Washington negocia la compra de diésel ruso pese a las sanciones: 7 de 13 candidatos republicanos marcan distancia

El pacto apenas aportaría algo más de un día de demanda global de diésel y no frenaría la inflación energética. Trump insiste pese a las críticas internas de su propio partido.

El acuerdo diésel ruso que negocia Washington incomoda a su propio partido: siete de los trece candidatos republicanos al Senado ya toman distancia. El pacto, confirmado por la Casa Blanca, abastecería al mercado con poco más de un día de demanda mundial de diésel y erosiona el régimen de sanciones impuesto a Rusia tras la invasión de Ucrania.

La paradoja es difícil de disimular. La administración que presume de mano dura frente a Vladimir Putin negocia una compra de combustible ruso que varios de sus candidatos califican de regalo al adversario. En el Partido Republicano, la distancia crece cada día que pasa.

Un volumen mínimo y un precio disparado

El primer dato que conviene fijar es la escala. El acuerdo apenas inyectaría al mercado un equivalente a poco más de un día de la demanda global de diésel. Traducido a la vida real, no movería de forma apreciable el precio del combustible. Y ese es, justamente, el argumento de quienes lo rechazan.

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Esta semana, el galón de diésel cotizaba a 6,30 dólares, según la AAA, frente a los 3,75 previos a la guerra de Irán. La gasolina normal, a 4,33 dólares, cuando antes del conflicto estaba en 2,98. Son precios que golpean al campo, al transporte de mercancías, y por extensión a la cesta de la compra.

La portavoz de la Casa Blanca, Taylor Rogers, defendió que ‘bajar los precios para los agricultores, los camioneros y las familias sigue siendo la máxima prioridad’ del presidente, que a la vez insta a ambas partes de la guerra en Ucrania a detener los ataques contra refinerías, origen último del encarecimiento.

El propio Donald Trump restó importancia a las críticas internas: ‘Creo que estos son republicanos que no pueden tomarse en serio’, dijo en la Casa Blanca. Y añadió que ‘cualquier cosa que pueda ayudar a nuestros agricultores, a nuestros ganaderos, me gusta’.

El pacto no abaratará el diésel del mundo. Sirve para otra cosa: quitarle a la oposición el argumento de la gasolina a cinco semanas de las urnas.

Siete de trece: el mapa de las distancias

De las trece contiendas al Senado más competitivas, siete republicanos han expresado escepticismo o rechazo frontal al pacto. El senador por Ohio Jon Husted calificó a Vladimir Putin de ‘muy poco fiable’. La senadora por Maine Susan Collins firmó una carta bipartidista dirigida a Donald Trump en la que tildaba el acuerdo de ‘regalo a nuestro adversario’.

El candidato por New Hampshire, John E. Sununu, objetó que se ‘dé una ventaja a Rusia’ por algo que ‘tiene un impacto mínimo en los mercados’. La congresista por Iowa Ashley Hinson lo resumió en su segundo debate: ‘Necesitamos bajar los precios de la gasolina y del diésel, pero no creo que tengamos que hacer un acuerdo con Rusia para lograrlo’.

Completan la lista de los críticos Dan Sullivan (Alaska), Pete Ricketts (Nebraska) y Mike Rogers (Michigan).

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Los otros seis guardan silencio. Mike Collins (Georgia), Roger Marshall (Kansas), Darline Graham (Carolina del Sur), Ken Paxton (Texas), Michael Whatley (Carolina del Norte) y Michele Tafoya (Minnesota) no han fijado posición y sus campañas no respondieron a las peticiones de comentario. De los seis, solo Graham lidera en los promedios de encuestas, y lo hace por tan solo dos puntos.

Trump diésel ruso

La Lógica de Washington

Para entender el movimiento hay que mirar el calendario. Las legislativas de medio mandato (midterms) se celebran el 3 de noviembre y el precio del combustible es, desde hace medio siglo, el mejor predictor electoral de Estados Unidos. En 1980, la crisis del petróleo contribuyó a tumbar a Jimmy Carter frente a Ronald Reagan. En 2006 y 2008, la gasolina por encima de los cuatro dólares pasó factura al partido que ocupaba la Casa Blanca. La lógica no es nueva: quien controla la narrativa energética, controla el mensaje de la economía.

La coalición que sostiene esta medida es fácil de identificar: la base rural y camionera del Partido Republicano, sectores que consumen diésel a diario y castigan en las urnas cualquier subida. A eso se suma un factor geopolítico. La administración quiere presionar a Kiev y a Moscú para que dejen de bombardear refinerías, porque cada instalación dañada encarece el crudo global.

El problema es la contradicción. La misma Casa Blanca que quiere bajar precios negocia con el país al que ha sancionado, y ahí tiene un flanco abierto con sus propios senadores.

Para España, el impacto es doble. El diésel es el combustible que mueve el transporte y buena parte de la agricultura, así que cualquier movimiento del mercado global de gasóleo toca de lleno la economía real. Y el sector refinador, con Repsol a la cabeza, compite en Europa por el mismo combustible que el mercado estadounidense. Si Washington relaja de facto el veto al diésel ruso, Bruselas queda en una posición incómoda: mantiene las sanciones mientras su principal aliado negocia una excepción.

La proyección depende de dos ventanas. La primera, las urnas del 3 de noviembre, donde el precio del galón será el juicio final para los trece candidatos. La segunda, el calendario del propio pacto, que Donald Trump insiste en no descartar. Si el acuerdo se firma, la UE tendrá que decidir si mantiene su línea de sanciones a Moscú sin cambio alguno. Esa es la pregunta que Bruselas aún no ha respondido.

Ficha del Caso

  • El caso: Washington negocia comprar diésel ruso pese a las sanciones, un pacto que erosiona el castigo a Moscú y divide al Partido Republicano a semanas de las legislativas de medio mandato.
  • Datos clave: Aportaría poco más de un día de demanda global de diésel. El galón cotiza a 6,30 dólares (3,75 antes de la guerra de Irán) y la gasolina a 4,33. Siete de los trece candidatos republicanos al Senado marcan distancia; seis todavía callan.
  • Para España: El diésel mueve el transporte y el campo, y una relajación del veto ruso dejaría a Bruselas incómoda frente a su principal aliado transatlántico.