Alfonso XII, el rey que puso fin a la guerra carlista y murió a los 27

Llegó a España en enero de 1875 con diecisiete años y reinó poco menos de once. Murió de tuberculosis en el Palacio de El Pardo la mañana del 25 de noviembre de 1885, tres días antes de cumplir los veintiocho.

La mañana del 25 de noviembre de 1885, en el Palacio de El Pardo, a once kilómetros de Madrid, moría un hombre de veintisiete años. Se llamaba Alfonso de Borbón y Borbón y llevaba casi once años reinando como Alfonso XII. La víspera, Antonio Cánovas del Castillo y Práxedes Mateo Sagasta habían cerrado en Madrid un acuerdo para repartirse el poder sin despertar a los cuarteles, porque los dos sabían que el rey se apagaba. Faltaban tres días para el cumpleaños del monarca. No llegó a cumplir los veintiocho.

Había hecho bastante en poco tiempo. Cuando lo proclamaron rey era un adolescente educado en el exilio; cuando murió, la última guerra carlista llevaba casi diez años terminada, Cuba había firmado una paz que se creyó definitiva y España disponía de un sistema de partidos que funcionaba con precisión de relojería, aunque esa precisión se pagara con trampas en las urnas. Alfonso XII no fue un rey brillante ni un estadista original. Fue, sobre todo, un rey útil: la cara amable de un apaño político diseñado por otros.

Capítulo I: Un heredero educado lejos de España

Nació el 28 de noviembre de 1857 en el Palacio Real de Madrid, hijo de Isabel II y de su marido, Francisco de Asís de Borbón. Los mentideros de la corte discutieron desde el bautizo la paternidad del niño, pero nadie puso en duda su posición: era el heredero de una corona que su madre ya no sabía sostener.

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En septiembre de 1868, la revolución de La Gloriosa expulsó a los Borbones de España. El príncipe salió del país con diez años y una educación interrumpida. Dos años después, el 25 de junio de 1870, su madre firmaba en París la abdicación de sus derechos en favor de él. Alfonso tenía doce.

A partir de ahí se le educó como se educa a un rey en espera. Entre 1872 y 1874 pasó por el Theresianum de Viena, donde aprendió alemán, esgrima y disciplina militar. En 1874 ingresó en la Royal Military Academy de Sandhurst, en Inglaterra, y desde allí firmó, el 1 de diciembre de aquel año, el manifiesto que le escribió Cánovas del Castillo. El texto prometía una monarquía hereditaria y constitucional, católica y liberal, y contenía una frase que se repetiría durante décadas.

«No dejaré de ser buen rey y buen español.» La frase la redactó Antonio Cánovas del Castillo y la firmó el príncipe Alfonso en el manifiesto fechado en Sandhurst el 1 de diciembre de 1874.

Era una promesa prudente y calculada. El manifiesto no pedía a nadie que se levantara en armas. Pedía paciencia.

Capítulo II: Sagunto, 29 de diciembre de 1874

La Primera República se había desangrado en cantonalismos y el general Francisco Serrano presidía un régimen agotado cuando, el 29 de diciembre de 1874, el general Arsenio Martínez Campos proclamó a Alfonso XII en la localidad valenciana de Sagunto, al frente de las tropas que mandaba. Cánovas habría preferido un cambio civil, sin sables de por medio, y le había pedido que esperase. Martínez Campos no esperó.

El pronunciamiento triunfó sin apenas resistencia. El 14 de enero de 1875, Alfonso desembarcaba en el puerto de Barcelona, y pocos días después entraba en Madrid entre vítores, con diecisiete años, una guerra civil abierta en el norte y un país partido en dos.

Cánovas tenía un plan que no se parecía al de sus antecesores. En vez de gobernar contra la mitad de España, se propuso construir un sistema en el que dos partidos, el Conservador que él dirigía y el Liberal que encabezaba Sagasta, se alternaran en el Gobierno por turno pactado, sin necesidad de pronunciamientos ni de elecciones verdaderamente libres. La pieza central de aquel mecanismo era el propio rey: un monarca que reinara sin gobernar, pero que estuviera dispuesto a llamar al poder a quien le tocara el turno. Alfonso aceptó el papel. A regañadientes unas veces, pero lo aceptó.

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rey Alfonso XII

Capítulo III: La guerra que acabó en Estella

Quedaba por resolver la guerra. La Tercera Guerra Carlista había comenzado en 1872, dos años antes de Sagunto, y el pretendiente Carlos María de los Dolores de Borbón y Austria-Este, que se hacía llamar Carlos VII, controlaba buena parte de Navarra, del País Vasco, del Maestrazgo y del interior de Cataluña. Tenía su corte en Estella, acuñaba moneda propia, cobraba impuestos y administraba justicia como si fuera un Estado.

El desenlace llegó en febrero de 1876. El día 19, las tropas de la Restauración entraban en Estella. Días después, el pretendiente cruzaba la frontera francesa por el Pirineo navarro, y el rey entraba en Pamplona. De vuelta a Madrid, Alfonso se encontró con un apodo que le acompañaría el resto de su vida: «el Pacificador».

Aprovechando el triunfo militar, las Cortes aprobaron la Constitución de 1876, que iba a estar vigente casi medio siglo, y semanas después una ley, la de 21 de julio de 1876, puso fin al régimen foral de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Las tres provincias dejaron de tener un sistema propio de gobierno y pasaron a contribuir al Estado mediante cupos y contingentes. Fue el precio de haber apoyado al pretendiente, y tardó décadas en digerirse.

Capítulo IV: Dos bodas, dos balas y una isla

El 10 de febrero de 1878, en Cuba, el general Martínez Campos y los insurrectos firmaban el Convenio de Zanjón, que ponía fin a la Guerra de los Diez Años. La paz no resolvió nada de fondo, pero dejó a la isla tranquila durante casi dos décadas.

Dos semanas antes de aquella firma, el 23 de enero de 1878, el rey se había casado en Madrid con su prima María de las Mercedes de Orleans y Borbón, hija del duque de Montpensier y de la infanta Luisa Fernanda. La boda fue un acontecimiento popular y el matrimonio duró cinco meses. El 26 de junio de 1878, María de las Mercedes moría de tifus con dieciocho años, y el rey se quedaba viudo, sin hijos y con la obligación dinástica de volver a casarse.

Mientras se negociaba un segundo enlace, alguien intentó matarlo. El 25 de octubre de 1878, un tonelero catalán llamado Juan Oliva Moncasi disparó contra el rey a la altura de la calle Mayor, en Madrid, y falló. Fue detenido, juzgado y ejecutado a garrote. Poco más de un año después, el 30 de diciembre de 1879, un repostero gallego, Francisco Otero, volvía a dispararle y volvía a fallar.

El 29 de noviembre de 1879, Alfonso XII se casaba en la basílica de Atocha con la archiduquesa María Cristina de Habsburgo-Lorena, una prima austriaca seria y disciplinada que llegó a Madrid sin saber español. Del matrimonio nacieron dos infantas, María de las Mercedes en 1880 y María Teresa en 1882. Fuera del palacio, el rey mantuvo una relación con la cantante de ópera Elena Sanz, de la que nacieron dos hijos. Nadie imaginaba entonces que la corona iba a depender de un tercer parto.

rey Alfonso XII

Capítulo V: El rey del turno

Alfonso XII reinó con un manual de instrucciones que no había escrito él. El turno funcionó: en 1881 le llegó el relevo a Sagasta y el rey llamó al poder a los liberales sin que mediara una sola amenaza de pronunciamiento. Por primera vez en mucho tiempo, un cambio de Gobierno en España no venía precedido de un cañonazo. En 1884 el turno volvió a Canovas del Castillo y a su partido, sin sobresaltos.

El sistema tenía un precio, y el precio se pagaba en los pueblos. El turno se garantizaba mediante el encasillado, la lista de candidatos pactada desde el Ministerio de la Gobernación antes de cada convocatoria, y mediante una red de caciques que administraban el voto a cambio de empleos, obras públicas y favores menudos. Las elecciones de la Restauración no eran falsas en el recuento: eran falsas antes de empezar. Durante todo el reinado de Alfonso XII el sufragio siguió siendo censitario; la ley que implantó el sufragio universal masculino llegó en 1890, cuando el rey llevaba cinco años enterrado.

El monarca no fue un convidado de piedra. Intervino en la política más de lo que el guion constitucional permitía, discutió con Cánovas sobre a quién correspondía decidir y no siempre aceptó de buena gana las decisiones de sus ministros. A cambio, cumplió con la parte más vistosa del oficio. En la Nochebuena de 1884, un terremoto arrasó varios pueblos de las provincias de Granada y Málaga; el rey viajó a la zona en enero, recorrió las ruinas y se quedó entre los damnificados. En el verano de 1885, con el cólera extendiéndose por el país, visitó las poblaciones afectadas, entre ellas Aranjuez, contra el criterio de sus médicos.

rey Alfonso XII

Capítulo VI: Tres días antes de los veintiocho

El rey llevaba meses enfermo. Los médicos hablaban de tuberculosis, la tisis que recorría Europa en la segunda mitad del siglo XIX y que entonces era una condena sin recurso. La enfermedad avanzó durante el otoño de 1885 y el monarca se instaló en el Palacio de El Pardo, a once kilómetros de Madrid.

El 24 de noviembre de 1885, cuando ya estaba claro que el rey no llegaría a fin de año, Cánovas y Sagasta cerraron un acuerdo: aceptarían la regencia de María Cristina y se turnarían en el poder sin sobresaltos, para desactivar cualquier intento de aprovechar la minoría de edad del futuro heredero. Aquel pacto, conocido después como Pacto de El Pardo, sostuvo el sistema durante casi cuarenta años.

Alfonso XII murió la mañana del 25 de noviembre de 1885, tres días antes de cumplir veintiocho años. Había reinado poco menos de once.

Cinco meses y medio más tarde, el 17 de mayo de 1886, la reina viuda daba a luz a un niño, Alfonso XIII, que fue rey desde el mismo día de su nacimiento y que reinó bajo la regencia de su madre hasta 1902.

Alfonso XII no fundó nada. Firmó un manifiesto que le escribió otro, aprobó una Constitución que diseñaron otros y prestó su cara a un sistema que se sostenía con pucherazos. Pero cuando murió en El Pardo, tres días antes de cumplir los veintiocho, España llevaba casi una década sin que un Gobierno llegara al poder a cañonazos. Es un mérito modesto, y resulta que fue el único que nadie le discutió.