Mario Alonso Puig, cirujano, escritor y referente en psicología de la salud, ha dedicado años a explorar la conexión entre el cuerpo y las emociones. A sus 70 años, continúa alertando sobre un fenómeno que afecta a millones de personas: el deterioro del estado de ánimo provocado por una alimentación inadecuada. En una reciente intervención, el doctor señaló que muchas personas sufren cambios de humor sin comprender que el origen del problema reside en su plato diario.
El intestino alberga cerca del 90% de la producción de serotonina, conocida como la hormona de la felicidad. Cuando la microbiota intestinal —ese ecosistema de bacterias que habita en el sistema digestivo— se desequilibra, la síntesis de este neurotransmisor se altera. Alonso Puig insiste en que «el tubo digestivo está hecho un nudo cuando uno no se cree suficiente» y vive bajo presión constante. Esa tensión emocional, sumada a una dieta rica en azúcares refinados y grasas saturadas, provoca inflamación intestinal y permeabilidad aumentada. Las toxinas atraviesan la barrera intestinal, viajan hasta el cerebro y modifican el humor, generando irritabilidad, ansiedad y episodios depresivos.
La microbiota intestinal regula las emociones
El eje intestino-cerebro funciona como un sistema de comunicación bidireccional. Las bacterias del intestino no solo participan en la digestión, sino que producen neurotransmisores como el GABA, la dopamina y la serotonina. Estudios científicos publicados en revistas especializadas demuestran que un desequilibrio en la microbiota puede alterar el comportamiento y aumentar la vulnerabilidad a trastornos del estado de ánimo. El investigador Ted Dinan, de la University College Cork en Irlanda, confirmó que la depresión y la ansiedad están vinculadas con cambios en la composición bacteriana intestinal.
Experimentos realizados en la Universidad McMaster de Canadá mostraron que al modificar la microbiota de ratones, estos desarrollaban comportamientos pasivos y signos de tristeza. En humanos, las transferencias de microbiota de pacientes deprimidos a individuos sanos inducen síntomas depresivos, mientras que restaurar el equilibrio bacteriano mejora el bienestar emocional. Mario Alonso Puig destaca que el intestino «no solo digiere alimentos, sino que también procesa emociones», convirtiendo cada comida en un acto con repercusiones psicológicas. La Universidad Nacional de Colombia identificó bacterias específicas asociadas con enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer, confirmando la influencia directa del intestino en la salud mental.
El nervio vago conecta el intestino con el cerebro, permitiendo que las señales emocionales viajen en ambas direcciones. Cuando el intestino se inflama por consumo excesivo de azúcares y alimentos ultraprocesados, envía señales de alarma que el cerebro interpreta como estrés. Este proceso activa la producción de cortisol, la hormona del estrés, y reduce la capacidad del organismo para generar serotonina.
Por ello, las personas con síndrome del intestino irritable o enfermedades inflamatorias intestinales presentan con frecuencia ansiedad crónica y alteraciones del estado de ánimo.
Alimentos que dañan la microbiota
Ciertos ingredientes presentes en la dieta moderna actúan como verdaderos agresores para el intestino. Mario Alonso Puig señala que el azúcar refinado encabeza la lista de culpables, ya que alimenta bacterias perjudiciales y reduce la diversidad microbiana. Las grasas saturadas presentes en carnes procesadas, frituras y productos industriales también comprometen la integridad de la barrera intestinal. Cuando esta barrera se vuelve permeable, toxinas y partículas no digeridas atraviesan hacia el torrente sanguíneo, desencadenando inflamación sistémica.
Los siguientes elementos dañan activamente la microbiota intestinal:
✓ Azúcares refinados y edulcorantes artificiales
✓ Harinas blancas y productos ultraprocesados
✓ Grasas trans y aceites vegetales refinados
✓ Alcohol en exceso
✓ Conservantes y aditivos químicos
✓ Carnes procesadas con nitratos
El consumo habitual de estos alimentos reduce las poblaciones de bacterias beneficiosas como Bifidobacterium y Lactobacillus, responsables de producir ácidos grasos de cadena corta con efectos antiinflamatorios. Sin estas bacterias aliadas, el intestino pierde capacidad para regular el sistema inmune y mantener el equilibrio emocional.
Alonso Puig advierte que «nuestra microbiota está sufriendo» debido a hábitos alimentarios que priorizan la rapidez sobre la calidad nutricional. La falta de fibra en la dieta moderna agrava el problema, ya que las bacterias intestinales necesitan fibra vegetal para producir metabolitos que nutren las células del colon y modulan la inflamación.
Recuperar el bienestar desde el intestino
Afortunadamente, la microbiota intestinal posee una notable capacidad de regeneración. Mario Alonso Puig recomienda priorizar alimentos ricos en probióticos naturales, como yogur natural sin azúcar, kéfir, chucrut y otros fermentados tradicionales. Estos alimentos introducen bacterias vivas que colonizan el intestino y desplazan microorganismos humor perjudiciales. Los prebióticos —fibras que alimentan las bacterias beneficiosas— resultan igual de importantes. Verduras de hoja verde, legumbres, cereales integrales, frutas con piel y frutos secos aportan la fibra necesaria para mantener una microbiota diversa.
La hidratación adecuada facilita el tránsito intestinal y ayuda a eliminar toxinas acumuladas. El ejercicio físico regular modifica positivamente la composición de la microbiota, aumentando la proporción de bacterias productoras de ácidos grasos beneficiosos. Investigadores de instituciones como la Fundación Favaloro y la Universidad Nacional de Colombia confirman que pequeños cambios en la plato dieta pueden revertir desequilibrios microbianos en pocas semanas.
Alonso Puig concluye que «el bienestar empieza desde dentro», recordando que cada decisión alimentaria influye directamente en el humor y la claridad mental. Recuperar la salud intestinal significa recuperar también la estabilidad emocional, la energía vital y la capacidad de enfrentar desafíos diarios con resiliencia.








