Irán ha pasado de exigir peajes en Ormuz a amenazar con atacar los cables submarinos que sostienen internet en la región.
El general Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní —el organismo que dirige la política de defensa de la República Islámica—, calificó este domingo de ‘inadecuada’ la respuesta de Washington y advirtió de que, si se reanuda la guerra, los cables submarinos, los centros de datos y las instalaciones de IA vinculados a EE. UU. serán objetivos militares. Cifró en más de dos billones de dólares el valor de esa infraestructura, repartida por Oriente Próximo, en una entrevista con la cadena estatal Press TV.
La advertencia supone un salto cualitativo. Hasta ahora, Teherán reclamaba el derecho a imponer tasas a los cables de comunicaciones que cruzan el estrecho. Ahora habla, sin rodeos, de destruirlos.
Siete condiciones, una propuesta rechazada y el pulso nuclear
Según relató el propio Rezaei, Teherán exige a Washington siete condiciones para reabrir el paso marítimo y retomar las negociaciones, entre ellas el levantamiento del bloqueo naval y el fin de las restricciones a la venta de petróleo iraní. El responsable iraní sostuvo que la Casa Blanca ha aceptado algunas, aunque no concretó cuáles, y la administración de Donald Trump no ha reconocido públicamente haber cedido en ninguna.
El presidente de Estados Unidos ya había desestimado la propuesta anterior. ‘Rechazo su propuesta’, dijo a los periodistas, al tiempo que mantenía abiertos los canales diplomáticos y describía los contactos recientes como ‘conversaciones productivas’. La exigencia de fondo, eso sí, sigue intacta: que Irán no llegue nunca a tener un arma nuclear.
Por su parte, el embajador ante la ONU, Mike Waltz, tildó el borrador iraní de ‘acuerdo basura’, y el vicepresidente JD Vance insistió en que Teherán debe recortar de forma verificable su capacidad de enriquecimiento de uranio. El jefe de la Organización de la Energía Atómica iraní, Mohammad Eslami, respondió con tres palabras: ‘Bajo ninguna circunstancia’.
El pulso de Ormuz ya no se libra solo con petróleo: los cables que mueven el dinero y los datos globales son ahora moneda de cambio.
Del ‘máxima presión’ al ‘aislamiento absoluto’
El frente económico no se ha movido un milímetro. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó este domingo que la campaña contra Teherán ha superado la fase de máxima presión para entrar en la de aislamiento absoluto. A través de la Operación Economic Outcast, su departamento persigue las exportaciones de crudo, la red de buques fantasma y los mecanismos de evasión de sanciones. Bessent citó la paralización de nuevos cargamentos y el desplome del rial y la caída de las reservas de divisas como pruebas de que la economía iraní se ahoga.
Todo ello se apoya en un bloqueo naval que, desde que se reanudó en julio, ha obligado a dar marcha atrás a 135 barcos, ha inutilizado cuatro buques comerciales, y ha destruido diez petroleros vinculados a la flota en la sombra de la Guardia Revolucionaria. El sábado, el Mando Central de Estados Unidos (CENTCOM) anunció que un caza inutilizó el carguero panameño M/V Ocean Molica, también conocido como Arika Sun, tras ignorar los avisos y tratar de burlar el cerco. El ataque de precisión dejó el barco sin propulsión y sin heridos.

La Guardia Revolucionaria, por su parte, elevó el tono con una imagen de un sistema de misiles apuntando a un portaaviones estadounidense y un mensaje de dos palabras: ‘Estamos esperando’.
La Lógica de Washington
Lo que Washington intenta resolver es un problema con cuatro décadas de antigüedad: cómo evitar que una potencia regional controle el estrecho por el que pasa cerca de una quinta parte del petróleo mundial. La doctrina de la máxima presión —sanciones duras más presencia militar— no nació con Trump. La aplicó Barack Obama para llevar a Irán a la mesa y la endureció después la Casa Blanca republicana. Late debajo un precedente que el Pentágono conoce bien: en 1987, Ronald Reagan lanzó la Operación Earnest Will para escoltar petroleros kuwaitíes frente a las minas iraníes. Entonces no había cables submarinos ni centros de datos que defender. Hoy sí.
A eso se suma la coalición política que sostiene el pulso. En el Partido Republicano, la línea dura contra Teherán es una de las pocas posiciones que une al ala America First con los halcones tradicionales. Ningún senador en año electoral quiere parecer blando con un régimen al que Washington acusa de perseguir la bomba. El calendario, sin embargo, pesa: Trump ya ha dicho que no lanzará nuevos ataques antes de las legislativas de noviembre.
Para España, el tablero se mide en dos monedas. La primera es la energía. Un cierre prolongado de Ormuz dispararía el precio del crudo y arrastraría al alza la factura de las importaciones, con efecto directo sobre la inflación y, de rebote, sobre los tipos de interés que condicionan las hipotecas. La segunda es tecnológica: por los cables del golfo circula una parte creciente del tráfico de datos entre Europa y Asia, y su sabotaje pondría a prueba la resiliencia de operadores como Telefónica y de los centros de datos que sostienen la nube europea. Un ataque a infraestructuras críticas ya no distingue entre un petrolero y un servidor.
La proyección es incierta. La ronda diplomática sigue abierta, pero el bloqueo continúa y ambas partes mantienen sus líneas rojas. La próxima ventana clave son las legislativas de noviembre: hasta entonces, la Casa Blanca tiene poco margen para escalar y Teherán, menos aún para ceder sin perder la cara.
Ficha del Caso
- El caso: Irán amenaza con atacar los cables submarinos, los centros de datos y las instalaciones de IA estadounidenses en Oriente Próximo si se reanuda la guerra por el control del estrecho de Ormuz.
- Datos clave: Rezaei cifra en más de dos billones de dólares la infraestructura tecnológica en riesgo; Teherán exige siete condiciones para reabrir el paso marítimo; desde julio, el bloqueo ha rechazado 135 barcos y ha destruido diez petroleros de la Guardia Revolucionaria.
- Para España: un cierre prolongado de Ormuz encarecería el crudo y la factura energética, con impacto en la inflación y en los tipos hipotecarios, y el sabotaje de los cables del golfo tensionaría las redes de datos que conectan Europa con Asia.

