Ucrania recupera el uso pleno de Starshield, el Starlink militar de SpaceX, tras diez días de restricciones

El Ministerio de Defensa ucraniano confirma que el corte por encima de 160 km/h ha desaparecido y que los sistemas vuelven a operar a más de 400. SpaceX atribuye el control de Starshield al Gobierno de Estados Unidos.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Ucrania anuncia la restauración plena de Starshield, el Starlink militar, tras diez días en los que la señal se cortaba a los equipos que superaban los 160 km/h.
  • ¿Quién está detrás? La constelación es de SpaceX, pero la compañía asegura que el control es del Gobierno de Estados Unidos. Donald Trump prometió el viernes ‘arreglarlo’.
  • ¿Qué impacto tiene? España y la UE dependen de infraestructura dual estadounidense; IRIS² no dará servicio hasta 2030.

Ucrania recupera el uso pleno de Starshield, el Starlink militar de SpaceX, tras diez días de apagón en sus drones de ataque.

Diez días de apagón: el corte que dejó sin señal a los drones más rápidos

El Ministerio de Defensa ucraniano aseguró este sábado en su canal de Telegram que sus sistemas de monitorización ‘registran oficialmente la restauración de las velocidades de funcionamiento de Starlink/Starshield’. En la práctica, y según ese mismo relato, la conexión funciona ya en en los sistemas Starshield por encima de los 400 kilómetros por hora (unas 250 millas por hora). Durante los diez días anteriores, el enlace se cortaba al superar los 160 kilómetros por hora.

Hay un detalle técnico que importa más de lo que parece. Los drones de reconocimiento cercano, lentos, siguieron volando. Los que se quedaron sin enlace fueron los de largo alcance: los que cruzan la línea del frente a gran velocidad y golpean refinerías, depósitos y nodos logísticos a cientos de kilómetros. Los que más duelen en Moscú.

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El ministro de Defensa, Yevhenii Khmara, atribuyó la recuperación a la diplomacia de Volodymyr Zelensky en Washington. Lo restaurado, dijo, importa ‘para nuestro frente, para los militares, el trabajo de los drones, la logística y las comunicaciones’.

La secuencia, sin embargo, es incómoda. El sistema se cerró cuatro días después de que Donald Trump reclamara un nuevo liderazgo en Kyiv, con el argumento de que Zelensky no está en condiciones de firmar la paz. Y llegó justo después de que el presidente de Estados Unidos mostrara su irritación por los ataques ucranianos contra refinerías rusas, en plena escalada del precio de los carburantes y a menos de dos semanas de las legislativas de noviembre.

El viernes, en la Casa Blanca, Trump dejó la frase que resume el problema: ‘Elon nunca hará nada malo. Le conozco muy bien. Es una persona justa’. Y avisó de que, si las restricciones continuaban, se encargaría de ‘arreglarlo’. El sábado, el sistema volvía a funcionar.

Diez días de apagón han bastado para demostrar quién tiene la última llave de la defensa europea, y no está en Europa.

Ni SpaceX ni el Gobierno federal han asumido la autoría del corte. La compañía sostiene que el control de Starshield corresponde íntegramente al Ejecutivo. El propio Elon Musk negó cualquier responsabilidad. Distintas informaciones publicadas en Estados Unidos han señalado al empresario; otras, a la Casa Blanca. Nadie ha enseñado el botón. Esa ambigüedad, más que el apagón, es lo que debería inquietar en Bruselas.

Lo que este apagón revela para España y para Europa

España tiene una dependencia directa de esa infraestructura. El SpainSat NG I, el satélite de comunicaciones gubernamentales seguras de Hisdesat, despegó en enero de 2025 a bordo de un Falcon 9 de SpaceX. La paradoja es perfecta: el sistema llamado a reducir la dependencia europea viajó al espacio en la lanzadera del hombre que controla la constelación que se apagó en Ucrania.

Europa prepara su respuesta. IRIS², la constelación de conectividad segura de la Unión Europea, prevé en torno a 290 satélites y servicios comerciales a partir de 2030; en el consorcio que la construye, SpaceRISE, participa Hispasat. Galileo cubre la navegación. Ninguno de los dos resuelve el problema de esta semana: la banda ancha militar de alta velocidad y baja latencia sigue siendo, en la práctica, estadounidense.

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En el suelo, las Fuerzas Armadas españolas operan drones MQ-9 Reaper de fabricación estadounidense y esperan el SIRTAP que Airbus desarrolla para el Ministerio de Defensa. Indra puja por la capa de mando y control. Todos esos programas comparten un supuesto: que la señal estará disponible. Diez días en Ucrania demuestran que ese supuesto tiene dueño.

El compromiso de la cumbre de La Haya de 2025 —5% del PIB en defensa para 2035, con un 3,5% de gasto militar estricto— da a España margen presupuestario para comprar capacidades. No le da soberanía sobre un satélite que otro decide encender.

SpaceX

La Lógica de Washington

La tentación es leer el episodio como un capricho. Desde dentro de Washington se lee de otra forma. Una constelación de doble uso —privada en la propiedad, estratégica en el control— es, para cualquier administración estadounidense, un instrumento de política exterior antes que un servicio. Y los instrumentos se usan.

No es nuevo. Hasta mayo de 2000, el GPS que utilizaba el mundo entero llevaba incorporada una degradación deliberada, la disponibilidad selectiva, que Washington mantenía para que ningún adversario aprovechara la precisión del sistema. Bill Clinton la desactivó por orden ejecutiva cuando concluyó que el coste comercial superaba la ventaja militar. Durante años, la primera potencia regaló una señal y se reservó la buena.

La lógica de 2026 es la misma con otro envoltorio. La Casa Blanca quiere cerrar la guerra de Ucrania y presiona con lo que tiene a mano; el precio de la gasolina a semana y media de las urnas pesa más en el Despacho Oval que cualquier discusión sobre la inviolabilidad de un contrato privado. A eso se suma un Partido Republicano que lleva años reclamando que Europa pague su propia defensa. Nada de esto parece improvisación. Y SpaceX no es un actor neutral: la Fuerza Espacial y la Oficina Nacional de Reconocimiento figuran entre sus clientes.

Queda una incógnita que nadie en Washington ha querido cerrar: quién dio la orden. Si el corte lo decidió una empresa, el problema es de regulación de infraestructura crítica. Si lo decidió un gobierno, el problema es de confianza aliada. Las dos hipótesis son peores que el apagón. La próxima prueba llega el 3 de noviembre, con las elecciones de medio mandato; el calendario europeo no ofrece alivio, porque IRIS² no estará operativo antes de 2030.

Ficha del Caso

  • El caso: Ucrania confirma la restauración plena de Starshield, la capa militar de Starlink, después de diez días en los que la señal se cortaba a los drones que superaban los 160 km/h.
  • Datos clave: corte a 100 mph (160 km/h) y restitución por encima de 250 mph (400 km/h); el sistema se apagó cuatro días después de que Trump pidiera un nuevo liderazgo en Kyiv; IRIS² no dará servicio hasta 2030.
  • Para España: el SpainSat NG I de Hisdesat viajó en un Falcon 9 y la banda ancha militar sigue dependiendo de infraestructura estadounidense, lo que convierte la autonomía estratégica europea en una promesa con fecha lejana.