Fernando VII, el rey que derogó la Constitución de Cádiz

El 4 de mayo de 1814 declaró nulos la Constitución de Cádiz y todos los decretos de las Cortes. Casi seis años después juró ese mismo texto para conservar el trono, y en 1823 volvió a derogarlo con ayuda francesa.

La comitiva real entró en Valencia el 15 de abril de 1814 entre repiques de campanas y vítores. El hombre al que la ciudad aclamaba llevaba seis años preso en Francia, había perdido un trono y lo recuperaba sin disparar un solo tiro. Tres semanas más tarde, el 4 de mayo, firmó en palacio un decreto que declaraba nulos la Constitución de Cádiz y todos los acuerdos de las Cortes. Nadie lo había votado. Nadie lo detuvo.

Se llamaba Fernando de Borbón y tenía veintinueve años. Aquel pliego abrió el ciclo que definiría su reinado: anular la Constitución en 1814, jurarla en 1820 para conservar el trono y volver a anularla en 1823 con la ayuda de un ejército extranjero.

Capítulo I: Seis años en el castillo de Talleyrand

El château de Valençay, en el Berry francés, pertenecía al príncipe de Benevento, Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord. En mayo de 1808 se convirtió en la residencia forzosa del heredero de la corona española, que llegó allí acompañado de su hermano Carlos María Isidro, de su tío Antonio Pascual y de su antiguo preceptor, el canónigo Juan Escoiquiz.

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Seis años de encierro. En ese tiempo, las Cortes reunidas primero en la Isla de León y después en Cádiz redactaron y promulgaron la Constitución de 19 de marzo de 1812, la que el pueblo bautizó como la Pepa porque se juró el día de San José. En esas mismas fechas, la guerra asolaba el país y la soberanía nacional dejaba de ser una idea de salón para convertirse en norma escrita.

A Fernando todo aquello le llegaba por cartas, periódicos atrasados y rumores de criados. Escribió a Napoleón, pidió una esposa de la familia Bonaparte y negoció su propia posición con la paciencia de quien no tiene otra arma. El 11 de diciembre de 1813, el emperador firmó con él el Tratado de Valençay y le reconoció como rey de España. Seis años después de la farsa de Bayona, el príncipe volvía a tener título.

Capítulo II: El rey que no quiso pasar por Madrid

Cruzó la frontera por Figueras en la segunda quincena de marzo de 1814. La Regencia, que gobernaba en su nombre desde Cádiz, había preparado el itinerario y el juramento: Fernando debía acatar la Constitución antes de ser reconocido como monarca. Hizo lo contrario. Aplazó la entrada en Madrid y torció el camino hacia el este, hacia Valencia, donde le esperaban los diputados que llevaban meses conspirando contra el texto de 1812.

El rey no tenía prisa. Escuchaba a unos, recibía a otros y dejaba correr los días. Mientras tanto, en Madrid, la prensa absolutista y buena parte del clero pedían a gritos la vuelta al Antiguo Régimen. Cada jornada de retraso era un mensaje: Fernando no pensaba firmar nada que limitase su poder.

Fernando VII rey de España

Capítulo III: Los sesenta y nueve persas

El 12 de abril de 1814, sesenta y nueve diputados firmaron en Madrid un documento que pasaría a la historia como el Manifiesto de los Persas. Lo impulsó Bernardo Mozo de Rosales y el nombre venía de un episodio de la Antigüedad: los nobles persas que, muerto Cambises, se reunieron para decidir la forma de gobierno. El paralelismo era la clave del texto. Aquellos diputados sostenían que las Cortes de Cádiz habían usurpado una soberanía que no les pertenecía y pedían al rey que restaurase la monarquía tradicional y convocase Cortes a la antigua usanza.

Fernando recibió el manifiesto en Valencia, adonde había llegado el 15 de abril. Antes de decidir nada escuchó también a quienes le advertían del coste internacional de un golpe de mano. Pesó las opciones, midió las fuerzas y eligió el camino que le devolvía el poder entero.

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Capítulo IV: El decreto del 4 de mayo

El texto se firmó en Valencia y declaraba nulos la Constitución de Cádiz, los decretos de las Cortes extraordinarias y los de las ordinarias. Su argumento era sencillo: el rey había estado privado de libertad y, por tanto, nada de lo acordado en su ausencia podía tener validez. En cuatro párrafos, cuatro años de trabajo legislativo quedaban reducidos a papel mojado.

Nueve días después, el 13 de mayo de 1814, Fernando VII entraba en Madrid entre aclamaciones. En las semanas siguientes fueron detenidos decenas de diputados liberales junto a periodistas, funcionarios y militares que habían servido a la Constitución. El 21 de julio de 1814, un nuevo decreto restablecía el Tribunal de la Inquisición, suprimido por las Cortes de Cádiz. Comenzaba lo que los liberales llamarían el Sexenio Absolutista, y al rey le colgaron un apodo que ya no le abandonaría: el Rey Felón.

La resistencia fue escasa y descoordinada. Hubo intentos de sublevación, como el del general Juan Díaz Porlier en La Coruña y el del general Luis Lacy años más tarde. Todos acabaron en el patíbulo, en la cárcel o en el exilio. La España que había discutido de soberanía en Cádiz se apagó en unos meses y sus protagonistas se dispersaron por cárceles y destierros.

Fernando VII rey de España

Capítulo V: El 1 de enero de 1820

En Cabezas de San Juan, un pueblo de la provincia de Sevilla, el teniente coronel Rafael del Riego se sublevó al frente de las tropas que esperaban para embarcar hacia América. Era el 1 de enero de 1820. El pronunciamiento pareció fracasar durante semanas, hasta que a finales de febrero la chispa prendió en Galicia y en otras ciudades. El rey se quedó sin apoyos y sin ejército dispuesto a defenderle.

A comienzos de marzo juró la Constitución de Cádiz, la misma que había declarado nula seis años antes. El 10 de marzo publicó un manifiesto que la historia no ha dejado de citar, medio en serio y medio en burla, porque pocas veces un rey ha prometido tanto con tan poco convencimiento.

«Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.»

Volvió el régimen constitucional, volvieron las Cortes y volvieron las reformas: la supresión de la Inquisición, la desamortización de bienes del clero, la libertad de imprenta. Durante tres años, España ensayó el gobierno representativo con un rey que firmaba cuanto le ponían delante y conspiraba por la noche con las potencias absolutistas de Europa.

Capítulo VI: La segunda derogación

El Trienio duró lo que tardaron las monarquías europeas en organizar la respuesta. En 1822, el Congreso de Verona dio luz verde a la intervención en España. En abril de 1823, un ejército francés, los llamados Cien Mil Hijos de San Luis, mandado por el duque de Angulema, cruzó el Bidasoa sin encontrar apenas resistencia organizada.

La defensa liberal se concentró en Cádiz y en la fortaleza del Trocadero, tomada por las tropas francesas el 31 de agosto de 1823. El rey, trasladado a Cádiz por las Cortes que intentaban retenerlo como garantía, quedó libre de sus carceleros constitucionales. El 1 de octubre de 1823 declaraba otra vez nulos los actos del gobierno constitucional y recuperaba el poder absoluto. Llegaban la Década Ominosa, las purgas, las cárceles y un exilio liberal que se repartió entre Londres y París.

Fernando VII rey de España

Capítulo VII: La pragmática y el final

La última etapa del reinado se jugó en el terreno sucesorio. En 1829 había muerto su tercera esposa, María Josefa Amalia de Sajonia, y ese mismo año el rey se casó con María Cristina de Borbón. El 29 de marzo de 1830 firmó la Pragmática Sanción, que permitía a las mujeres acceder al trono cuando no hubiera herederos varones y anulaba, de hecho, la ley sálica que había regido la sucesión desde el siglo XVIII.

El 10 de octubre de 1830 nacía su hija Isabel. Su hermano Carlos María Isidro, que hasta entonces se había considerado heredero, no aceptó el cambio y la corte se partió en dos. Fernando VII murió el 29 de septiembre de 1833 en Madrid, dejando un trono en manos de una niña de tres años y una regencia discutida. Su hermano reclamó el trono y el país entró en una guerra civil que duraría siete años.

El rey que había anulado la Constitución de Cádiz en 1814 y otra vez en 1823 no consiguió enterrarla. En agosto de 1836, unos sargentos amotinados en el palacio de La Granja obligaron a la regente María Cristina a volver a jurar aquel texto de 1812. El documento que Fernando VII había declarado nulo tres veces resucitó sobre su tumba y se convirtió en el punto de partida de todo el liberalismo español del siglo XIX. Los archivos que hoy conservan aquellos decretos y manifiestos, consultables a través del portal PARES del Ministerio de Cultura, siguen guardando la huella de un reinado que pasó la vida yendo y viniendo sobre la misma página.