una mayoría alrededor del trono. El general había sido tiroteado la tarde del 27 de diciembre en la calle del Turco, a pocos metros del Congreso, y el atentado dejó tras de sí detenidos, procesos, pesquisas y teorías para todos los gustos: los republicanos, los carlistas, el entorno de los Montpensier, alguna combinación de todos ellos. La historiografía no ha cerrado nunca el caso con una versión única. Lo que sí quedó claro es que el único hombre que sabía qué hacer con aquel trono no estaba allí para hacerlo.

A la hostilidad política se le sumó otra más silenciosa: la de la corte. Buena parte de la grandeza española había servido a Isabel II o miraba de reojo al pretendiente carlista, y cerró sus casas al rey nuevo. La corte que se formó alrededor de Amadeo fue una corte pobre, de funcionarios, de militares y de muy pocas familias dispuestas a dejarse ver. A su lado estaba su mujer, María Victoria del Pozzo della Cisterna, con quien se había casado en Turín en 1867 y que le había dado ya dos hijos.

Capítulo III: Dos frentes y ningún amigo

El reinado tuvo dos guerras abiertas al mismo tiempo y ninguna victoria que exhibir. En Cuba, la insurrección iniciada en 1868 seguía consumiendo hombres y dinero sin que nadie supiera decir cuándo iba a terminar. En el norte, en la primavera de 1872, Carlos María de los Dolores de Borbón —Carlos VII para sus partidarios— levantó a los carlistas en el País Vasco y Navarra y abrió la tercera de las guerras civiles que llevarían su nombre. A comienzos de 1873 las partidas del pretendiente se movían con holgura por Navarra, el País Vasco y el interior de Cataluña, y el ejército regular no daba abasto para cubrir el frente y las guarniciones.

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La Iglesia no era un obstáculo menor. La ruptura entre la Santa Sede y la casa de Saboya después de la toma de Roma convirtió al rey en un sospechoso, y buena parte del clero español veía en don Carlos al defensor de la religión y en Amadeo al hijo del monarca que había despojado al papa. Un rey católico con ese apellido era, para muchos párrocos y obispos, una contradicción difícil de explicar desde el púlpito.

En Madrid, mientras tanto, el turno de presidentes del Consejo fue vertiginoso. Los radicales de Manuel Ruiz Zorrilla y los constitucionales de Práxedes Mateo Sagasta se disputaban el poder y se negaban a sostener juntos al rey. Cada gabinete que caía dejaba al monarca un poco más solo, y cada elección mostraba lo mismo: no existía un partido amadeísta, no había nadie que se jugara el escaño por defender a los Saboya.

El Ejército era el único pilar serio del trono, y tampoco era un pilar de fiar. En 1872, un conflicto entre el Gobierno y el cuerpo de artillería, que terminó con la dimisión en bloque de sus oficiales, dejó al rey en una posición imposible, entre la autoridad que había sancionado la medida y la corporación que se sentía agraviada. Amadeo venía de una casa real con vocación militar y se encontró con un ejército dividido entre la obediencia formal, la nostalgia isabelina y la simpatía por el pretendiente.

Capítulo IV: La soledad del rey caballero

Le llamaron «el rey caballero», y el apodo resumía su virtud y su condena. Amadeo era un hombre de veinticinco años, educado, religioso, sin talento para la intriga y sin paciencia para el halago. Intentó ser un rey constitucional de verdad, por encima de los partidos, y descubrió que en aquella España eso significaba quedarse sin ninguno. No repartió prebendas con la generosidad que se esperaba de un monarca, no cerró los ojos ante lo que consideraba ilegal y no supo —o no quiso— comprar lealtades con cargo y sueldo.

Su mujer llevaba mal el clima y peor el desdén. En enero de 1873, doce días antes del final, nació en Madrid el tercer hijo del matrimonio: Luis Amadeo. La ciudad que había recibido al rey con más curiosidad que entusiasmo le había dado, al menos, un hijo español.

Amadeo I de Saboya

Capítulo V: El 11 de febrero

El 11 de febrero de 1873 Amadeo firmó su renuncia a la corona de España, para sí y para sus hijos, y la hizo llegar a las Cortes. No hubo pronunciamiento, ni motín, ni conspiración de antecámara que le echara: se fue porque no encontraba con qué gobernar. La decisión llegó tras una nueva crisis de gabinete, cuando comprobó que ninguna combinación de partidos le daba una mayoría. La misma jornada, la Asamblea reunida en el Congreso proclamó la República. España tuvo así su primer régimen republicano no por un asalto revolucionario a palacio, sino por la dimisión de un rey que había llegado al trono por votación.

Salió de Madrid esa misma jornada, camino del exilio, y no volvió a pisar suelo español. En sus dos años largos de reinado no había conseguido ni un solo apoyo sólido: ni el de la aristocracia, ni el de la Iglesia, ni el del Ejército, ni el de unos partidos que se turnaban en el poder a espaldas de la Corona. Su marcha dejó a España con una república sin republicanos mayoritarios, una guerra carlista en marcha y una isla en armas. No era un buen punto de partida, y nadie lo sabía mejor que él.

Capítulo VI: Superga

Volvió a Italia y a su título de duque de Aosta, y vivió los últimos años alejado de todo. María Victoria murió en San Remo en 1876, con veintinueve años. En 1888 se casó de nuevo con María Letizia Bonaparte, hija de su hermana y por tanto su sobrina. El 18 de enero de 1890 murió en Turín, a los cuarenta y cuatro años, y fue enterrado en la basílica de Superga, en el panteón de los Saboya.

Uno de sus hijos, el que había nacido en Madrid en enero de 1873, se hizo explorador y alpinista: Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, que recorrió el Ruwenzori, intentó el K2 y navegó el Ártico. El único rey que España eligió por votación dejó, a fin de cuentas, un hijo nacido en Madrid y un apellido enterrado en Italia. Su corona duró lo que tardó una corte en no quererle.