El único pueblo del mundo oficialmente maldito y excomulgado por la Iglesia: el oscuro secreto de Trasmoz

En las faldas del Moncayo existe un pueblo que la Iglesia excomulgó en el siglo XIII y maldijo formalmente en 1511. No fue un rumor ni una leyenda inventada: fue un acto oficial con campanas, velas y salmos. Y sigue vigente hoy.

¿Qué tiene que hacer un pueblo para que la Iglesia lo maldiga dos veces y no lo perdone en más de 700 años? Trasmoz, un pequeño municipio zaragozano de apenas un centenar de habitantes, no necesitó guerras ni crímenes para ganarse ese título. Le bastó con no obedecer a sus vecinos de hábito.

El castigo llegó en dos oleadas. Primero, una excomunión en el siglo XIII. Después, en 1511, una maldición solemne pronunciada con ritual nocturno, campanas y velos negros. Hoy, ningún Papa ha revocado ninguna de las dos condenas. Trasmoz sigue siendo, técnicamente, territorio maldito.

El origen de la maldición de Trasmoz

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La historia tiene poco de sobrenatural y mucho de disputa económica. Trasmoz era un enclave laico en las faldas del Moncayo que controlaba molinos, bosques y tierras fértiles sin rendir cuentas al poderoso monasterio cisterciense de Veruela, que dominaba la zona y lo veía con creciente irritación.

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El detonante fue, según las crónicas, un conflicto por el uso de la madera del Monte de la Mata. El abad de Veruela convenció al obispo de Tarazona de excomulgar a toda la población. En la práctica, eso significaba que sus habitantes no podían confesarse ni recibir los sacramentos. Una condena espiritual como arma de presión política.

Trasmoz y la maldición formal de 1511

Dos siglos después, los conflictos seguían sin resolverse. En 1511, el abad de Veruela fue más lejos: con la autoridad del Papa Julio II, pronunció una maldición solemne sobre el señor de Trasmoz, sus descendientes y toda la aldea.

La ceremonia fue diseñada para intimidar. Con el crucifijo cubierto por un velo negro, se recitó el salmo 108 de la Biblia, aquel en que Dios maldice a sus enemigos, mientras sonaban las campanas en la oscuridad de la noche. No fue un rumor popular: fue un acto litúrgico oficial, con todas las formalidades canónicas de la época.

Por qué nadie ha levantado la maldición

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La razón jurídica es clara: una maldición solemne de ese tipo solo puede ser revocada por otro Papa. Y ninguno lo ha hecho. Ni en los siglos siguientes, ni en el Concilio Vaticano II, ni en las últimas décadas de apertura eclesial.

Curiosamente, la excomunión colectiva tampoco tiene efectos reales hoy en día. Los vecinos de Trasmoz pueden acudir a misa, recibir sacramentos y participar con normalidad en la vida religiosa. El castigo pervive como categoría jurídica eclesiástica, no como sanción activa. Pero sigue ahí, sin levantarse.

Bécquer y las brujas del Moncayo

La leyenda de Trasmoz no habría llegado tan lejos sin un escritor tuberculoso y romántico que se instaló a recuperarse en el monasterio de Veruela. Gustavo Adolfo Bécquer recogió los relatos del pueblo en sus Cartas desde mi celda y los convirtió en literatura, inmortalizando a la Tía Casca, considerada la última bruja del pueblo.

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Según la tradición, la Tía Casca fue despeñada por sus propios vecinos en el siglo XIX, hartos de sus maleficios. Y su espíritu, dicen, aún vaga por el pueblo porque ni el diablo quiso recibirla. El Moncayo, imponente y brumoso al fondo, añade una escenografía que hace difícil no creerlo.

HechoDetalle
Primera excomuniónSiglo XIII, por disputa con el monasterio de Veruela
Segunda condena1511, maldición solemne bajo el Papa Julio II
Ritual empleadoSalmo 108, campanas, velo negro sobre el crucifijo
Estado actualNunca revocada por ningún Papa posterior
Habitantes actualesAproximadamente 100
Evento anualFeria de la Brujería (cada julio)
Vínculo literarioGustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda

Trasmoz hoy: turismo y condena sin fecha de caducidad

Lo que en el medievo fue una herramienta de represalia se ha convertido en el mayor activo turístico del pueblo. Cada julio, Trasmoz celebra su Feria de la Brujería, con talleres, rituales recreados y la reivindicación orgullosa de una identidad que otros intentaron usar como estigma.

El pueblo ha sabido transformar su maldición en marca. Las escobas en los balcones, las placas con nombres de brujas en cada portal y el castillo restaurado con su museo de la brujería reciben a miles de visitantes al año. La Iglesia nunca levantó la condena. Trasmoz decidió no necesitar que lo hiciera.