La longevidad se ha convertido en una de las grandes obsesiones de nuestro tiempo, una palabra que ya no suena lejana ni exclusiva de laboratorios, sino que se cuela en conversaciones cotidianas, redes sociales y decisiones tan simples como qué comemos o si hoy salimos a caminar. Vivir más, sí, pero sobre todo vivir mejor, con autonomía, con energía y sin encadenar enfermedades en los últimos años de vida, ahí es donde la longevidad deja de ser una promesa futurista y pasa a ser una cuestión profundamente humana.
Sin embargo, todo este tema también se ha llenado de ruido, pues entre suplementos milagro, terapias carísimas y discursos que prometen frenar el reloj biológico, resulta cada vez más difícil distinguir lo que tiene respaldo científico de lo que es puro marketing del miedo a envejecer. Por eso la voz de expertos como Eric Topol, uno de los cardiólogos más citados del mundo, es tan importante, porque aporta evidencia, calma y sentido común para entender qué está realmente en nuestras manos.
1La longevidad no está escrita en los genes
Durante años se ha repetido la idea de que nuestros genes marcan nuestro destino, sobre todo cuando en la familia hay antecedentes de cáncer, enfermedades cardiovasculares o Alzheimer. Esa creencia ha alimentado una visión fatalista del envejecimiento, como si todo estuviera decidido desde el nacimiento y poco se pudiera hacer al respecto, pero la longevidad, según explica Eric Topol, no funciona así.
Los datos muestran que la genética explica solo alrededor del 20 % de la longevidad humana, mientras que el 80 % restante depende del estilo de vida, del entorno y de las decisiones cotidianas. Entender esto cambia por completo la perspectiva, porque devuelve a las personas una sensación de control y demuestra que adoptar hábitos saludables puede añadir entre cinco y siete años de vida saludable, libres de enfermedades asociadas a la edad.






