Brad Smith, presidente de Microsoft, cree que la inteligencia artificial soporta menos reglas de seguridad que un cartón de leche. La frase, pronunciada en una entrevista con la cadena británica ITV, condensa el estado real de la regulación de la inteligencia artificial en pleno pulso entre Bruselas y Washington. No es una salida de tono: es la radiografía de un sector que mueve cientos de miles de millones al año y opera con un marco fragmentado.
Claves de la operación
- El diagnóstico más incómodo del sector. Smith sostiene que una lavadora o un cartón de leche están sujetos a más normas de seguridad que los modelos de IA que ya gestionan infraestructuras críticas.
- Bruselas avanza y Washington mira hacia otro lado. El AI Act europeo despliega sus obligaciones por fases mientras la Casa Blanca apuesta por la autorregulación y por acelerar frente a China.
- El Reino Unido se postula como árbitro. Smith ve en Londres una oportunidad para liderar la regulación sin el desgaste político de Bruselas y sin la inacción de Estados Unidos.
La comparación tiene un fondo empresarial que conviene no perder de vista. Para Microsoft, la IA no es un experimento de laboratorio: es la línea que sostiene su negocio de nube y productividad. Cada nuevo requisito regulatorio se traduce en costes de cumplimiento, retrasos de producto y ventaja o desventaja frente a los rivales. En un mercado donde la delantera se mide en trimestres, la incertidumbre normativa pesa tanto como una multa.
Bruselas despliega el AI Act mientras Washington confía en la autorregulación
La Unión Europea es, hoy, el único bloque que ha convertido la regulación de la inteligencia artificial en derecho aplicable. El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial, conocido como AI Act, entró en vigor en agosto de 2024 y activa sus exigencias por tramos. Las obligaciones sobre sistemas de alto riesgo aterrizaron este verano, y con ellas llegan las evaluaciones de conformidad, la documentación técnica y la supervisión de mercado.
Enfrente, Estados Unidos ha elegido el camino opuesto. El presidente Donald Trump ha defendido que la industria necesita acelerar para no perder terreno frente a China, y apuesta por que las propias compañías se autorregulen. En su cumbre sobre inteligencia artificial, los grandes nombres del sector firmaron un pacto de autorregulación con auditores independientes, una fórmula que los críticos tacharon de insuficiente.
La respuesta a ese pacto no se hizo esperar. Analistas y organizaciones civiles señalaron que el acuerdo permite a las empresas definir qué cuenta como seguridad. Algunas voces, recogidas por la BBC, llegaron a calificarlo de simple distracción. La brecha entre lo que se firma y lo que se cumple es, precisamente, el terreno donde Smith sitúa su crítica.
Autorregular la inteligencia artificial es dejar que el sospechoso redacte el atestado, y el mercado todavía no ha decidido si eso basta.
El Reino Unido se postula como árbitro y España busca su hueco
Smith apunta a Londres como el actor mejor colocado para llenar ese vacío. Su argumento es geopolítico: Washington no mira al Reino Unido como mira a Bruselas, y esa distancia es una ventaja. Un regulador sin el peso político de la Comisión Europea puede moverse más rápido y pactar con la industria sin el desgaste del brazo duro. La pregunta es si velocidad y rigor caben en la misma norma.
España juega otra carta. La Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial, con sede en A Coruña, pilotó uno de los primeros entornos de pruebas controlados de Europa. Para compañías del IBEX 35 como Indra o Telefónica, el reto es doble: cumplir antes que sus pares europeos y convertir el cumplimiento en una línea de negocio exportable.
No es una hipótesis lejana. La consultoría regulatoria se ha convertido en un mercado propio, y las firmas que aprendan antes a certificar modelos venderán esa capacidad fuera de España. Quien redacte las reglas y sepa aplicarlas tendrá ventaja sobre quien solo las padece. El tiempo juega a favor de los que llevan meses preparándose y en contra de los que esperan a la próxima circular.

La paradoja de Microsoft: pedir reglas tras ser el más sancionado de Europa
Hay una ironía que conviene subrayar y que da contexto a las palabras de Smith. Microsoft fue, durante años, la tecnológica más sancionada por Bruselas por abuso de posición dominante. Entre 2004 y 2013, la Comisión Europea le impuso multas que suman más de 2.000 millones de euros por prácticas ligadas a Windows, a los navegadores y al incumplimiento de sus propios compromisos.
Que hoy el presidente de esa misma compañía reclame reglas claras no es una contradicción, sino un cambio de posición en el tablero. Cuando la regulación se diseña pensando en los rivales, conviene llegar primero para influir en el texto. La industria ha aprendido que el mejor momento para opinar sobre una norma es antes de que se escriba no después de que se aplique.
Smith cierra su intervención con una advertencia que merece atención: hay modelos tan potentes que ponen en riesgo la ciberseguridad global, y el momento de actuar ha llegado. Queda por ver si esa frase se traduce en propuestas concretas o en una nueva ronda de declaraciones. El siguiente hito será el despliegue completo del AI Act y la reacción de Washington, y ahí sabremos si el cartón de leche sigue teniendo mejor suerte que la inteligencia artificial.

