domingo, 19 septiembre 2021 06:39

La calle da la espalda a Colau: Las fiestas de los barrios se convierten en una pesadilla para la alcaldesa

Es indudable que la delincuencia, la inseguridad y los altercados han aumentado desde que Ada Colau está al frente del Ayuntamiento de Barcelona. Lo que fue una esperanza para muchos barceloneses, se ha convertido en lo contrario y cada vez la ciudadanía rechaza más a la alcaldesa por su gestión.

El último episodio ocurrió hace unos días durante las famosas y multitudinarias fiestas de Gràcia, uno de los barrios más importantes de Barcelona. Aglomeraciones, detenciones, agresiones, enfrentamientos con la Policía… ha sido la tónica de unos días que deberían ser de alegría y celebración cívica.

Pero también la ira se tornó contra Ada Colau, que acudía a las fiestas de Gràcia. Los abucheos y las pitadas fueron tan sonoros que la alcaldesa intentó incluso negociar con los allí presentes para que le dejasen tomar la palabra: «No temáis, que seré breve”, aseguró, apaciguadora. Pero el tumulto rechazó en todo momento su participación hasta que tuvo de desistir, visiblemente afectada, y entonces Cuixart volvió a tomar la palabra para interceder por Ada Colau, tratando de calmar los ánimos. “Formamos parte de un mismo pueblo, no nos dejemos dividir”, expresó ante los micrófonos.

ADA COLAU, AL OTRO LADO COMO ALCALDESA

Lo que antes era el apoyo y fomento de escraches y protesta ciudadana, ahora es sufrido en las propias carnes. Es la habitual contradicción entre quien está al otro lado y quien gobierna. Ahora esos escraches y protestas van contra Colau, su equipo de gobierno y su gestión.

Además, todo ello alimentado por la libertad que ha dado el primer viernes sin toque de queda del pasado día 20 de agosto. Si ya con él hubo aglomeraciones e incidentes, sin esa restricción se multiplicó, con multitud de jóvenes bebiendo sin distancia social ni mascarilla y numerosas escenas de desalojos entre insultos, protestas e incluso lanzamiento de botellas al cuerpo policial. En total fueron más de 6.000 personas desalojadas en diferentes puntos de la ciudad.

Ada Colau abucheada

EL BARRIO DE GRÀCIA, PUNTO CALIENTE

Sin embargo, de esas 6.000 personas, 3.500 fueron del barrio de Gràcia, debido a las fiestas que se celebran cada mes de agosto allí. Los Mossos y la Guàrdia Urbana se tuvieron que emplear a fondo, sobre todo en las plazas, donde había mayor concurrencia. La Plaza del Respall fue uno de los lugares más conflictivos, donde los desalojos crearon un mayor clima de tensión e incidentes. Allí no sólo hubo insultos y lanzamientos de objetos, sino también barricadas, aunque los protagonistas eran un grupo reducido de violentos.

Mientras, los vecinos del barrio están hartos de la inseguridad y el incivismo, agravados en las fechas festivas. Pero no sólo hablan del barrio, sino que lo extrapolan a toda la ciudad, definiendo la situación de alarmante, entre la falta de respeto a las normas anticovid y la creciente inseguridad y delincuencia de la urbe que gobierna Colau.

EL PUEBLO HABLA

En declaraciones al diario Nius, algunos vecinos o visitantes se desahogaron. Una chica, por ejemplo, denunció una presunta agresión de un chico que habría insultado a su amigo al grito de «maricón». “Había salido a defenderle y he acabado agredida”, explica al diario.

Otros se quejaban de lo prematuro de prescindir del toque de queda. “Es pronto para quitar el toque de queda”, explica otro joven a Nius, ya que provoca inseguridad también desde el punto de vista sanitario.

Estas y otras declaraciones son el reflejo de la opinión de la calle. De ahí que ahora Ada Colau sea el objetivo de los escraches e ira de la población, aunque no es la primera vez que prueba de su propia medicina. Tras ser elegida por segunda vez como edil de su ciudad, la alcaldesa tuvo que soportar un clamor de insultos por parte de los independentistas que le llamaron “traidora”, “puta”, “zorra” y otros calificativos denigrantes similares. “Fue durísimo”, decía tiempo después en una entrevista, y sentenciaba entre lágrimas que “seguramente este será mi último mandato”.

ADA COLAU, IMPOTENTE Y CULPANDO AL RESTO

Pero estas faltas de respeto no ocultan que obviamente todo ello tiene una responsable, y de hecho la ciudadanía así lo ha expresado, probando Ada Colau lo que es estar al otro lado y soportando abucheos e insultos. Lo que antes le parecía de lo más democrático y necesario, ahora se le torna insoportable al ser ella la diana.

La ciudadanía así lo ha expresado, probando Ada Colau de su propia medicina, en forma de abucheos y escraches

Incluso ha sopesado hacer las maletas y dejar el ayuntamiento, en vista de los abucheos recibidos en las fiestas de Gràcia. Los barceloneses ya no le apoyan y tienen sus motivos, acumulando fracaso tras fracaso y convirtiendo a Barcelona en una ciudad más pobre y más insegura. Una herencia que será difícil de olvidar y de recuperar.

Pero cuando ella misma escracheaba no calificaba su actitud de «sectaria», como ella misma afirmó el pasado sábado, definiendo así en redes sociales la actitud de la gente que la recibió en Gràcia con una tremenda pitada. Una reacción que los internautas no tardaron en recriminar, mostrando la tremenda contradicción, cuando no hace tanto ella misma los defendía y en los que formaba incluso parte.

LOS BENEFICIOS SOCIALES DEL ESCRACHE

Es lo que pensaba, quizá hasta lo ocurrido en Gràcia, Ada Colau sobre los escraches: un bien social que debía de ser utilizado. Cuánto han cambiado las cosas, sobre todo cuando estás al otro lado y ostentas el poder. Han pasado diez años desde que la alcaldesa de Barcelona ostentaba el cargo de portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), fundada en 2009. Por aquel entonces alzaba la voz donde fuese para clamar por los desahuciados, afectados por la crisis que se desató en 2008, y nunca le tembló la voz, ni el megáfono, a la hora de gritar y destrozar actos políticos.

Un año después, la activista de Podemos desarrollaba la campaña #StopDesahucios, con la que reivindicaba los escraches como un acto de desobediencia civil que justificaba como «una obligación moral», por ser una forma de «atacar las leyes con las que la ciudadanía no está de acuerdo».

Pero además de los escraches a pie de calle, que ella misma ha probado ya varias veces, la política barcelonesa llegó a presentarse en una oficina del BBVA acompañada de otros 300 activistas con la intención de presionar a los trabajadores. Tras este acto, al ser preguntada por ello explicó que lo había hecho «por el bien de la sociedad y de los derechos humanos».