Ximo Puig
Ximo Puig junto a Pedro Sánchez. Foto: Flickr PSOE.

La “vía valenciana” bajó la mañana de este martes desde los riscos de Morella, pasó por el Palau de la Generalitat y recaló en los salones del Hotel Villa Magna de Madrid. La encarnaba un señor del Maestrazgo, Ximo Puig, que pese a ser paladín de la buena nueva para el socialismo, arrojó un jarro de agua fría a la nutrida concurrencia de socialistas ilustres.

“El modelo valenciano no es trasladable”, dijo el presidente de la Generalitat Valenciana mientras aleteaban los croisantes en la sala. Un aviso de interés, ya que su introductora en la sociedad madrileña, la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, iba a anunciar las fechas de una investidura a la que Pedro Sánchez llega sin pacto alguno que garantice eso mismo: la investidura

Entre mesas con un escaso desayuno y una legión de escoltas mal disimulados, se erige el atril donde uno de los barones socialistas dará su discurso. El socialismo madrileño propició un público de calidad al presidente Puig: tres ministras, un expresidente, la presidenta del Congreso y otras caras relevantes de la política española.

Como telonera, la presidenta del Congreso de los Diputados, Meritxell Batet. Grandes palabras y elogios dan paso al barón socialista, que aunque lo parece, hoy no es el protagonista. Todos los espectadores aguardan a que Batet confirme lo que todos saben. Que la investidura del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se celebrará el 22 de julio. Un acto que abordará el PSOE sin haber confirmado los apoyos necesarios.

Puig es consciente de ello. Así que rompe el hielo con una broma. “Realmente la noticia que están esperando no la voy a dar yo. La va a dar ella”, comenta entre las risas de los invitados. Pero su relevancia como barón socialista queda respaldada por la mesa presidencial. Tres ministras (María Jesús Montero, Magdalena Valerio y Dolores Delgado) escoltadas por un expresidente del Gobierno (José Luis Rodríguez Zapatero) y el secretario de Estado de Comunicación (Miguel Ángel Oliver).

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En la mesa también está Cristina Narbona, la presidenta del PSOE, el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Pepu Hernández, y el candidato a la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo. También la flamante pareja de Ximo Puig, su exconsellera de Justicia Gabriela Bravo. Y si se alarga la vista, como si de una diáspora política se tratara, también se encuentran trufadas personalidades como el exministro de Interior Antonio Camacho o el secretario general de la UGT, José María Álvarez. Todos quieren escuchar lo que dice Puig, al menos aparentemente.

A los pocos minutos del discurso, la primera en abandonar la sala es Batet. La segunda es Bravo. Y el tercero, Camacho. Pero el grueso de las fuerzas socialistas permanece atento. Quieren escuchar las respuestas del presidente de la Generalitat valenciana, especialmente las relacionadas con los pactos y el gobierno de coalición. Puig ha abierto la conocida como “vía valenciana”, que consiste en integrar miembros de Podemos en el Gobierno autonómico. Una idea que planea sobre Sánchez desde el 28-A.

Pero el socialista valenciano no tarda en echar balones fuera. No ve extrapolable la “vía” porque Unidas Podemos y el PSOE no suman mayoría absoluta. Una afirmación que cuestiona con sus propias palabras reiteradas veces al referirse a su Generalitat. “No es trasladable el modelo valenciano, pero sí el aroma”, afirma Puig. Un aroma que consiste en “coincidir en lo fundamental” y en la “coparticipación”.

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A un presidente forjado en los pactos se le preguntó si tendría problemas en ver al secretario general de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, sentado en el Consejo de Ministros. “No me molestaría”, aclara. Pero a Sánchez sí, y así lo confirma un comentario de Puig en el que asegura que el presidente del Gobierno está “explorando” otras alternativas para garantizar la investidura.

Esas nuevas vías (que no la valenciana) recaen sobre la responsabilidad de Estado de los partidos de la derecha española. PP y Ciudadanos. Y Ximo quería llevar a ese punto la conversación. Cualquier filón era bueno. “¿Le molestaría que se abstuvieran los independentistas en la investidura de Sánchez?”, pregunta un periodista. Y como si de un monólogo cómico se tratara, Puig contesta: “no, ni el PP ni Ciudadanos”. Algo que desató las risas y los aplausos de la mesa presidencial.

EL DARDO DE PUIG CON LA FINANCIACIÓN

Ha pasado ya una hora y media desde que empezó el desayuno informativo. Llega la hora de despedir el acto institucional y de dar el pistoletazo de salida a la jungla periodística. No hay silbato, pero sí aplausos. Los periodistas abordan a todos los miembros de la mesa presidencial. Especialmente a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero. Quieren ver que opina sobre el dardo envenenado que le ha lanzado Puig durante su intervención al solicitar una financiación autonómica más justa.

Las personalidades del mundo empresarial y los periodistas más veteranos saludan a Zapatero. La ministra de Trabajo, Magdalena Valerio, está de enhorabuena, los datos de la afiliación a la Seguridad Social marcan un récord de 19,5 millones, pero nadie la aborda con ahínco. Tampoco ella se muestra dispuesta. Tiene prisa. Lo mismo ocurre con Dolores Delgado. El interés es menor, pues muchos entre las bambalinas del partido socialista comentan que sus días como ministra de Justicia están contados.

La sala está casi vacía, la mayoría de las personalidades han abandonado la sala. Excepto el invitado de honor. El presidente de la Generalitat valenciana está solo junto a la mesa presidencial. Al menos nadie le rodea. Algunos le saludan, otros se despiden. Pero muy alejado de los agobiantes círculos de micrófonos que orbitaban en torno a Montero. Hasta que ve a su vicepresidente. Le llama y juntos abandonan, por fin, una sala de la que él era el protagonista. Al menos, aparentemente.

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