El recién nacido lloró por primera vez en el Palacio Real de Madrid y, sin saberlo, ya reinaba. Aquel 17 de mayo de 1886 hacía menos de seis meses que su padre, Alfonso XII, había muerto de tuberculosis en el palacio de El Pardo, dejando la corona española pendiendo de un embarazo. La viuda, María Cristina de Habsburgo-Lorena, había asumido la regencia con la esperanza de que el hijo que llevaba dentro fuera varón. Lo fue. El niño no heredó el trono: lo tenía puesto desde el primer llanto. Conservó el título cuarenta y cinco años, hasta el 14 de abril de 1931, cuando salió de Madrid camino de la costa para no volver jamás.
Capítulo I: El rey que aprendió a leer siendo jefe de Estado
La regencia de María Cristina duró dieciséis años, exactamente los que el niño tardó en alcanzar la mayoría de edad constitucional. Fueron años de apariencia tranquila y de fondo quebradizo. El turno de partidos que Antonio Cánovas del Castillo había diseñado y que Práxedes Mateo Sagasta aceptó como regla funcionaba con precisión de relojería, aunque el reloj lo trucaran los caciques de cada provincia. La política se decidía en Madrid y se fabricaba en los pueblos.
Cánovas no llegó a ver reinar a su pupilo. El 8 de agosto de 1897, el anarquista italiano Michele Angiolillo lo mató a tiros en el balneario de Santa Águeda, en Guipúzcoa. Un año más tarde, el 10 de diciembre de 1898, España firmaba en París el tratado que cerraba la guerra con Estados Unidos y certificaba la pérdida de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas. Alfonso XIII tenía doce años y ya no era un niño con juguetes: era el rey de un país que se había quedado sin imperio mientras él aprendía las capitales de provincia.
Capítulo II: La jura, la boda y la bomba
El 17 de mayo de 1902, el día en que cumplía dieciséis años, Alfonso XIII juró la Constitución ante las Cortes. Terminaba la regencia y empezaba un reinado personal que iba a ser cualquier cosa menos decorativo. El joven rey no se conformó con firmar lo que le pusieran delante: eligió y destituyó presidentes del Consejo, disolvió Cortes, convocó elecciones y arbitró entre las facciones de su propio partido. La Restauración le había reservado el papel de árbitro; él lo interpretó como el de jugador.
La primera prueba de fuego llegó con la boda. El 31 de mayo de 1906 se casó con Victoria Eugenia de Battenberg en la iglesia de San Jerónimo el Real, y el cortejo que regresaba al Palacio Real por la calle Mayor se convirtió en el escenario del atentado más sangriento de su biografía. El anarquista Mateu Morral arrojó desde un balcón un ramo de flores que escondía una bomba. Los recuentos de la época hablan de una veintena larga de muertos y de un centenar de heridos. La nueva reina salió ilesa; la hemofilia que había heredado por la línea de la reina Victoria del Reino Unido sí entró en palacio, y acabaría marcando la vida de dos de sus hijos varones.

Capítulo III: Barcelona en llamas y un rey que rescataba prisioneros
En julio de 1909, el embarque de reservistas con destino a Melilla encendió Barcelona. La protesta contra la guerra de Marruecos derivó en la Semana Trágica: barricadas, incendios de conventos y una represión que el gobierno de Antonio Maura aplicó con mano dura. En el trasfondo estaba el desastre del Barranco del Lobo, el 27 de julio de 1909, y en el balance final, la ejecución de Francesc Ferrer i Guàrdia en Montjuïc el 13 de octubre de aquel mismo año, un ajusticiamiento que dio la vuelta a Europa y que le costó el gobierno a Maura.
Tres años después, el 12 de noviembre de 1912, un pistolero anarquista llamado Manuel Pardiñas mató de un disparo a José Canalejas mientras este miraba el escaparate de una librería en el centro de Madrid. Canalejas era el político que había intentado modernizar el Estado y limitar el peso de las órdenes religiosas; su muerte dejó al rey sin el hombre más sólido de su generación.
Luego llegó la Gran Guerra. España se declaró neutral, y Alfonso XIII convirtió esa neutralidad en una herramienta humanitaria: desde el Palacio Real, la Oficina Pro Cautivos que él mismo impulsó en 1914 tramitó miles de peticiones de familias de los dos bandos y logró localizar, canjear o liberar a prisioneros de guerra. Fue el episodio que más prestigio internacional le dio, aunque no bastó para tapar otra realidad: mientras el rey rescataba prisioneros europeos, los soldados españoles seguían muriendo en el Rif.
El año 1917 puso al régimen contra las cuerdas. En junio, las Juntas de Defensa, organizadas por oficiales de Infantería, desafiaron al gobierno; en julio, la Asamblea de Parlamentarios reunida en Barcelona planteó una reforma constitucional al margen de las Cortes; en agosto, la huelga general convocada por UGT y CNT paralizó el país y fue aplastada por el ejército. La monarquía sobrevivió, pero con la sensación de haber salvado la partida por la campana. Al año siguiente, la gripe que medio mundo llamó «gripe española», bautizada así porque la prensa de un país neutral informaba de ella sin censura, enfermó al propio rey.
En 1920 concedió al Madrid Football Club el título de «Real», y el equipo pasó a llamarse Real Madrid. Fue uno de los gestos más populares de un monarca aficionado a los toros, a los automóviles y al deporte, y también una forma discreta de estar presente en la vida cotidiana de sus súbditos.

Capítulo IV: Annual y el general que se quedó con el poder
El 22 de julio de 1921, el ejército español destacado en el Rif se desmoronó en cuestión de horas. La posición de Annual, mandada por el general Manuel Fernández Silvestre, cayó ante las fuerzas de Abd el-Krim y la retirada se convirtió en una matanza. Las estimaciones más repetidas por los historiadores hablan de varios miles de muertos españoles, con cifras que llegan a los diez mil. Silvestre apareció muerto entre los restos de la posición. Alfonso XIII, que había alentado la ocupación del territorio y que mantenía correspondencia directa con el general, quedó salpicado por el desastre.
La respuesta oficial fue el Expediente Picasso, la investigación que el general Juan Picasso llevó a cabo en 1922 y cuyo informe, presentado a la Comisión de Responsabilidades del Congreso, dejó al descubierto la improvisación, la falta de medios y las responsabilidades de toda la cadena de mando. El documento no llegó a debatirse a fondo: las Cortes se disolvieron antes.
El 13 de septiembre de 1923, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, se pronunció en Barcelona. Alfonso XIII no resistió el golpe: lo llamó a formar gobierno. Empezaba una dictadura de más de seis años, con el rey firmando los decretos y el general decidiendo la política. Fue el error que la República le cobraría después con una ley.
Capítulo V: El derrumbe y la mañana del 14 de abril
La dictadura se apagó sola. El 28 de enero de 1930, Primo de Rivera presentó su dimisión al rey y se marchó a París, donde murió el 16 de marzo de aquel año. Le sustituyeron primero el general Dámaso Berenguer y luego el almirante Juan Bautista Aznar, pero el régimen ya no tenía tiempo. El 12 de abril de 1931, las elecciones municipales dieron la victoria a las candidaturas republicanas en las grandes ciudades. Dos días después, el 14 de abril, la República se proclamó en las calles y Alfonso XIII abandonó Madrid en dirección al Mediterráneo.
Antes de marcharse dejó un manifiesto que la prensa publicó en los días siguientes. En él reconocía en voz alta lo que las urnas acababan de decirle:
«Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo.»
El texto incluía una precisión que el rey no quiso dejar en el aire: no abdicaba. Se limitaba a suspender el ejercicio del poder real y conservaba íntegros sus derechos. Aquella distinción, que entonces sonaba a tecnicismo jurídico, sería la clave de todo lo que vino después.
El 26 de noviembre de 1931, las Cortes Constituyentes aprobaron una ley que declaraba a Alfonso XIII culpable de alta traición y le retiraba sus títulos y honores. Para entonces el rey ya se había instalado en Francia.

Capítulo VI: Roma, 1941
El exilio no fue una retirada silenciosa. Alfonso XIII vivió en Francia y más tarde en Italia, desde donde siguió alimentando la esperanza de una restauración. Su familia se fue rompiendo por el camino: su hijo Gonzalo, hemofílico como su hermano mayor, murió en 1934 tras un accidente de automóvil, y el príncipe de Asturias, Alfonso, que había renunciado a sus derechos en 1933 para casarse con Edelmira Sampedro, murió en Miami en 1938. Cuando estalló la Guerra Civil, su hijo Juan se alineó con el bando sublevado, y el futuro de la dinastía quedó colgado de él.
El 15 de enero de 1941, seis semanas antes de morir, Alfonso XIII renunció a sus derechos dinásticos en favor de Juan, conde de Barcelona. Lo hizo en Roma, en una ceremonia discreta, consciente de que su salud ya no aguantaba más. Murió el 28 de febrero de 1941, a los cincuenta y cuatro años, en la ciudad donde había pasado sus últimos años y donde permanecería enterrado casi cuatro décadas.
En 1980, casi cuarenta años después de su muerte, sus restos fueron trasladados desde Roma hasta el Monasterio de El Escorial y sepultados en el Panteón de Reyes, a pocos metros de los de su padre, al que nunca llegó a conocer.
El niño que nació reinando en el Palacio Real murió en Roma con España gobernada por un dictador y el trono vacío. No recuperó la corona ni volvió a pisar el país. La recobraría su nieto Juan Carlos, proclamado rey en 1975, treinta y cuatro años después. Entre la cuna y aquella habitación romana caben cuarenta y cinco años de reinado, una dictadura avalada con su firma, una república que lo llamó traidor y dos hijos enterrados antes que él.

