La cooperación militar entre Argelia y Níger ya tiene protocolo firmado en Argel, según anunció el miércoles el Ministerio de Defensa argelino. El texto lo suscribieron el jefe del Estado Mayor argelino, el teniente general Said Chengriha, y el ministro de Defensa de Níger, el teniente general Salifou Modi, que viajó a la capital al frente de una delegación castrense.
El protocolo que Argel firma pero no publica
El comunicado oficial es breve. Ambas partes abordaron el refuerzo de la cooperación militar y de seguridad bilateral y los retos compartidos. Chengriha dejó una frase que conviene leer dos veces: ‘Quiero reafirmarles la disposición del Ejército Nacional Popular a estudiar cualquier propuesta nigerina que refuerce la cooperación militar y de seguridad’. Modi, por su parte, elogió el nivel de coordinación entre ambos ejércitos en varios ámbitos.
La reunión concluyó con la firma de un protocolo de cooperación cuyas cláusulas no se han publicado. Ni un anexo, ni un plazo, ni una cifra. Ese silencio, en el lenguaje diplomático del Magreb, suele significar que lo importante no está en el papel.
En la práctica, un documento así sirve para trenzar inteligencia, formación de cuadros, uso compartido de espacio aéreo y protocolos de vuelo. También para algo menos amable: fijar a quién se intercepta y a quién no cuando un aparato no identificado cruza una frontera recta de casi mil kilómetros. Pura aritmética de seguridad.
De derribar un dron maliense a firmar con Niamey en dieciocho meses

El giro importa porque el punto de partida fue un incidente armado. En abril de 2025, Argelia derribó un dron maliense cerca de su frontera y alegó violación del espacio aéreo. Bamako rechazó la versión y sostuvo que el aparato fue destruido sobre territorio maliense. La respuesta fue inmediata: los tres miembros de la Alianza de Estados del Sahel (AES) —Níger, Malí y Burkina Faso— retiraron a sus embajadores en Argel.
Dieciocho meses después, Argel firmó con Niamey. La reconciliación se consumó a comienzos de este año con la restitución plena de relaciones diplomáticas y, desde entonces, el acercamiento ha ido por delante de la retórica: en febrero se acordó reanudar los trabajos del Gasoducto Transahariano, el proyecto que llevaría gas nigerino a Europa a través de Níger y Argelia, y en agosto Argel desplegó cuatro cazas Su-30, junto a aviones de transporte y reabastecimiento, para sostener a Niamey tras un motín militar fallido en una base aérea de la capital.
Argel no necesita publicar las cláusulas: le basta con que Niamey, Bamako y Uagadugú sepan que el espacio aéreo del norte vuelve a tener dueño.
Ese despliegue de agosto es la clave de todo. Un escuadrón de Su-30 no se mueve por solidaridad ideológica. Se mueve porque alguien considera que su perímetro de seguridad empieza mucho más al sur de su propia frontera. Argel recupera así el papel de garante que perdió cuando el Sahel empezó a mirar a otras capitales.
Equilibrio de Poder
Lo que observamos es un movimiento de reposicionamiento, no una alianza nueva. Moscú lleva años alimentando la dependencia militar argelina y, en paralelo, ha metido el Africa Corps en Malí, Burkina Faso, y Níger, según han documentado distintos informes OSINT. Washington ha reducido su huella tras la salida de sus instructores del país y contempla el Sahel como un problema de segundo orden frente al Indo-Pacífico. Bruselas, simplemente, se ha quedado sin herramientas: las misiones europeas de formación se han replegado y su estrategia regional no ha sobrevivido al último golpe de Estado.
Para España esto no es un asunto lejano. Argelia ha sido durante años uno de los primeros suministradores de gas del país a través del gasoducto Medgaz, y en los últimos ejercicios ha cedido posiciones frente al gas natural licuado estadounidense. Esa dependencia residual sigue siendo palanca. A eso se suma la frontera sur: la inestabilidad del Sahel alimenta las rutas migratorias hacia Canarias y complica la cooperación antiterrorista que el CNI mantiene con servicios argelinos y nigerinos. Y está el Sáhara: el giro español de 2022 hacia la autonomía marroquí rompió el equilibrio con Argel, que suspendió el tratado de amistad y restringió el comercio. Cada gesto de Argel en el Sahel se lee también en clave de presión sobre Madrid y Rabat.
La lectura a cinco o diez años ofrece dos escenarios. En el primero, Argelia consolida su condición de potencia de seguridad regional, cobra en influencia política lo que presta en capacidad militar y se convierte en interlocutor imprescindible para una Europa que ya no tiene presencia sobre el terreno. En el segundo, el eje se agrieta por dentro: Niamey, Bamako y Uagadugú han demostrado que cambian de socio con la misma facilidad con la que firman protocolos, y el Gasoducto Transahariano depende de un país, Nigeria, con sus propios problemas de seguridad y de voluntad política.
Hay una contradicción que conviene no perder de vista. Argelia vende seguridad en el Sahel mientras no puede controlar los flujos que la cruzan, y compra armamento ruso mientras factura gas a Europa. Ese doble juego funciona hasta que uno de los dos tableros se mueve. Nadie en Bruselas ha diseñado una política para cuando eso ocurra.
El próximo hito será el Consejo Europeo de diciembre, donde la Comisión volverá a llevar su comunicado sobre el Sahel y las rutas migratorias. Hasta entonces, seguimos de cerca una pregunta sin respuesta: cuánto de lo firmado en Argel es cooperación y cuánto es la reconstrucción de un eje que Europa creía haber desactivado.
