La cumbre europea del presupuesto arranca este jueves en Bruselas con los Veintisiete divididos entre el recorte y más gasto. Los jefes de Estado y de Gobierno abren hoy y mañana un debate sobre las cuentas comunitarias que, en la práctica, marca el inicio de la negociación del próximo marco financiero.
Alemania aprieta y el sur aguanta: la fractura que define la cumbre
El orden del día no incluye cifras cerradas. Es una primera orientación política y, por eso mismo, funciona como termómetro del pulso interno. El asunto de fondo es el Marco Financiero Plurianual (el marco que fija cuánto gasta la UE y en qué durante siete años, y que necesita unanimidad de los Veintisiete para salir adelante). La cita la convoca el Consejo Europeo, la reunión de los jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete.
Alemania encabeza el bloque de los frugales, los contribuyentes netos que quieren contener el gasto total. El canciller Friedrich Merz sitúa la prioridad en la defensa europea y en la competitividad del sector industrial, con el argumento de que la guerra en Ucrania no admite más dilaciones ni repartos difusos. Junto a Berlín se alinean Países Bajos, Austria, Dinamarca y Suecia, el grupo que ya forzó recortes en el fondo de recuperación de 2020.
Enfrente, los países de cohesión insisten en mantener un presupuesto ambicioso. Es el bloque del sur y del este —España, Polonia, Portugal, Grecia e Italia—, que recibe buena parte de los fondos de cohesión (las ayudas que financian infraestructuras y convergencia en las regiones menos desarrolladas) y de la Política Agrícola Común. Un tijeretazo al total se traduce, en la práctica, en menos dinero para agricultores y regiones.
París quiere jugar el papel de país bisagra. Macron insiste en seguir financiando las políticas tradicionales de la Unión, con una partida significativa para la PAC y para los fondos que reducen las desigualdades entre regiones. Y sostiene que la UE debe dotarse de recursos propios, la vía que defiende para imponer una tasa a los grandes gigantes tecnológicos.
La geometría de esta cumbre incomoda a todos. Berlín no quiere cerrar la puerta a la defensa, pero tampoco firmar un cheque en blanco. Los países de cohesión no aceptan que el gasto militar sea el argumento para recortar lo demás. Y Francia necesita a ambos bandos para sostener una financiación propia que exige unanimidad y ratificación posterior en los parlamentos nacionales. El calendario aprieta: el marco vigente expira a finales de 2027 y la negociación de verdad, la que reparte miles de millones por sector y por país, no ha hecho más que empezar.
La batalla del presupuesto europeo no se libra en las cifras, sino en las reglas: quién reparte y quién puede bloquear.
La tasa a las tecnológicas y la energía: las palancas que nadie suelta

El debate sobre los recursos propios —ingresos que entran directamente en las arcas comunitarias sin pasar por los presupuestos nacionales— es el más delicado de la jornada. La tasa a las grandes tecnológicas que defiende Macron choca con la resistencia de los frugales y con el temor a represalias comerciales desde Washington. Varios Estados miembros, España entre ellos, ya aplican figuras nacionales sobre los servicios digitales mientras esperan una solución común que nunca termina de llegar.
Para España la cumbre tiene lectura doble. Como beneficiaria neta del marco actual, Moncloa defiende sin matices la cohesión y la PAC, dos partidas que sostienen a buena parte del campo y de las comunidades autónomas. Y como economía interesada en un mercado digital sin ventajas fiscales para los gigantes estadounidenses, respalda la idea de una tasa comunitaria siempre que no sustituya los márgenes nacionales ya conquistados.
La energía entra en la ecuación por la puerta de la competitividad. Sin precios eléctricos homologables con los de Estados Unidos o Asia, ningún plan de reindustrialización cuadra. Ahí España juega con una baza propia: lleva años reclamando más interconexiones eléctricas con Francia por los Pirineos, un cuello de botella que limita su capacidad de exportar electricidad barata al resto del continente.
El Eje del Poder Europeo
El eje franco-alemán llega a Bruselas sin motor común. Berlín y París comparten el diagnóstico y discrepan en la factura. Alemania quiere que el dinero vaya a defensa e industria; Francia quiere que siga habiendo caja para la PAC y la cohesión, y añade una fuente de ingresos que Berlín mira con desconfianza. Los frugales del norte se colocan detrás de Alemania, con un matiz relevante: prefieren recortes a nuevos impuestos europeos. Los países de cohesión, con España y Polonia a la cabeza, forman el bloque más numeroso, y también el más heterogéneo. Visegrado observa de reojo, porque todo lo que suene a condicionalidad por Estado de Derecho vuelve a estar sobre la mesa.
El precedente más cercano es la negociación de 2020, cuando los frugales —entonces cuatro, con Países Bajos al frente— condicionaron el fondo de recuperación y forzaron un reparto final más austero del que habían pedido Madrid y Roma. Aquella batalla terminó con un Next Generation cuya ejecución acumula retrasos en varios Estados miembros y con un agujero permanente en las cuentas comunitarias por la salida del Reino Unido. Nadie quiere repetir ese pulso, pero todos lo tienen presente. Es la misma lógica que en la crisis de 2010-2012, cuando la austeridad se impuso como marco mental antes de discutirse como política.
La lectura a cinco años es sencilla de enunciar y difícil de digerir. Si Berlín impone la contención, la UE tendrá más política industrial y de defensa, pero menos redistribución entre territorios. Si gana el bloque de la cohesión, el presupuesto seguirá siendo ambicioso a costa de un pulso anual con los contribuyentes netos. En medio, España necesita las dos cosas: fondos que lleguen y reglas que no la obliguen a elegir entre sus agricultores y su industria. Los líderes intentarán cerrar mañana unas conclusiones que hoy nadie parece dispuesto a firmar con cifras dentro.

