Ataque hutí con misil al palacio presidencial de Adén: cinco muertos y el Mar Rojo en alerta

El gobierno yemení eleva el balance a cinco muertos y 16 heridos, mientras los hutíes aseguran haber abatido a oficiales saudíes. El ataque llega tras la ofensiva hutí de septiembre en la costa occidental, que ya alcanzó el estrecho de Bab-el-Mandeb.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Al menos cinco misiles hutíes han impactado este jueves en el palacio presidencial de Al-Maashiq, en Adén, sede del gobierno yemení reconocido internacionalmente.
  • ¿Quién está detrás? El movimiento Ansar Allah, que dice haber golpeado un centro de operaciones militares saudí y un depósito de armas. El gobierno de Adén admite cinco muertos y al menos 16 heridos.
  • ¿Qué impacto tiene? Confirma la vuelta a la guerra total en Yemen y sitúa otra vez el estrecho de Bab-el-Mandeb, paso de en torno al 12% del comercio marítimo mundial, en zona de riesgo.

Los hutíes han lanzado este jueves un ataque con misiles contra el palacio presidencial de Adén, un golpe directo contra la sede del gobierno yemení reconocido internacionalmente. Al menos cinco proyectiles han impactado en el complejo de Al-Maashiq y el balance oficial habla ya de cinco muertos y más de una decena de heridos.

El ataque hutí contra Adén no parece un disparo aislado. Según los vídeos que circulan por redes sociales, una columna de humo negro y una gran nube de polvo se elevaron sobre el recinto tras las explosiones. El impacto se produjo el jueves 15 de octubre, en plena jornada de trabajo del gabinete yemení.

El movimiento Ansar Allah, denominación oficial de los hutíes, sostiene que el complejo albergaba un cuartel general de operaciones militares dirigido por oficiales saudíes y que funcionaba además como depósito de armas. El portavoz militar del grupo, Yahya Saree, lo ha dejado claro en un comunicado: ‘El ataque contra el cuartel general de operaciones militares del enemigo saudí en Adén se enmarca en la política ya anunciada: golpear las concentraciones militares saudíes allí donde se encuentren’. Según esa misma versión, en el lugar se produjeron ‘múltiples bajas’.

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La lectura del gobierno yemení es muy distinta. El ministro de Información, Moammar al-Eryani, ha confirmado que el primer ministro y varios miembros del gabinete se encontraban en el recinto en el momento del impacto, aunque salieron ilesos. La cifra inicial de dos fallecidos entre los guardias de seguridad se revisó horas después al alza.

El balance reconocido por las autoridades de Adén es de cinco muertos y al menos 16 heridos. Los hutíes, en cambio, hablan de varios oficiales saudíes y mercenarios abatidos. Dos relatos para un mismo cráter. La cuenta no cuadra, y eso también forma parte del campo de batalla.

El palacio presidencial de Adén no es una sede simbólica: es el último anclaje del gobierno que sostiene Riad, y su alcance desborda las fronteras de Yemen.

Por qué este ataque cambia la guerra de Yemen

Yemen arrastra una guerra civil desde 2014, cuando los hutíes tomaron Saná y forzaron la huida del gobierno. La intervención militar liderada por Arabia Saudí llegó en marzo de 2015 para frenar lo que entonces parecía una toma de control inminente. El frente se congeló en parte con la tregua negociada por Naciones Unidas en 2022, pero esa pausa se ha roto.

Septiembre fue el mes que lo cambió todo. Ansar Allah infligió una derrota severa a las fuerzas prosaudíes en la costa occidental del país y alcanzó posiciones junto al estrecho de Bab-el-Mandeb, la puerta sur del mar Rojo. Desde entonces, el equilibrio de fuerzas en el sur se ha inclinado de forma visible.

El combate más intenso se libra ahora en Taiz, la tercera ciudad del país y controlada por el gobierno con sede en Adén. Las fuerzas hutíes han cortado los accesos y reportan avances diarios que estrechan el cerco. No es un frente secundario: si Taiz cae, el sur pierde su principal bastión terrestre y el ejecutivo de Adén queda reducido a la franja costera.

El cerco se cierra.

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El mar Rojo, la arteria que no admite otro cierre

Yemen importa poco en el mapa. Su posición, en cambio, pesa muchísimo. El estrecho de Bab-el-Mandeb, entre Yemen y Yibuti, da paso a en torno al 12% del comercio marítimo mundial y a buena parte del tráfico de contenedores entre Asia y Europa. Cualquier amenaza estable sobre esa boca obliga a las navieras a elegir entre pagar primas de riesgo o desviar buques por el cabo de Buena Esperanza, con dos semanas adicionales de travesía.

Ya ocurrió entre 2023 y 2024, cuando los ataques hutíes contra buques mercantes hundieron el tráfico del canal de Suez alrededor de un 50% y dispararon los fletes. La respuesta occidental se articuló en dos misiones paralelas: la Operación Prosperity Guardian, liderada por Estados Unidos, y la Operación Aspides, de la Unión Europea. Ambas siguen activas, con medios navales europeos patrullando en un entorno cada vez más disputado.

Riad tampoco es un actor pasivo. Los hutíes han golpeado instalaciones petrolíferas e infraestructuras aeroportuarias saudíes y han advertido a las aerolíneas de que operar en el reino conlleva riesgo. Arabia Saudí responde con bombardeos aéreos, y ambos bandos se acusan de atacar objetivos civiles. El precedente de 2019, cuando una andanada de drones y misiles inutilizó temporalmente la refinería de Abqaiq y recortó a la mitad la producción petrolera saudí en un solo golpe, sigue vivo en la memoria de los mercados.

Nadie quiere repetir aquello.

Equilibrio de Poder

Washington observa el ataque hutí con una ecuación incómoda. La administración Trump ha desplazado el foco hacia el Indo-Pacífico y hacia un pulso con Irán que no admite distracciones, mientras intenta sostener a sus socios del Golfo sin reabrir un frente terrestre en Yemen. El patrocinio iraní de Ansar Allah —documentado por el seguimiento del ISW y por los servicios de inteligencia occidentales— incluye componentes, formación y cobertura política. Moscú, por su parte, mantiene canales abiertos con Teherán y con los propios hutíes, y usa cada crisis del mar Rojo como palanca para erosionar la posición occidental sin coste directo.

Bruselas asiste a todo esto con una herramienta limitada. La Operación Aspides es defensiva por mandato y no puede golpear en tierra, de modo que su capacidad de disuasión es tan estrecha como sus reglas de enfrentamiento. Para España, el cálculo es concreto: el mar Rojo es la ruta natural de una parte relevante de las exportaciones hacia Asia y de las importaciones energéticas, y su cierre prolongado encarecería el combustible, los seguros, y los fletes que pagan las empresas españolas, con impacto directo en los puertos de Algeciras, Valencia y Barcelona, que canalizan el transbordo entre Asia y Europa.

Hay además un efecto de segundo orden que afecta al flanco sur. La inestabilidad prolongada en el mar Rojo y en el Cuerno de África presiona las rutas migratorias hacia el Mediterráneo central y refuerza el peso de los actores del Golfo —Emiratos, Arabia Saudí— en el Sahel, donde España tiene intereses de seguridad y energía. Cada crisis en Bab-el-Mandeb se traduce, a medio plazo, en más presión sobre el Estrecho de Gibraltar y sobre la frontera sur. Yemen ha dejado de ser un conflicto periférico para convertirse en el eslabón que conecta el frente iraní con el Mediterráneo.

El riesgo inmediato es una escalada en dos direcciones. Por un lado, una represalia saudí de mayor alcance contra Saná o contra la costa occidental puede arrastrar de nuevo a las navieras a paralizar rutas. Por otro, un golpe hutí con daños masivos en un buque o en una instalación energética forzaría a Washington a elegir entre responder —y abrir el frente que quería evitar— o encajar el golpe con coste de credibilidad.

La próxima ventana crítica está en el calendario diplomático. El enviado especial de Naciones Unidas para Yemen tiene previsto volver al Consejo de Seguridad en las próximas semanas para actualizar su mandato, y ese informe fijará el tono de las capitales. Hasta entonces, Adén cuenta sus muertos, Taiz resiste el cerco y el mar Rojo sigue siendo esa línea roja que nadie se atreve a declarar como tal.