Intrusión en RAF Molesworth: detenidos dos letones y salta la alarma sobre la seguridad OTAN

Los dos arrestados, de 32 y 36 años, residen en el Reino Unido y fueron detenidos bajo la Ley de Seguridad Nacional. La brecha llega once días después de que siete sospechosos quedaran en libertad sin cargos por el caso de RAF Fairford.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? La policía antiterrorista británica detuvo en la madrugada del jueves a dos ciudadanos letones, de 32 y 36 años, dentro de la base de RAF Molesworth (Cambridgeshire), tras hallar un vehículo abandonado y una brecha en la valla perimetral.
  • ¿Quién está detrás? Los detenidos residen en Reino Unido y fueron arrestados primero por allanamiento y daños y después bajo la Ley de Seguridad Nacional. Las autoridades no han presentado pruebas de espionaje ni de vínculo con un Gobierno extranjero.
  • ¿Qué impacto tiene? La brecha en un centro de inteligencia de EE. UU. y de la OTAN llega once días después del incidente de RAF Fairford y reabre el debate sobre la protección de las infraestructuras críticas aliadas en Europa.

La policía antiterrorista británica investiga la intrusión en RAF Molesworth, base clave de la seguridad OTAN, once días después del fiasco de RAF Fairford.

Dos ciudadanos letones, de 32 y 36 años, fueron detenidos en la madrugada del jueves en el interior de la instalación, situada en Cambridgeshire, después de que el personal de seguridad descubriera un vehículo abandonado y una brecha en la valla perimetral. Ambos residen en el Reino Unido. En un primer momento fueron arrestados por allanamiento y daños; después, bajo la Ley de Seguridad Nacional, por sospecha de entrar en un recinto prohibido con un propósito perjudicial para el país.

La instalación no es un aeródromo al uso. Situada a unas 70 millas al norte de Londres —unos 110 kilómetros—, RAF Molesworth alberga operaciones de inteligencia militar de Estados Unidos para Europa y África, además del Centro de Fusión de Inteligencia de la OTAN. Aunque figura oficialmente como estación de la Royal Air Force, la gestiona el Ejército estadounidense y no opera como base aérea activa. Es, en la práctica, un nodo de análisis y coordinación, no una pista de despegue.

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La investigación la ha asumido la unidad antiterrorista, pero las autoridades británicas no han presentado hasta ahora ninguna prueba de espionaje, terrorismo o vínculo con un Gobierno extranjero. La identidad de los arrestados y sus posibles motivos siguen sin trascender.

La responsable de la Policía Antiterrorista de Londres, la comandante Helen Flanagan, reconoció que el cuerpo es ‘muy consciente del reciente interés y la preocupación’ en torno a las instalaciones militares, aunque aclaró que ‘en esta fase nada sugiere que el incidente esté conectado con los hechos de RAF Fairford’.

Una valla rota en Molesworth no es un incidente menor: es la segunda grieta en once días en el perímetro de la inteligencia aliada en suelo británico.

El precedente de Fairford, en Gloucestershire, sigue pesando. El pasado 27 de septiembre, la policía detuvo a cinco hombres tras localizar tres furgonetas sospechosas cerca de la base, utilizada por bombarderos estadounidenses durante la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán. Los arrestos desataron de inmediato la alarma por un posible atentado o un ataque con drones, y el primer ministro británico, Andy Burnham, llegó a hablar de ‘fuertes indicios’ de implicación iraní. Teherán lo negó.

La realidad fue más prosaica. La policía admitió después que no había explosivos, solo cantidades de gasolina, en los vehículos. Los cinco sospechosos quedaron en libertad bajo fianza en cuestión de días. A ellos se sumaron dos detenidos más, uno de ellos con doble nacionalidad británico-iraní, también excarcelados. Siete personas liberadas sin cargos en total. El caso, que empezó como una amenaza de seguridad nacional, se ha ido desinflando hasta convertirse en una pregunta incómoda: ¿por qué se evaluó el riesgo con tanta ligereza?

A la estampida de Fairford se sumó un movimiento militar difícil de ignorar. Washington retiró de forma abrupta sus bombarderos estratégicos B-1 del Reino Unido. El presidente estadounidense, Donald Trump, vinculó la decisión a las amenazas de seguridad, mientras que el secretario de Estado, Marco Rubio, restó importancia a una conexión directa entre el supuesto complot y el redespliegue. La contradicción entre ambos mensajes dejó al aire la pregunta de si la retirada fue una precaución o un mensaje.

Qué se sabe del asalto a RAF Molesworth

Hay un patrón detrás de estas dos brechas, y no es una racha de mala suerte. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, las instalaciones militares aliadas en Europa occidental han pasado de ser infraestructura protegida a convertirse en objetivo de bajo coste para actores estatales y sus intermediarios. Sabotajes a cables submarinos en el Báltico, incendios en centros logísticos alemanes y ahora dos intrusiones consecutivas en bases británicas dibujan una campaña de desgaste que no siempre necesita autoría confirmada.

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En el caso de Molesworth, los investigadores llegaron a movilizar especialistas en explosivos para examinar el vehículo abandonado y establecer un cordón de seguridad temporal en las carreteras cercanas. El dispositivo se retiró después de que no se encontrara nada sospechoso. Es el mismo guion que en Fairford: alarma máxima, despliegue de medios y, horas después, un perímetro vacío y ningún artefacto.

El fantasma de Fairford y la sombra iraní

RAF Molesworth

Que la policía antiterrorista haya tomado el caso de Molesworth sin presentar pruebas es, en sí mismo, una señal. El Reino Unido ha endurecido su doctrina tras el episodio de Fairford, donde la gestión política de la amenaza —con declaraciones de alto voltaje sobre Irán y un repliegue militar estadounidense— dejó un reguero de sospechosos liberados y ninguna acusación formal. Siete personas pasaron por comisaría y todas salieron por la puerta de atrás.

Moscú, mientras, contempla el espectáculo con interés. Las brechas en bases occidentales alimentan la narrativa del Kremlin sobre una OTAN incapaz de proteger su propia retaguardia, justo cuando Bruselas discute nuevas inversiones en defensa y movilidad militar. Para Teherán, acusado en falso o no, el episodio británico también sirve: cada sospechoso liberado refuerza su negación y debilita la credibilidad de las acusaciones occidentales.

Equilibrio de Poder

Washington lee el episodio con incomodidad. La administración Trump ha convertido la seguridad de las bases europeas en una variable negociable dentro de su pulso por el reparto de carga en la OTAN. Si el Pentágono ya retiró los B-1 de Fairford alegando riesgo, la pregunta que sobrevuela Bruselas es cuál será el siguiente activo estadounidense en replantearse. Moscú no necesita reivindicar nada: le basta con que la opinión pública europea perciba que sus bases no son seguras. Es la esencia del grey zone, la guerra gris que se libra por debajo del umbral del artículo 5, y que se combate sobre todo con inteligencia, contrainteligencia y paciencia.

España no es espectadora. Las bases de Rota y Morón, con presencia permanente de EE. UU., concentran buena parte del dispositivo logístico y naval del flanco sur. Rota alberga cuatro destructores AEGIS —el mayor despliegue antimisiles permanente estadounidense en Europa— y Morón opera como plataforma de despliegue rápido hacia el Sahel y el Magreb. Una brecha en Molesworth es una advertencia directa para la seguridad de esas instalaciones y para la labor del CNI, que ya ha elevado la vigilancia sobre infraestructuras críticas.

A eso se suma el flanco sur. Marruecos, Argelia y el Sahel son terreno fértil para actores híbridos, y cualquier deterioro de la percepción de seguridad en las bases españolas afecta de lleno al comercio, al turismo y a la inversión. No es alarmismo: es el coste real de un tablero donde las bases dejan de ser intocables.

La lectura a corto plazo es fría. El próximo hito será la reunión de ministros de Defensa aliados prevista para diciembre en Bruselas, donde se medirá si Molesworth y Fairford fueron dos puntos aislados o la primera señal de una campaña más amplia. Hasta entonces, la seguridad OTAN seguirá siendo una promesa que se verifica en la práctica, no un axioma.