Witkoff y Kushner lanzan en Miami las negociaciones de Ucrania y planean viajar a Moscú

Los enviados de Trump buscan una propuesta común con Kiev y sus aliados europeos antes de volar a Moscú a finales de mes. Sobre la mesa, un alto el fuego parcial sobre energía e infraestructuras del mar Negro.

Steve Witkoff y Jared Kushner abren este viernes en Miami una ronda de negociaciones sobre Ucrania. Los dos enviados de Trump buscan transformar su gira diplomática de septiembre en una propuesta única que, más tarde, puedan poner sobre la mesa del Kremlin.

La cita se prolonga durante dos jornadas de trabajo con la delegación ucraniana. Sobre la mesa hay ‘nuevas ideas y propuestas’, según las informaciones de Reuters y Axios, pensadas para desatascar un conflicto convertido en guerra de desgaste sin vencedor claro. A la cita han sido invitados también los asesores de seguridad nacional de Reino Unido, Francia y Alemania, además de representantes de la OTAN y de la Unión Europea.

Qué se negocia realmente en Miami

El borrador que manejan los enviados estadounidenses incluye un alto el fuego parcial. El texto, todavía sin cerrar, cubriría los ataques contra infraestructuras energéticas y el tráfico marítimo en el mar Negro. Es la parte más tangible de una iniciativa que también aborda garantías de seguridad para Kiev y un plan económico para la posguerra.

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Kiev estará representada por el jefe de gabinete de Zelensky, Kirill Budanov; el jefe de inteligencia, Rustem Umerov; el asesor diplomático Sergey Kislitsa; y el diputado David Arakhamia. La composición de la delegación revela hasta qué punto Ucrania se toma en serio esta ronda. Demasiados frentes abiertos como para enviar a un segundo nivel.

Antes de Miami, Witkoff y Kushner se reunieron el jueves con Trump para presentarle los últimos borradores y recibir instrucciones. A la reunión acudieron también el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el asesor adjunto de Seguridad Nacional, Mike Needham.

La diplomacia de Trump ya no persigue una victoria: persigue una salida que no le cueste al votante el precio de la gasolina.

Washington insiste en un argumento que el presidente repite en cada llamada con Zelensky: los ataques ucranianos contra refinerías rusas están agravando la escasez mundial de diésel y disparando el precio del combustible en Estados Unidos. Es una presión que incomoda en Kiev, pero que explica por qué la Casa Blanca ha metido la infraestructura energética en el corazón de la negociación. La pelota está, otra vez, en el tejado ajeno.

El alto el fuego parcial que incomoda a todos

Witkoff

Las capitales europeas miran la cita con una mezcla de alivio y desconfianza. Una fuente estadounidense citada por AFP asegura que los gobiernos del continente se quejan en privado, del coste económico del conflicto y del precio de la energía. ‘Todos están nerviosos por el invierno. Será un invierno duro si la guerra no se detiene‘, resume esa fuente.

A ese nerviosismo se suma el diagnóstico de Marco Rubio. El secretario de Estado describió el conflicto en Lisboa como un ‘punto muerto peligroso‘ que podría desbordarse más allá de Ucrania. ‘Esta guerra tiene que terminar con un acuerdo negociado. Cuanto antes, mejor‘, declaró, al tiempo que advertía de que Washington no invertirá indefinidamente en procesos que no producen avances.

El Kremlin comparte el retrato. El portavoz Dmitri Peskov admitió que no ve por ahora una perspectiva clara de arreglo, aunque repitió que Moscú sigue abierto a negociar y acusó a Kiev de no querer asumir la realidad. En paralelo, Washington y Moscú mantienen conversaciones sobre proyectos económicos, incluida una posible cooperación energética. Ahí es nada.

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Equilibrio de Poder

Lo que observamos es un cambio de método más que de objetivo. La administración Trump ha dejado de tratar la guerra de Ucrania como una cuestión de principios para convertirla en una operación transaccional: energía, diésel y coste electoral mandan. Moscú lo ha entendido y juega con esa lógica, mientras Bruselas asiste a la conversación con el temor de que su seguridad se decida sin ella.

Para España el movimiento tiene consecuencias directas. La economía nacional depende del suministro estable de gas y de la calma en los mercados energéticos, y un invierno de hostilidades sostenidas volvería a tensionar los precios. A eso se suma la presión sobre el gasto en defensa comprometido con la OTAN, que Moncloa trata de cuadrar sin romper el equilibrio presupuestario. En el flanco sur —Marruecos, Sáhara y Sahel—, cualquier distracción de Washington y Bruselas debilita la atención a una región donde Rusia gana presencia desde hace años.

La lectura a medio plazo pasa por el precedente de Minsk. Aquellos acuerdos de 2014 y 2015 se firmaron y nunca se cumplieron porque ninguna de las partes renunció a su objetivo último. Si el alto el fuego parcial de Miami se cierra sin garantías verificables, corre el riesgo de repetir la historia: una pausa que congela el frente y compra tiempo. La diferencia es que ahora Estados Unidos tiene prisa, y esa prisa puede ser tanto una palanca como un error de cálculo.

La próxima ventana crítica se abre a finales de mes, cuando Witkoff y Kushner podrían viajar a Moscú para verse con Putin. Hasta entonces, Miami es una prueba de si Washington puede vender a Kiev y a Europa un acuerdo que Moscú esté dispuesto a tolerar. Nadie ha dicho aún que sea posible.