Ataques israelíes en Gaza dejan ocho muertos al acercarse el aniversario del alto el fuego

Al menos ocho palestinos han muerto en dos días de ataques y disparos, según fuentes médicas locales. El alto el fuego auspiciado por Washington cumple su primer aniversario sin retirada completa ni desarme pactado.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Al menos ocho palestinos han muerto y varios han resultado heridos en ataques aéreos, disparos de dron, fuego de artillería y disparos de tropas israelíes en la Franja de Gaza entre el jueves y el viernes.
  • ¿Quién está detrás? El Ejército israelí (IDF) asume parte de las bajas y sostiene que tres de los fallecidos eran miembros de grupos armados. Hamás se niega a entregar las armas antes de una retirada total.
  • ¿Qué impacto tiene? El alto el fuego auspiciado por Washington cumple su primer aniversario sin retirada completa, sin desarme pactado y con la reconstrucción sin arrancar.

Los ataques de Israel en Gaza dejan al menos ocho muertos en dos días, al cumplirse un año del alto el fuego. La tregua no ha detenido la violencia; solo ha cambiado su forma.

La cifra procede de fuentes médicas y equipos de rescate locales y no ha podido confirmarse de forma independiente. El jueves murieron siete personas en distintos puntos del enclave. Tres fallecieron en ataques de dron contra un vehículo y contra una tienda de campaña que daba cobijo a desplazados en la ciudad de Gaza. El Servicio de Defensa Civil informó, además, de que un bombardeo israelí sobre un edificio residencial mató a una mujer y a un menor. Otra mujer murió por fuego de artillería y una víctima más se registró en el centro de la Franja.

El viernes, tropas israelíes abatieron a tiros a un hombre palestino cerca de campos de refugiados en el centro de Gaza e hirieron a varias personas. El Ejército israelí aseguró a la agencia AFP que tres de los fallecidos pertenecían a grupos armados y que verificaba las circunstancias de las otras cuatro muertes. Nadie discute que hubo disparos. Se discute contra quién y por qué.

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Un alto el fuego que suma más de 1.400 muertos en un año

Auspiciado por Estados Unidos, el alto el fuego entró en vigor el 10 de octubre de 2025. Un año después sigue en pie sobre el papel y muy lejos de la paz sobre el terreno. Desde que se firmó, y según el Ministerio de Sanidad de Gaza —controlado por Hamás—, han muerto más de 1.450 palestinos y más de 5.000 han resultado heridos. Israel sostiene que sus incursiones buscan a milicianos, y acusa a Hamás de violar el acuerdo. La guerra que precedió a la tregua arrancó el 7 de octubre de 2023, cuando milicianos liderados por Hamás atacaron el sur de Israel y mataron a unas 1.200 personas, además de tomar 251 rehenes. Los combates posteriores dejaron más de 74.200 palestinos muertos y más de 175.000 heridos, siempre según las autoridades sanitarias de Gaza.

La ONG británica Islamic Relief cifró el jueves en cada 90 minutos el ritmo de un muerto o herido durante el último año, con al menos 320 niños entre los fallecidos. Son cifras que la parte israelí no reconoce y que Hamás difunde, y ese doble origen es, precisamente, lo que impide darlas por cerradas. Aun así, el orden de magnitud describe un escenario que ningún acuerdo ha logrado desactivar.

Un alto el fuego que no retira tropas ni desarma a nadie no es paz: es una pausa con fecha de caducidad.

El texto del acuerdo prevé la retirada por fases de las tropas israelíes y la reconstrucción de Gaza, dos capítulos prácticamente congelados. Hamás afirma que aceptó en principio una propuesta respaldada por Washington, pero insiste en que no entregará sus armas hasta que el Ejército israelí se retire por completo. El primer ministro Benjamin Netanyahu exige lo contrario: el desarme antes de cualquier repliegue adicional. Y hay un número que lo resume todo: ha ordenado a las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) ampliar su control al 70% de la Franja, frente al 53% que se ocupaba cuando se firmó la tregua.

El desarme de Hamás, la llave que nadie quiere girar

alto el fuego Gaza

Casi la totalidad de los 2,1 millones de habitantes de Gaza sigue desplazada, y en torno al 82% de las edificaciones están dañadas o destruidas, según Islamic Relief. La reconstrucción apenas ha comenzado. Hablamos de un territorio donde casi no queda suelo urbano intacto y donde la ayuda humanitaria entra con cuentagotas. El desarme, ya se sabe, siempre es cosa de otros.

En paralelo, la política interna israelí pesa. Netanyahu afronta el escrutinio por las revelaciones de que recibió avisos previos al ataque del 7 de octubre de 2023. El diario Haaretz publicó que el presidente de Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed, le advirtió de una posible gran operación de Hamás unos diez días antes. La oficina del primer ministro tachó la acusación de ‘mentira absoluta’, y el propio Netanyahu viajó a Abu Dabi a finales de septiembre para pedir un desmentido. Con elecciones a la vista, cada incursión en Gaza tiene también una lectura de política doméstica.

Equilibrio de Poder

Lo que observamos es un tablero en el que Washington puso la firma, pero no garantiza el cumplimiento. La administración de Trump diseñó el alto el fuego como un cierre rápido de expediente, con la vista puesta en el Indo-Pacífico y en Irán, no en reconstruir Gaza. Moscú no es actor neutral: mantiene canales abiertos con Hamás y con Teherán, y utiliza cada víctima palestina para erosionar la posición estadounidense en la región. Bruselas, entre tanto, sigue dividida entre quienes reconocen el Estado palestino y quienes priorizan la relación estratégica con Israel. Ese desorden europeo es, en sí mismo, una invitación a que otros decidan por nosotros.

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Para España, Gaza no es un frente ajeno. Madrid reconoció el Estado palestino el 28 de mayo de 2024, junto a Irlanda y Noruega, y mantiene esa posición pese a las tensiones con Washington. La frontera sur amplifica cualquier desestabilización del Mediterráneo oriental: lo que ocurre en Gaza mueve la opinión pública de Marruecos y Argelia, altera los precios energéticos y presiona sobre las rutas marítimas que tocan puertos españoles. España mantiene, además, vínculos comerciales en materia de defensa con Israel, y esa doble condición —reconocimiento diplomático y cliente— genera contradicciones que el Gobierno gestiona con discreción. Ni Rota ni Morón están sobre la mesa, pero el clima regional acaba salpicando a ambas bases.

El riesgo inmediato es una espiral que nadie dice querer y que todos alimentan: cada incursión contra milicianos deja un saldo civil que reabre el ciclo de represalias. Ya ocurrió tras las rondas de 2014 y 2021, cuando las treguas se midieron en meses y no en años. La próxima ventana crítica será el calendario electoral israelí y la presión de Washington, que difícilmente podrá sostener indefinidamente el relato de un alto el fuego que, sobre el terreno, se parece cada vez menos a la paz. Treinta años después de los Acuerdos de Oslo, la lección sigue siendo la misma: sin verificación ni retirada, una tregua no se mide en acuerdos, sino en cuántos muertos tolera cada bando antes de volver a empezar.