EEUU no debe abandonar Oriente Próximo: el repliegue no frena a Irán, según Foreign Affairs

El analista Phil Gordon sostiene que Washington debe reducir su huella militar sin soltar el tablero regional. El cierre de Ormuz durante la guerra con Irán elevó la gasolina en EEUU más del 40%.

EEUU no puede abandonar Oriente Próximo sin asumir un coste estratégico que no está dispuesto a pagar. El repliegue militar no frena a Irán: lo alienta. Es la tesis que defiende Phil Gordon en Foreign Affairs, donde desmonta la idea de que Washington pueda ceder el tablero regional a Teherán, Moscú y Pekín sin consecuencias directas sobre la economía global.

La fórmula la puso Michael Corleone en El Padrino, Parte III: ‘Justo cuando pensaba que estaba fuera, me vuelven a arrastrar dentro’. Gordon la convierte en el lema no escrito de tres décadas de política exterior estadounidense. Cada presidente prometió desconectar del polvorín. Ninguno lo consiguió.

Por qué ningún presidente ha logrado salir del laberinto

Clinton llegó a la Casa Blanca prometiendo concentrarse ‘como un rayo láser’ en la economía y terminó su mandato inmerso en el conflicto israelo-palestino y conteniendo al Irak de Sadam Husein. Bush hijo aterrizó con una política exterior ‘humilde’ y acabó invadiendo y ocupando Afganistán e Irak. Obama anunció el ‘pivote a Asia’ y se vio arrastrado por la primavera árabe, la campaña contra el Estado Islámico y una negociación nuclear con Irán que le consumió el segundo mandato. Biden intentó despriorizar la región hasta que el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 se tragó lo que le quedaba de presidencia.

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Trump es el caso más llamativo. Hizo campaña contra las ‘guerras eternas’ y ha terminado apostando por una guerra imprudente contra Irán que puede definir su segundo mandato. Gordon no lo plantea como reproche partidista, sino como diagnóstico estructural: el sistema devuelve al redil a quien intenta salir.

Los intereses que siguen vivos aunque nadie quiera verlo

Buena parte del argumento a favor de la desconexión se apoya en una premisa falsa: que EEUU ya no necesita el petróleo del Golfo. El país es exportador neto de crudo y gas y apenas importa hidrocarburos de la región. Pero el petróleo es una materia fungible con un único precio global. Cuando el suministro se corta en cualquier punto del planeta, los estadounidenses pagan más en el surtidor y las economías de Asia y Europa se frenan.

La guerra contra Irán lo demostró con crudeza. Teherán respondió a los ataques de EEUU e Israel golpeando infraestructura energética y cerrando el tráfico en el estrecho de Ormuz, por donde circulaba una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo y casi una quinta parte del gas natural licuado. El precio de la gasolina en EEUU subió más del 40% y el del diésel, más del 70%. Una caída de un punto porcentual del PIB estadounidense por un shock de oferta costaría más de 300.000 millones de dólares; uno global, más de un billón.

La desconexión no es una política exterior: es una apuesta a que nadie más aprovechará el vacío que deja Washington.

A eso se suma la no proliferación nuclear. Si Irán obtiene la bomba, Arabia Saudí ha advertido que también ‘tendrá que conseguir una’, y Turquía ha dejado caer que estudiaría lo mismo. Un Oriente Próximo con varias potencias nucleares rivales sería mucho más peligroso que el actual, con mayor riesgo de accidente o de uso efectivo.

El terrorismo yihadista, por último, se ha degradado pero no ha desaparecido. El Estado Islámico y sus franquicias siguen siendo capaces de atentados masivos, como demostraron en Moscú y Kerman en 2024 o en Nueva Orleans y Bondi Beach en 2025. Cientos de miembros escaparon de las prisiones sirias tras la caída de Asad en diciembre de 2024. Una misión antiterrorista modesta sigue siendo imprescindible.

Y hay intereses positivos. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo gestionan fondos soberanos por valor de más de 5 billones de dólares y mantienen hasta 2 billones en activos estadounidenses, incluidos bonos del Tesoro que abaratan la financiación de Washington. Con un PIB combinado superior a los 2 billones, están construyendo centros de datos con empresas estadounidenses en lugar de chinas. Perder esa influencia sería un regalo para Pekín.

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Equilibrio de Poder

La lectura estratégica es inequívoca. Washington acierta en el diagnóstico del sobregiro, pero se equivoca en la receta de soltar amarras. La administración Trump ha convertido Oriente Próximo en un activo transaccional mientras prioriza el Indo-Pacífico y presiona a Europa para que asuma su propia defensa. Moscú observa el repliegue como una oportunidad: el alza del petróleo por la crisis iraní ha supuesto un balón de oxígeno para sus finanzas de guerra. Bruselas, mientras tanto, sigue sin una doctrina propia para el Golfo.

Para España, el impacto es directo. Buena parte de la factura energética depende de rutas que pasan por Ormuz y Suez, y cualquier cierre vuelve a disparar la inflación y los tipos. El flanco sur —Marruecos, el Sáhara, el Sahel— se degrada cuando Washington retira atención y Moscú, Turquía o los Emiratos ocupan el hueco. Las bases de Rota y Morón, con su valor como plataforma logística y antimisiles, forman parte de esa red que Gordon considera irremplazable.

El precedente ayuda a entenderlo. La retirada de Afganistán en 2021 no redujo la amenaza terrorista; la redistribuyó. La anexión de Crimea en 2014 tampoco mejoró con la distancia estadounidense. Gordon propone un camino intermedio: menos huella militar, más diplomacia, más socios y menos pilares apuntalados por inercia. Ni doblar la apuesta ni marcharse. La próxima cumbre de la OTAN y el debate presupuestario en el Congreso marcarán si esa tesis se convierte en política real o queda en un ensayo más.