EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Los almacenes de gas de la UE se quedan en el 73% de su capacidad, quince puntos por debajo de la media quinquenal y el nivel más bajo desde 2011 para estas fechas.
- ¿Quién está detrás? La Comisión Europea y el comisario de Energía, Dan Jørgensen, que ha pedido por carta a los Estados miembros recortar demanda; Alemania, Países Bajos y el este apenas superan el 50%.
- ¿Qué impacto tiene? El TTF holandés cotiza a 80,4 euros por megavatio-hora, el doble que en junio, y los expertos cifran en un 7% el ajuste de demanda necesario para pasar el invierno.
Las reservas de gas en Europa caen al 73% de su capacidad, quince puntos por debajo de la media quinquenal y muy lejos del 90% que Bruselas se había fijado para el 1 de noviembre.
Del 90% al 73%: el objetivo que Bruselas ya no puede cumplir
Desde que Rusia cerró el grifo del gas en 2022, la prioridad de la política energética europea ha sido una sola: llegar al invierno con los almacenes llenos. La Comisión fijó entonces un umbral del 90% para el 1 de noviembre. Este año, esa meta es inalcanzable. Las cifras que maneja la industria sitúan los inventarios europeos en el 73,1%, el mínimo para esta época del año desde 2011 y veinticuatro puntos por debajo del nivel de 2022, cuando el continente todavía contaba con los flujos rusos previos al corte definitivo.
El problema no es solo la cifra agregada. Los depósitos europeos no se reparten de forma homogénea: Polonia va al 99,1% de su capacidad, Italia al 88,3%, Francia al 86,1% y España al 76,3%, según los datos recogidos por Expansión. Alemania, Países Bajos y buena parte de Europa del este apenas superan el 50%. La media del 73% esconde, por tanto, una geografía del riesgo muy desigual.
A eso se suma un obstáculo físico difícil de sortear. Los gasoductos que llevaban el gas ruso a Centroeuropa no están diseñados para operar en sentido inverso, lo que complica redistribuir excedentes desde Francia o España hacia los antiguos países del bloque oriental. La solidaridad energética que Bruselas invoca en cada cumbre choca con la física de las tuberías.
La carta de Jørgensen y el fantasma de 2022

La Comisión Europea ha dado la voz de alarma. El comisario de Energía, Dan Jørgensen, remitió a finales de septiembre una carta a los Veintisiete en la que pide reducir la demanda de gas y electricidad ante unos niveles de almacenamiento ‘excepcionalmente bajos’. ‘Nos enfrentamos a una crisis de precios vinculada a una crisis de suministro’, sostiene el texto, que recupera el catálogo de medidas de la crisis de 2022, cuando el gas superó los 300 euros por megavatio-hora.
Bruselas ya no discute cómo abaratar el gas, sino cómo consumir menos para poder repartirlo durante todo el invierno.
Sobre la mesa vuelven las recetas de hace cuatro años: limitar la calefacción en los edificios públicos, apagar el alumbrado no esencial, por la noche, trasladar la demanda a las horas valle mediante contadores inteligentes y tarifas variables o recortar el consumo eléctrico en las horas punta. Eso sí, son recomendaciones sin plazos ni cuotas por país. La Comisión invita a los Gobiernos a adoptarlas ‘durante el tiempo que sea necesario’, una fórmula que deja el esfuerzo en manos de cada capital.
Los precios ya anticipan el problema. El TTF holandés, la referencia para buena parte del continente, se sitúa en 80,4 euros por megavatio-hora, el doble que en junio y el nivel más alto desde el invierno de 2022. El Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero calcula que Europa necesita un ajuste de demanda del 7% este invierno para evitar desabastecimientos si llega una ola de frío, y advierte de que cubrir ese hueco con importaciones adicionales sería extraordinariamente caro.
España entra en la temporada con una posición relativamente cómoda en almacenamiento, pero no ajena a la tensión. Red Eléctrica ha recurrido ya diez veces este año a interrupciones de suministro para clientes industriales sujetos a disponibilidad de desconexión, una herramienta con la que garantiza la estabilidad de la red. La escalada del gas golpea la competitividad de la industria y se filtra hacia los precios de los bienes de consumo: los bienes industriales no energéticos se han encarecido cuatro décimas entre junio y septiembre, hasta el 11%, y todo apunta a que la tendencia se acentuará.
El Eje del Poder Europeo
Aquí no hay un pulso entre bloques como en la regla fiscal o el reparto de los fondos de recuperación, sino una asimetría que rompe la lógica de la solidaridad: los países del sur y Polonia llegan al invierno con margen, mientras Alemania, Países Bajos y el este afrontan el frío con los depósitos a medio llenar. Berlín, que durante años convirtió el gas ruso barato en su ventaja competitiva, vuelve a estar en el centro del problema. La Haya, con una posición fiscal sólida, prefiere no hablar de un fondo común de compra mientras el mercado siga funcionando.
Para España, el efecto es doble. Por un lado, el Gobierno defiende que la capacidad de regasificación y de almacenamiento la sitúan en una posición ventajosa dentro del club europeo, y reclama que se reconozca esa contribución a la seguridad energética del continente. Por otro, la factura industrial y la de los hogares sigue dependiendo de un índice —el TTF holandés— que no refleja la realidad del sistema español. Es el viejo debate del hub ibérico, que Bruselas ha ido postergando entre gestos de buena voluntad y pocos avances concretos.
La lectura a medio plazo es incómoda. REPowerEU, el plan diseñado en 2022 para cortar la dependencia del gas ruso, ha acelerado el despliegue de renovables y ha reducido el consumo, pero no ha resuelto la vulnerabilidad estructural: Europa sigue comprando gas a precio de crisis y carece de un mecanismo común de compra lo bastante robusto. El fantasma de 2022 no se ha ido; solo estaba esperando al siguiente invierno frío. El próximo examen de la situación llegará en el Consejo de Energía, donde Jørgensen volverá a pedir compromisos de ahorro que ningún Estado quiere firmar antes de ver cómo evoluciona el termómetro.

