Las exportaciones europeas a Estados Unidos caen un 12,7% hasta agosto y el déficit comercial con China crece un 14,7%, según Eurostat. El deterioro simultáneo de los dos grandes flancos del comercio UE-EEUU-China deja al bloque con un agujero de 46.100 millones de euros en ocho meses.
Los datos, difundidos por la oficina estadística comunitaria el 16 de octubre, cubren de enero a agosto y confirman lo que en Bruselas se admite ya sin matices: el intercambio con las dos mayores potencias del planeta ha dejado de regirse por reglas multilaterales y se ha convertido en un pulso de poder. El proteccionismo avanza y la gobernanza de la OMC es hoy poco más que un recuerdo.
El arancel del 15% ya no es una amenaza: está en la caja
Entre enero y agosto, la UE vendió a Estados Unidos bienes por 335.758 millones de euros, frente a los 384.745 del mismo periodo de 2025. Son 48.986 millones menos en apenas ocho meses. Las importaciones desde el otro lado del Atlántico, en cambio, subieron un 4,8%, hasta 250.068 millones. El dato no admite discusión.
La comparación tiene una trampa que conviene despejar: en el primer trimestre de 2025 las empresas estadounidenses adelantaron compras masivas para protegerse del terremoto arancelario que Trump ya anunciaba. Ese efecto infla el dato de partida. Aun así, el resultado neto es incontestable: el superávit europeo frente a Washington se ha recortado un 41%, de 146.128 a 85.690 millones.
El origen está en el acuerdo alcanzado en el verano de 2025 en Turnberry. La Comisión Europea aceptó un tipo del 15% para la mayoría de los productos europeos mientras los estadounidenses quedaban, en la práctica, exentos. El marco y sus anexos pueden consultarse en la web de la Dirección General de Comercio de la Comisión. Trump ha logrado por la vía arancelaria exactamente lo que prometió: estrechar el desequilibrio.
Europa no ha perdido un socio comercial: ha perdido la capacidad de negociar con él en igualdad de condiciones.
El segundo flanco es más antiguo y bastante más grave. Entre enero y agosto, las ventas europeas a China cayeron un 1,5%, hasta 129.050 millones, mientras las importaciones desde Pekín crecieron un 9% y rebasaron los 406.993 millones. El desequilibrio no viene de un arancel puntual, sino de un modelo productivo.
Con China no hay arancel que valga: el problema es la estructura

El saldo es un déficit de 277.942 millones de euros, un 14,7% más que hace un año. La cifra triplica el superávit que la UE aún mantiene con Estados Unidos y explica por qué la Comisión ha pasado de la retórica del de-risking a los expedientes concretos. Ahí está el nudo de todo.
Este mismo octubre, Bruselas cerró con Pekín un principio de acuerdo para restringir la entrada de vehículos híbridos chinos y rebajar aranceles a productos europeos como el aceite de oliva, y los componentes de automoción. El comisario de Comercio, Maros Sefcovic, admitió que queda ‘un largo camino por recorrer’. La letra pequeña del pacto sigue sin publicarse y nadie en el Berlaymont se atreve a ponerle cifras al alivio.
El conjunto del cuadro lo confirma. Las exportaciones totales de la UE apenas crecieron un 0,4%, hasta los 1,76 billones de euros; las importaciones avanzaron un 7,7% y superaron los 1,81 billones. El resultado es un déficit de 46.100 millones frente al superávit de 76.400 millones de un año antes. Las series completas están disponibles en la base de datos de comercio internacional de Eurostat.
El Eje del Poder Europeo
En Bruselas el debate ya no es si hay que protegerse, sino cuánto y a costa de quién. París y Berlín empujan el giro hacia el Made in Europe, con preferencia europea en compras públicas y aranceles de defensa en acero, coche eléctrico o paneles solares. Los frugales del norte —Países Bajos, Suecia, Dinamarca, Finlandia— frenan ese impulso con un argumento simple: cerrar el mercado encarece la propia industria y la respuesta correcta son acuerdos, no muros. El sur, con España e Italia a la cabeza, comparte el diagnóstico proteccionista pero reclama dinero: redes de seguridad y un presupuesto comercial que compense a los sectores golpeados. Y el grupo de Visegrado mira a Washington por seguridad, no por comercio, lo que desactiva de facto cualquier respuesta dura coordinada. Geometría variable, otra vez.
Para España el dato de Eurostat tiene traducción inmediata. Estados Unidos absorbe en torno al 4,5% de las exportaciones españolas de bienes, con el agroalimentario, el farmacéutico y la maquinaria entre los más expuestos; el aceite de oliva es, además, la partida que Bruselas ha metido en la negociación con Pekín, lo que abre una rendija al primer productor mundial. La Administración estadounidense estudia vetar exportaciones españolas por valor de 3.000 millones en sectores estratégicos, según ha trascendido en las últimas horas, y Moncloa traslada la amenaza a Bruselas porque la respuesta, si llega, será comunitaria. Las plantas españolas de automoción, que ensamblan híbridos, se beneficiarían de las restricciones a China, aunque su cadena de componentes depende del país asiático. La oposición exige un plan de diversificación con nombres y presupuesto; el Gobierno responde que el marco es europeo y que la pelota está en la Eurotorre.
La lectura a cinco o diez años pasa por un precedente incómodo. Desde diciembre de 2019, el Órgano de Apelación de la OMC está paralizado por el bloqueo estadounidense a los nombramientos: sin árbitro, el comercio se resuelve por fuerza relativa. La UE ha reaccionado tarde, pero ha reaccionado, y en pocos meses ha desatascado Mercosur, India, Australia e Indonesia mientras aplica el mecanismo de ajuste en frontera por carbono (CBAM), en vigor desde enero. El problema es aritmético. Ninguno de esos mercados sustituye a Estados Unidos y China juntos, que suman más de 740.000 millones de euros de intercambio en solo ocho meses. Y la contradicción de fondo sigue intacta: el bloque proclama autonomía estratégica mientras su industria depende de componentes chinos, de modo que cada arancel interno encarece su propia producción.
Eurostat publicará los datos de enero a septiembre a mediados de noviembre, y el Consejo de Asuntos Exteriores en formación de Comercio se reúne en diciembre con la diversificación en el orden del día. La ratificación del acuerdo con el Mercosur se arrastrará previsiblemente hasta 2027. Entre tanto, queda una pregunta que en el Berlaymont nadie responde en voz alta: si Washington revisa el marco de Turnberry, Europa se sienta a la mesa sin moneda de cambio.

