La burbuja de la IA ya tiene su prueba: el laboratorio líder gastó 42.000 millones de dólares y facturó 4.600.
Desde que la inteligencia artificial generativa irrumpió en 2022, las promesas se han multiplicado sin freno. Goldman Sachs llegó a calcular que la tecnología añadiría un 7% al PIB mundial; los inversores, mientras tanto, han volcado cerca de un billón de dólares globales en investigación, centros de datos y fichajes de talento. El capital llegó antes que los ingresos, y esa es toda la historia.
Los números que no salen: 42.000 millones de gasto y 4.600 de ingresos
A finales de septiembre se filtró el folleto de salida a bolsa de Anthropic, el fabricante de Claude. Las cifras que contiene son difíciles de discutir: 42.000 millones de dólares de gasto el año pasado frente a 4.600 millones de facturación. Un desfase de casi diez a uno. En cualquier otro sector, ese documento habría cerrado la ventana de la compañía en cuestión de horas.
La lectura no es aislada. Ed Zitron, consejero delegado de la agencia EZPR, contó en un pódcast que ha visto por dentro las cuentas de una gran empresa privada de IA cuyo nombre no desveló. Su diagnóstico fue tajante: ‘Están perdiendo cientos de millones de dólares. Esto es la mayor parte de la industria de la IA’. El auge no se sostiene en retornos, sino en expectativas, según el análisis que publica Blaze Media.
El caso de CoreWeave es el más visible. La compañía alquila procesadores de Nvidia a laboratorios de IA y a otras empresas: es lo que el sector llama un neocloud. Acumula 50.000 millones de dólares de deuda, ve encarecerse su financiación y no termina de demostrar rentabilidad; su acción cae un 55% desde los máximos de doce meses. Sin deuda barata, el negocio se apaga.
La industria de la IA no se juega el futuro en sus modelos, sino en el coste de cómputo que es capaz de pagar cada mes.
El mercado ha empezado a descontarlo. Nadie sostiene que los modelos hayan empeorado. El problema es otro: el coste de cómputo crece más rápido que la capacidad de cobrarlo.
Por qué España no es inmune: centros de datos, electricidad y ahorro indexado

España no tiene en el Ibex 35 ninguna tecnológica con la exposición de Nvidia, pero la burbuja le llega por dos vías muy concretas. La primera es la energía. Los proyectos de centros de datos anunciados en Aragón, Cataluña y Castilla-La Mancha se diseñaron sobre un supuesto de demanda creciente que, en buena parte, era capex de inteligencia artificial puro y duro; el sector se ha convertido en en el epicentro de esa inversión.
Los planes de Iberdrola y Acciona para alimentar y levantar esos campus se apoyan en esa misma demanda eléctrica. No es un negocio marginal para ninguna de las dos: es la parte de la cartera que los analistas justificaban, precisamente, con la promesa del centro de datos.
La segunda vía es el ahorro de las familias. Santander y BBVA comercializan fondos indexados globales en los que las grandes tecnológicas ocupan el vértice de la cartera; muchos planes de pensiones españoles replican índices con el mismo sesgo. El ahorrador español no ha comprado acciones de CoreWeave. Las tiene, sin saberlo, en la segunda o tercera línea de su fondo.
Esa es la conexión real con Wall Street: el ahorro español, vía fondos, financia el capex que ahora se cuestiona.
La Lógica de Washington
Washington no lee esta corrección como un accidente, sino como el peaje de una apuesta estratégica. La Casa Blanca y el Capitolio llevan tres años tratando la capacidad de cómputo como un activo de seguridad nacional: de ahí los subsidios de la CHIPS Act (la ley de 2022 que financia la fabricación de semiconductores en suelo americano) y las facilidades para conectar campus de servidores a la red eléctrica. La coalición que sostiene esa política es curiosa: republicanos que desregulan y demócratas que defienden la política industrial comparten el mismo diagnóstico, que perder la carrera del cómputo frente a Pekín sería más caro que perder dinero en el intento.
El precedente que explica esa tolerancia está en el año 2000. La burbuja de las puntocom se llevó por delante el 78% del Nasdaq y a miles de inversores, pero la fibra óptica tendida entonces siguió ahí, y sobre ella crecieron Amazon y Google. La doctrina americana es la misma desde hace un cuarto de siglo: se deja que el capital privado pague la fiesta de la infraestructura y se recoge el cableado cuando pasa la resaca. Eso sí, hay una diferencia que nadie discute. En 1999 la fiesta se pagó con acciones; en 2026 se paga con deuda, y buena parte vive en el crédito privado, fuera de los balances que todo el mundo vigila.
Para España, la lectura práctica llega por donde menos se espera. El Gobierno diseñó su estrategia de IA con el supuesto de que la inversión en centros de datos se multiplicaría antes de 2030; si el capex se corrige, esas previsiones se revisan y con ellas las subastas de capacidad eléctrica que debían financiarlas. La ventana para comprobarlo no es lejana: la temporada de resultados del cuarto trimestre, que arranca en enero, será el primer examen serio de si Microsoft, Amazon y el resto mantienen el ritmo inversor o lo recortan. La incógnita genuina es el crédito: nadie sabe cuánta deuda de centros de datos está colocada en fondos que aún no han marcado sus pérdidas.
La resaca llegará. La pregunta es quién la paga.
Ficha del Caso
- El caso: La filtración del folleto de salida a bolsa de Anthropic expone un desfase de casi diez a uno entre gasto y facturación en el laboratorio líder de IA, mientras los proveedores de cómputo se financian con deuda creciente.
- Datos clave: 42.000 millones de dólares de gasto frente a 4.600 millones de ingresos en Anthropic; 50.000 millones de deuda y una caída del 55% desde máximos en CoreWeave; cerca de un billón de dólares invertidos globalmente en el sector desde 2022.
- Para España: el riesgo no llega por una tecnológica del Ibex, sino por la demanda eléctrica que sostiene los planes de centros de datos en Aragón y Cataluña y por la exposición indirecta del ahorro español en fondos indexados a las tecnológicas de Wall Street.

