La GAO advierte: el GPS militar de Estados Unidos es un punto único de fallo frente al jamming.
La Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de Estados Unidos —la GAO, por sus siglas en inglés— remitió a comienzos de octubre una carta al Congreso acompañando un informe de 58 páginas titulado PRECISION NAVIGATION SYSTEMS: Challenges Remain with Fielding New Capabilities. El diagnóstico es incómodo: el Departamento de Defensa depende de una constelación que cualquier adversario puede intentar apagar, y la señal cifrada que debía protegerlo acumula más de dos décadas de retraso.
Por qué el M-code lleva veinte años de retraso
Le pongo en contexto, porque la arquitectura importa. El sistema de posicionamiento global se divide en tres segmentos: una constelación de unos 31 satélites en órbita terrestre media, de los que al menos 24 emiten de forma continua su posición y su hora; un segmento de control en tierra, el Delta 8 del Mando Espacial en la base de Schriever, en Colorado; y un segmento de usuario formado por los receptores —desde un misil guiado hasta el teléfono que usted lleva encima— que calculan la posición leyendo las señales de cuatro satélites a la vez.
El programa nació en 1973 para guiar barcos. El primer satélite subió en 1978 y la capacidad operativa inicial no llegó hasta 1993. Reagan lo abrió al uso civil en 1983, después de que los soviéticos derribaran el vuelo 007 de Korean Air. Para la guerra del Golfo de 1991, los receptores ya eran lo bastante pequeños como para ir montados en aviones y vehículos. Y desde 2000, la Fuerza Aérea primero y la Fuerza Espacial después persiguen una modernización de miles de millones para dotar al sistema de una señal militar propia, cifrada y resistente a la interferencia: el M-code.
Ese M-code debía alimentar alrededor de 700 sistemas de armas del Ejército, la Armada, el Cuerpo de Marines y la Fuerza Espacial. La escasez de conjuntos de microchips especializados y los cuellos de botella en la producción han empujado varios despliegues hasta 2049, según la GAO. A algunos sistemas les esperan veintitrés años por una señal que ya debería estar desplegada.
Una superpotencia que navega con receptores heredados no conserva su superioridad: conserva una dependencia blindada con papel de aluminio.
Mientras tanto, los servicios siguen tirando de receptores antiguos o de sistemas alternativos de PNT: unidades de medición inercial, cámaras, sensores de terreno, magnetómetros, gravímetros y sensores celestes. Navegación por estima con tecnología del siglo XXI.
Un jammer cuesta menos que un misil y paraliza más que un misil. Esa asimetría es la que el M-code debía cerrar.
Funciona hasta que deja de funcionar.
Anatomía del fallo: OCX cancelado y receptores sin repartir
El segundo pilar de la modernización se llama OCX, Next Generation Operational Control System. Arrancó en 2010 y debía entrar en operación en junio de 2017. No lo hizo. Los problemas técnicos se encadenaron, el coste pasó de 3.700 millones de dólares a casi 7.000, y en abril de este año el Departamento de Defensa ordenó a la Fuerza Aérea terminar formalmente el programa.
Los satélites, en cambio, sí avanzan. Los GPS III completaron su constelación de 24 unidades el 21 de abril, con ocho veces más capacidad antiinterferencia y cuatro veces más precisión que las versiones previas. La hornada siguiente, los GPS IIIF, está en producción en Lockheed Martin y empezará a lanzarse, como pronto, en 2028. Desde abril, la Fuerza Espacial ha adjudicado a la compañía 199 millones de dólares adicionales, para el mando y control de los IIIF, y para iniciar una renovación tecnológica completa del segmento terrestre.
El cuello de botella real está en los receptores. Hay más de 50 sistemas de armas prioritarios y su reparto depende de cada servicio: la Armada concentra el mayor número de plataformas pendientes, seguida del Ejército. La prioridad se fija según el escenario operativo clasificado y la vida útil prevista. Los sistemas que dejarán de usarse hacia 2030 o antes no son prioritarios.
Y aquí asoma el problema de fondo. El Consejo de Supervisión del PNT se creó por mandato del Congreso en la Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2016, pero la autoridad presupuestaria sigue en manos de cada servicio. Esa fragmentación complica la alineación de programas que dependen unos de otros. La GAO documenta que, pese a las advertencias del consejo sobre la falta de fondos para los receptores de aviación de la Fuerza Aérea, la infrafinanciación crónica se mantuvo y los programas no cumplieron sus plazos.
Las amenazas que la GAO enumera son cuatro: el jamming o interferencia; el spoofing o suplantación de la señal; el ciberataque contra los sistemas y las redes de control; y el ataque directo contra los satélites o su infraestructura. Las antenas CRPA ya filtran parte de la interferencia. El resto dependía del M-code.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
El vector de amenaza es la guerra electrónica en su estado más crudo. Aquí no hay exploit ni zero-day en el centro de la historia: el jamming satura el receptor con ruido; el spoofing le miente sobre dónde está; el ciberataque va contra los sistemas de control en tierra, y la neutralización física del satélite sigue sobre la mesa. Las contramedidas se llaman CRPA —antenas que identifican y filtran la interferencia— y M-code. La primera existe. El segundo, ya lo ve usted, camina con retraso crónico y sin calendario firme.
En el lado atacante, la atribución técnica apunta a la guerra electrónica rusa —unidades del GRU y sistemas como el R-330Zh Zhitel, desplegados con profusión en Ucrania— y a las capacidades del Ejército Popular de Liberación chino, que opera su propia constelación, BeiDou, y no necesita la ajena. En el lado defensor están la Fuerza Espacial, el Mando Espacial y el Consejo de Supervisión del PNT, con la NSA en la capa ciber. En la tercera fila, los que miran: la OTAN, la Unión Europea con Galileo y, cómo no, el CNI y el CCN-CERT.
El informe de la GAO es público; las prioridades del M-code, no. El propio documento reconoce que las prioridades se fijan ‘teniendo en cuenta las necesidades del escenario operativo clasificado’. Traducido al oficio: qué sistema de armas recibe el receptor cifrado y cuándo no trasciende. Estimo que el conjunto del programa opera en el entorno de Secreto, con el calendario de integración por plataforma en Uso Restringido.
El precedente que todo el mundo cita es el RQ-170 Sentinel. En diciembre de 2011, Irán exhibió un dron furtivo estadounidense intacto y sostuvo que lo había hecho aterrizar engañando a su GPS. Nunca se ha confirmado del todo, pero desde entonces ningún estado mayor serio trata el PNT como un asunto de confort. Ya lo escribí en El quinto elemento: el próximo 11S empezará con un clic. Añado hoy que empezará por un receptor que nadie actualizó porque el programa llevaba una década de retraso.
España no está al margen de nada de esto. El Centro de Servicio de Galileo está en Torrejón de Ardoz y el centro de la ESA, en Villanueva de la Cañada; Galileo nació, entre otras razones, para no depender del GPS estadounidense. En el flanco este de la OTAN, las autoridades de aviación civil documentan interferencias sobre el Báltico desde 2022, y en el Mediterráneo hay episodios que afectan a la navegación comercial. Aena, Renfe y buena parte de la logística portuaria sincronizan sus relojes con una constelación que no controlan. Me consta que el CCN-CERT y el CNI llevan años siguiendo este vector como amenaza de infraestructura crítica, no como curiosidad técnica.
El calendario no admite optimismo. Los GPS IIIF empezarán a lanzarse, como pronto, en 2028; el M-code seguirá llegando a cuentagotas bien entrada la próxima década. Y la pregunta que queda sobre la mesa del Congreso no es técnica, sino presupuestaria: quién paga y quién manda.
No se equivoque conmigo.

