La prensa internacional arremete de nuevo contra la gestión de Sánchez
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en una de sus comparecencias desde el Palacio de La Moncloa por la crisis del coronavirus. Foto: Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa

Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, que les diga siempre la verdad”. Lo proclamó Alfredo Pérez Rubalcaba el 13 de marzo de 2004, dos días después de la mayor matanza terrorista. El PP la quiso endosar a ETA para ganar votos. ¿Está diciendo el Gobierno de Sánchez hoy toda la verdad sobre el coronavirus? Ningún socialista proclama públicamente que el Gobierno mienta. Pero algunos socialistas históricos, como Miguel Sebastián, defensor del modelo chino desde semanas antes del decreto de alarma, o Antonio Miguel Carmona, admiten que se ha perdido una quincena en contraatacar al virus. No hay muchos más socialistas contestatarios que alcen su voz porque esta especie murió (políticamente) antes de la pandemia de un virus más letal que el coronavirus: el sanchismo, que fulmina toda disidencia.

Para acallar todo posible debate, los gurús de la comunicación de Moncloa han forzado la imagen de un país en guerra: el parte sanitario lo dan diariamente tres uniformados que, lógicamente, no aportan datos científicos. Se limitan a repartir metáforas cuarteleras (“todos somos soldados”), ensalzar lo heroicamente que operan sus subordinados, lo mucho que se les quiere y aplaude en las calles, desgranar el número de aeropuertos desinfectados, y las multas o detenciones decretadas. Y punto. Pero tal parte bélico no es irrelevante para la comunicación: el enemigo son esos desaprensivos que salen a la calle. No los gobernantes que toleraron durante semanas la invasión de virus.

El hombre de las respuestas sanitarias, Fernando Simón, pocas veces las tiene. No sabe por qué se muere más en España que en Alemania por coronavirus. No sabe cuál es la tasa de edad de los que mueren en España. Casi nunca sabe nada de lo relevante.

Para advertir las mentiras del Gobierno basta aplicar el mismo rasero periodístico que en el desastre del Prestige. Cruzar discursos oficiales y realidad. El discurso del Gobierno del PP fue tan zigzagueante como el rumbo del petrolero antes de hundirse. Aseguró que el petrolero fue alejado de la costa por criterio técnico, se probó que no hubo tal. Esgrimió que no había calado suficiente en la costa gallega para fondearlo, algo que se demostró falso. Que el alejamiento disminuiría el vertido, otra colosal mentira.  Hasta aseguró que la Armada había enviado un buque a la zona contaminada… que en realidad estaba en el astillero. Y, perla entre perlas, que el vertido apenas eran unos hilillos. Unos hilillos que anegaron la costa gallega y costaron cientos de millones de indemnizaciones, sumado al desastre ecológico.

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Ahora vivimos los hilillos de Sánchez. En su guerra: o se está con el Gobierno o con el virus. Pero ni es la guerra ni aquí ha habido un Pearl Harbour. No hubo ataque sorpresa. Durante semanas los españoles hemos visto la expansión en China, Italia, Irán, etc., y sólo tras el 8M el Gobierno se alertó. Pero la alerta del gobierno tiene una gráfica que le condena: el fin de semana del 8M la curva ascendente de infectados se hizo casi vertical. Subió como un cohete. Dio un salto. Pasó de la meseta manchega al Pirineo.

Algo ocurrió ese fin de semana. Ese algo pudieron ser 400 celebraciones feministas en toda España. Algún efecto negativo debieron de tener cuando dos ministras y la esposa del presidente se contagiaron. ¿Ignoraba el Gobierno que podía haber contagios en actos masivos? No, no podía ignorarlo, pero infravaloró el peligro. ¿Lo infravaloró por intereses políticos? Seguramente pesó el deseo de dar la vuelta al ruedo mostrando la bandera de la ley del sólo sí es sí.

LA VERDAD DE LOS TESTS

Pero temo que la razón principal de esa actitud suicida del Gobierno es que no tenía datos entonces de la magnitud del impacto porque no había querido desplegar masivamente los tests, bajo el contundente argumento de que sólo tenía sentido para personas con síntomas de la enfermedad o provenientes de zonas infectadas.

El Gobierno, en contra de lo que hizo Corea, no salió a la calle a cazar infectados mediante tests para aislarlos y a sus contactos. El Gobierno español esperó a los infectados en el fuerte, en el hospital, y sólo si habían estado en zonas de riesgo y mostraban síntomas, se hacían. Eran tests de confirmación, no preventivos.

Y ésta es la primera clave del error de este Gobierno: los países que están ganando el pulso al virus despliegan tests masivamente para saber quién está infectado y controlar su cuarentena. No quieren saber sólo quién debe ser ingresado, sino quién puede contagiarlo. Y aquí, como dicen algunos héroes socialistas, se han perdido semanas decisivas.

Los expertos calculan que en España hay ya más de 100.000 infectados que permanecen ocultos al no haber sido testados

Pero, ya fuera por ahorrarse costes o por evitar alarmas sociales al dispararse los casos, el Gobierno prefirió aplicar los tests sólo en casos extremos. Y aquí surge la ocultación de casos. Los expertos calculan que en España hay ya más de 100.000 infectados que permanecen ocultos al no haber sido testados. La base de su criterio es fácil: la tasa de mortalidad española es cuatro veces superior a la de otros países.

Por saturada que esté la sanidad española tal disparo de letalidad sólo puede explicarse bajo ese prisma: ese 4% de mortalidad sólo significa que hay que multiplicar por cuatro la cifra de infectados ocultos para que la media se aproxime al standard.

Y aquí juega la comunicación deliberadamente vaga de Sánchez: “Vendrán días peores”. No dice por qué, ni cuántos se infectarán o morirán, ni cuándo. Porque, de otro modo, tendría que admitir que ya sabe que las cifras hoy ocultas son malas, muy malas. Para un político es malo que haya una alta tasa de contagios y muertes por un virus que se infravaloró, pero es peor que se conozca.

Los españoles ya sufrimos los datos malos, sin poderlos sumar porque estamos aislados y silenciados. Ya enfermamos por miles, ya nos infectamos por miles, ya morimos por cientos. Sólo vienen días peores para Sánchez. El día que los tendrá que sumar y admitir públicamente. Porque si ya estamos confinados, ¿por qué han de venir días peores? Porque el daño ya está hecho.

Carmen Calvo declaraciones 8-M Ciudadanos
La vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, con varios ministros del PSOE en la manifestación del 8 de marzo de 2020 – Jesús Hellín – Europa Press

Cuando el Gobierno anuncia que vendrán días peores quiere decir que ya sabe que están infectados al menos 100.000 españoles y que esa tasa seguirá subiendo aunque estemos encerrados dos o tres quincenas. No porque nos contagiemos más, sino porque crecerá el número de los que se fueron a casa sin saber que ya eran un número de una estadística oculta. El mal estaba hecho.

Cuando nos subimos al autobús de confinamiento ya miles de españoles veníamos dotados de nuestra ración de virus. La falta de veto durante semanas a los vuelos italianos (el gobierno no da cifras de italianos llegados por esta vía, para qué), de los 8M (cero análisis), Vistalegre y el alegre callejeo general hizo que el confinamiento llegara tarde. Muy tarde.

Curiosamente, este Gobierno enfatiza el gran foco que supuso un funeral en Vitoria que reunió a cien personas. ¿Un velatorio contagia más que 400 manifestaciones? ¿Más que cientos de partidos de fútbol? ¿Ha hecho el Gobierno un seguimiento de contactos/contagios de esas manifestaciones? ¿Tiene datos, los ha pedido, los oculta?

El Gobierno no ha explicado por qué ha cambiado de criterio en el uso de los tests: hoy los ve indispensables para hacer una encuesta preventiva, no sólo como diagnóstico. Ayer era lo contrario. Así nos lo enseñó el doctor Simón.

Y, sin embargo, a igual fecha Corea había realizado 200.000 tests, España, sólo 30.000. Corea atajó el virus porque tuvo 200.000 chivatos para seguir el rastro del virus. España sólo 30.000, los mismos que enfermos ya conocidos. Pero los ha conocido porque han ido al hospital. No porque los detectara preventivamente, al contrario que Corea. Es decir, España prácticamente sólo detecta enfermos, otros países, infectados.

LA CUARENTENA DE SÁNCHEZ

Pero sobre el valor del test y la cuarentena, el Gobierno ha mantenido también una política cambiante: para desechar su uso masivo, aseguró que a veces puede dar negativo y, días después, positivo. Nuevo regate: Sánchez e Iglesias pueden saltarse la cuarentena porque han dado negativo. Ya queda enterrada la doctrina de que el test no es infalible. No me preocupa tanto el mal ejemplo que dan como el peligro que han encerrado de enfermar a todo un Gobierno.

Pero si el Gobierno infravaloró al virus, desde luego sobrevaloró el sistema sanitario español. Durante semanas proclamó que si el virus tenía el valor de presentarse en España le esperaba la línea Maginot de un “robusto” sistema sanitario.

Choca que dos partidos, PSOE y Podemos, que llevaban años criticando el minado del sistema sanitario español por recortes o privatizaciones del PP, algunas costeadas con 100 millones por el Gobierno de Zapatero, defendieran con tal fe su fortaleza.

Y esto demostró la segunda gran mentira del Gobierno: el sistema sanitario se colapsó de inicio. Hoy los pacientes están recluidos en pasillos, se les deniega atención porque sencillamente los hospitales no absorben más y aplican criterios desconocidos pero temibles para sus juicios de Dios. Quién merece vivir, quién merece morir.

La mala salud del sistema sanitario ha quedado tan al desnudo que el Gobierno ha vendido el éxito de requisar 150.000 mascarillas en Jaén, cuando en realidad era un producto legal destinado a la Junta andaluza. Ya es precario un Gobierno que precise de Curro Jiménez para hacerse con mascarillas, pero es peor cuando miente a la población para mantener el clima emocional de guerra. El mensaje debe calar: “estamos frente una guerra implacable y, como en toda guerra, surgen traidores. Pasean por la calle. Puede ser tu vecino. Cuidado con la quinta columna. Es peor que el virus”.

La maquinaria de comunicación funciona mejor que la sanitaria: una semana después del confinamiento vende como un gran logro la compra por urgencia de 700 respiradores. Estamos de suerte, cada uno de los 700 muertos podrá disponer de un respirador. Una gota a repartir entre los miles de sanitarios, agentes y los 100.000 infectados que vienen.

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Sánchez admite entre bambalinas sus errores. “Si hubiéramos sabido antes lo que sabemos hoy”. ¿Y por qué no lo supieron? ¿No era suficiente indicio ver Lombardía cerrada para bloquear todos sus vuelos? ¿Qué más datos precisaban para prohibir los 8M? ¿Creían que en partidos a puerta cerrada con equipos italianos no habría contagios? Todos acabaron siendo vías de contagio. Cambiar de criterio en materia de pactos no es letal. Pero en materia de sanidad, sí. El Gobierno durante semanas abominó del modelo chino por autoritario y hoy se jacta de haber implantado el confinamiento más estricto del mundo.

No soy médico, ni dirijo la OMS, pero como periodista lo denuncié en redes antes de que ocurriera. No quise manifestarme el 8M. Fui más prudente que mi Gobierno. Ninguno podemos alegar que ignoramos que hay confinamiento. El Gobierno no puede alegar que manejó mala información. No es excusa. Le pagan por tener la mejor información y por manejarla del mejor modo.

Y ocurrió. Llegó el desastre. Los hilillos se hicieron estado de alarma ¿Por qué no quisieron más tests? ¿Por qué despreciaron el modelo chino durante semanas? El Gobierno pareció basarse en un criterio para desechar ese modelo y creer sólo en el suyo. Y falló. Pero nunca nos ha explicado el Gobierno si habría sido necesario el confinamiento de haber abortado los vuelos italianos y las manifestaciones. Claro, ahora no queda otra que el modelo chino. Sencillamente porque hay que retrasar el envío de enfermos al colapsado sistema hospitalario.

Hay otra recurrente falacia del Gobierno: que sigue al punto lo que diga la OMS. ¿Pero obedeció España a la OMS como dice cada día Sánchez? Veamos: 

27 de enero de 2020,  la OMS “recomienda aplicar medidas para limitar el riesgo de exportación o importación de la enfermedad, sin por ello restringir innecesariamente el transporte internacional”. En concreto “planteaba el cribado de salidas y entradas de aeropuertos: Se recomienda realizar cribado de salida en puertos y aeropuertos internacionales de zonas afectadas por el brote, con miras a detectar precozmente a viajeros con síntomas y poder evaluarlos y tratarlos seguidamente, y evitar así que se exporte la enfermedad”. Todo ello intentando afectar lo menos posible el transporte internacional.

Cribado de salida: “El cribado de salida consiste en comprobar signos y síntomas (fiebre superior a 38˚o tos), entrevistar a pasajeros con síntomas de infección respiratoria que salen de zonas afectadas por el brote para conocer si han estado en contacto con personas de alto riesgo o con animales que podrían haber originado la infección, trasladar a los viajeros con síntomas a un centro médico para que sigan siendo examinados y para comprobar si han sido infectados por el 2019-nCoV y mantener los casos confirmados bajo tratamiento en régimen de aislamiento”.

Hay que recordar que 3.000 atléticos viajaron a Liverpool para sentarse el 12 de marzo de 2020 en Anfield con 45.000 hinchas ingleses.

Coronavirus
Aeropuerto Barajas-Adolfo Suárez. Foto: Twitter.

Cribado de entradas: “Durante el brote actual del nuevo coronavirus 2019-nCoV, se han detectado una serie de casos exportados en los cribados de entrada establecidos por algunos países. Mediante controles de la temperatura en los puntos de entrada es posible detectar casos sintomáticos para los que, posteriormente, se realizarán exámenes médicos y pruebas de laboratorio para confirmar la infección. Los controles de la temperatura para detectar posibles casos de infección en los puntos de entrada no siempre sirven para detectar a viajeros que están incubando la enfermedad o que ocultan la fiebre durante el viaje. Además, ese tipo de medidas requieren inversiones importantes. Centrarse en aplicar controles a los viajeros de vuelos directos provenientes de zonas afectadas podría ser más eficaz y menos costoso”.

España nunca hizo criba sanitaria de los vuelos provenientes de Italia mientras las ciudades allí estaban en estado de sitio. Hasta los viajeros se sorprendían al ser entrevistados de que nadie les tomara la temperatura.

3 de marzo de 2020, la OMS proclamaba que “la escasez de equipos de protección personal pone en peligro al personal sanitario en todo el mundo. Por eso, la OMS exhortaba a “la industria y a los gobiernos a que aumenten la producción en un 40% para satisfacer la creciente demanda mundial”. Sin cadenas de suministro seguras, el riesgo para los trabajadores sanitarios en todo el mundo es real. La industria y los gobiernos deben actuar con rapidez para estimular el suministro, reducir las restricciones a la exportación y poner en marcha medidas con las que detener la especulación y el acaparamiento. No podemos detener la COVID-19 sin proteger primero a los trabajadores sanitarios», dijo el Director General de la OMS, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus. Los precios de esos productos han aumentado desde el inicio de la epidemia de COVID-19. El precio de las mascarillas quirúrgicas se ha multiplicado por seis; el de los respiradores N95, por tres, y el de las batas, por dos. Actualmente la entrega de suministros puede llevar meses y la manipulación del mercado es generalizada: las existencias se venden con frecuencia al mejor postor”.

Hoy, una semana después del confinamiento en España, sigue faltando material y se urgen compras.  

7 de marzo de 2020.  La OMS tras alcanzarse los 100.000 afectados elogia el modelo chino, el confinamiento. “Según los informes de hoy, el número de casos confirmados de COVID-19 en todo el mundo ha superado los 100.000. Al llegar a este sombrío momento, la Organización Mundial de la Salud (OMS) desea recordar a todos los países y comunidades que la propagación de este virus puede frenarse considerablemente o incluso revertirse si se aplican medidas firmes de contención y control. China y otros países están demostrando que la propagación del virus se puede frenar y que su impacto se puede reducir a través de una serie de medidas universalmente aplicables que suponen, entre otras cosas, la colaboración del conjunto de la sociedad para detectar a las personas enfermas, llevarlas a los centros de atención, hacer un seguimiento de los contactos, preparar a los hospitales y las clínicas para gestionar el aumento de pacientes y capacitar a los trabajadores de la salud”.

Al día siguiente de que la OMS elogiara el modelo chino, léase confinamiento, España celebraba más de cuatrocientas manifestaciones feministas, partidos de fútbol, mítines….

Por eso, aún espero del presidente la asunción de la verdad: “Minimizamos el virus, su posible expansión, y sobrevaloramos nuestra respuesta sanitaria”. No hace falta que añada: “Lo siento mucho, no volverá a ocurrir”. Nadie desea tumbar un Gobierno en plena crisis de supervivencia, ni criminalizarlo, ni alentar una rebelión contra el confinamiento. El confinamiento es hoy imprescindible. Pero si el Gobierno hubiera hecho las cosas de otro modo, el confinamiento sería más corto, laxo o compartiríamos una tasa más baja de infectados en nuestra reclusión. Por tanto, saldríamos antes del confinamiento o saldríamos con menos muertos.

Hay que combatir el coronavirus. Pero hay que combatir el virus de la mentira, de la omisión, del cambio de criterio injustificado. No necesitamos saber memeces como que hay menos delitos y contaminación en las calles y en los cielos. Naturalmente, en Hiroshima el número de violaciones descendió tras la bomba atómica. Menuda alegría nos da en nuestra prisión. ¿Le damos las gracias por lo bonito que está quedando Madrid sin tráfico?

Ni siquiera es cierto que funcione perfectamente como pretende Sánchez el comercio online. Hay retrasos, mercados que no la practican y, en ocasiones, falta de productos. Internet tiene averías que tardan en solucionarse. El reguero de desperfectos sociales es terrible: una sangría de ertes, etc. Debemos sanar a los infectados, pero debemos sanar la información.

La verdad sana. La mentira enferma.

 

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