La CUP no concurrirá a las elecciones generales del 29-N. Su militancia ha ratificado con el 68,9% de los votos la decisiĂłn que la mesa nacional ya habĂa asumido: en el marco español no se dan las condiciones para librar la batalla.
La consulta se cerró después de un largo debate interno. La mesa nacional acordó convocar a las bases tras la reunión del sábado pasado y el resultado deja poco margen a la interpretación: dos de cada tres votos emitidos respaldan quedarse fuera de la cita con las urnas del 29 de noviembre. Sin sorpresas.
Una ratificaciĂłn con un tercio de la militancia en contra
El porcentaje, sin embargo, no es unánime. Cerca de un tercio de los sufragios no acompañó la posición de la dirección, un dato que revela una tensión de fondo: la de quienes creen que renunciar a la tribuna del Congreso equivale a desaparecer del debate público estatal y la de quienes sostienen que ese debate nunca fue suyo. La trayectoria de la CUP explica las dos posiciones. El matiz importa.
La formaciĂłn mantiene su diagnĂłstico. Considera que no se dan las condiciones polĂticas para presentar candidatura y añade su tesis de fondo: defiende ‘construir una fuerza nacional y popular’ con capacidad de articular las luchas del paĂs ‘más allá de los calendarios electorales’. La CUP se reclama movimiento antes que partido de papeleta.
El Congreso se queda sin la CUP y el voto soberanista se estrecha

El efecto inmediato es práctico. El 29-N no habrá papeleta de la CUP, de modo que el voto independentista se repartirá entre menos siglas y con un perfil distinto: ERC y Junts concentrarán la oferta institucional y el espacio anticapitalista quedará fuera de juego. No es tanto un trasvase de votos como una reducción del relato soberanista a la lógica de la negociación con Madrid.
Sin papeleta en el Congreso, la CUP traslada su disputa al terreno que domina: la calle, el municipio y el relato del independentismo que no pacta.
La lectura admite otra vuelta. Cada vez que la CUP ha renunciado a una cita electoral, sus cuadros han reorientado el esfuerzo hacia el trabajo territorial y hacia la presión sobre las instituciones catalanas, donde mantiene grupo en el Parlament y presencia en decenas de ayuntamientos. El precio es la invisibilidad en Madrid en un ciclo en el que las decisiones que afectan a Cataluña —financiación, infraestructuras, competencias— se siguen cerrando en el Congreso.
Para Moncloa, el cálculo también cambia. Sin la CUP en liza, el independentismo que llegue al Congreso será numéricamente más estrecho y, sobre el papel, más previsible; pero la presión sobre ERC y Junts se concentrará en un solo eje y la factura de cualquier apoyo a un gobierno en Madrid se cobrará en clave catalana. Ahà está la paradoja de siempre: menos siglas no significan menos exigencias.
Lo que la CUP aprendiĂł en abril de 2019
La formación ya jugó esta carta. En abril de 2019 concurrió a las generales bajo la marca Front Republicà y el resultado fue cero escaños y un puñado de votos sin traducción parlamentaria. Desde entonces, la renuncia se ha convertido en doctrina: tampoco hubo candidatura en la repetición electoral de noviembre de 2019 ni en las generales de 2023.
El precedente dice dos cosas. Tras quedarse fuera del Congreso, la CUP firmó en las catalanas de 2021 su mejor resultado en el Parlament, con nueve escaños; en las de 2024 se dejó por el camino más de la mitad del grupo. La renuncia no le costó el crecimiento en su terreno natural, pero tampoco le abrió ninguna puerta nueva.
Otras fuerzas de izquierda soberanista han resuelto la disyuntiva al revés. EH Bildu lleva años usando el Congreso como altavoz sin renunciar a su proyecto y hoy es un actor decisivo en la aritmética de Madrid. La pregunta, por tanto, no es institución o movimiento, sino qué se hace con la tribuna cuando se tiene.
La decisiĂłn llega, además, con el calendario electoral ya en marcha. Mientras el resto de formaciones perfilan listas y candidaturas para el 29-N, la CUP renuncia a gastar energĂas en un terreno que considera ajeno y concentra el trabajo en el dĂa a dĂa. El calendario manda.
El riesgo aquĂ es la desmovilizaciĂłn. Sin campaña, el electorado anticapitalista pierde el estĂmulo de la pelea diaria, y queda a la espera de las prĂłximas catalanas. Y queda una incĂłgnita: si el hueco que deja la CUP en el flanco soberanista lo aprovecha alguna otra fuerza o si, simplemente, ese votante se queda en casa el 29 de noviembre.
Lo que sĂ está claro es la secuencia. La CUP volverá a la arena cuando toque el Parlament; en Madrid, el 29-N se votará sin ella y con el independentismo institucional jugándose, otra vez, su capacidad de influir en la investidura. Analizamos esta renuncia como lo que es: una apuesta de largo plazo cuyo primer resultado se conocerá la noche del recuento, con las urnas todavĂa calientes.
