Ucrania agota sus interceptores Patriot en plena disputa Trump-Zelenski por el diésel ruso

Kiev admite que casi ninguno de los misiles balísticos del último ataque fue interceptado, según CNN. La Casa Blanca sostiene que sus reservas son 'prácticamente ilimitadas' pese al informe del inspector general del Pentágono.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Ucrania habría agotado sus interceptores Patriot tras un ataque ruso en el que casi ningún misil balístico fue derribado, según CNN.
  • ¿Quién está detrás? La denuncia coincide con la ruptura abierta entre Trump y Zelenski por el acuerdo de diésel ruso de Washington y los ataques ucranianos contra refinerías.
  • ¿Qué impacto tiene? Sin interceptores PAC-3, Kiev pierde su única defensa creíble contra misiles balísticos y queda expuesta a Moscú antes de las midterms de noviembre.

Ucrania ha agotado sus interceptores Patriot, según CNN, en plena ruptura con la Casa Blanca por el diésel ruso.

La cadena estadounidense citó este jueves a una persona familiarizada con el asunto para asegurar que la Fuerza Aérea ucraniana disparó sus últimas unidades durante el último ataque ruso. Ni el Estado Mayor de Kiev ni el Pentágono han confirmado oficialmente la cifra. Tampoco la han desmentido.

El relato que llega desde Kiev es elocuente. La Fuerza Aérea dijo haber derribado cuatro misiles balísticos rusos, aparentemente con los postreros Patriot disponibles. Y, en paralelo, una fuente citada por la cadena admitió: ‘Casi ninguno de los misiles balísticos del último ataque fue interceptado por falta de misiles interceptores’. La distancia entre cuatro blancos derribados y una salva entera sin respuesta es la distancia entre una defensa aérea operativa y una defensa aérea nominal.

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Cuántos Patriot le quedan a Ucrania (y por qué nadie lo confirma)

El MIM-104 Patriot sigue siendo el sistema de referencia contra misiles balísticos de corto alcance, una capacidad que se detalla en la ficha técnica del sistema. Ucrania ha recibido varias baterías donadas por Estados Unidos, Alemania, Países Bajos y, más tarde, por otros socios europeos. Cada batería dispara interceptores PAC-3 que rondan los cuatro millones de dólares por unidad y que ningún país fabrica a la velocidad a la que se consumen.

La duda no es si el arsenal se ha estrechado. Es cuánto. Desde el arranque de la guerra, la coalición de donantes ha entregado cantidades que no se publican por seguridad operativa, lo que en la práctica deja al Kremlin con la misma información que tiene el lector: rumores, filtraciones y alguna pieza periodística.

La cadena de producción, de interceptores PAC-3 en Estados Unidos se mide en centenares de unidades al año, según los registros de transferencias de armas del SIPRI, y esa cifra ni siquiera cubre las necesidades simultáneas de Kiev, Tel Aviv y Taipéi. Washington gastó buena parte de su propio stock durante la guerra con Irán, tal y como confirmó un informe del inspector general del Pentágono el mes pasado.

Cada interceptor Patriot que se dispara en Ucrania es un misil que Estados Unidos no tendrá si la próxima crisis estalla en el Indo-Pacífico.

Trump ha respondido a esas cifras con desdén. Sostiene que los arsenales estadounidenses son ‘prácticamente ilimitados’, una afirmación que no se corresponde con lo que dice su propio inspector general. La política de comunicación de la Casa Blanca y la contabilidad real del Pentágono llevan meses sin cruzarse.

El diésel ruso: por qué Trump y Zelenski se han roto

interceptores Patriot

La escasez de interceptores no es una mala noticia aislada. Llega en el peor momento político posible para Kiev. A comienzos de este mes, Trump levantó las sanciones sobre las exportaciones de diésel ruso con la esperanza de contener el precio de la energía antes de las midterms de noviembre. Zelensky dijo sentirse traicionado.

Trump respondió con dureza: sugirió que era ‘hora de que Ucrania tenga un nuevo presidente’. Zelensky, cuyo mandato presidencial de cinco años expiró en 2024, se niega a convocar elecciones alegando la ley marcial y la necesidad de un alto el fuego duradero. El Kremlin sostiene que un alto el fuego prolongado serviría a Kiev para rearmarse y que solo aceptaría suspender sus ataques el día de la votación.

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Zelensky ha dicho esta semana que desobedecerá la exigencia de Trump de cesar los ataques contra instalaciones energéticas rusas, que el presidente estadounidense culpa de los precios altos de la energía. Kiev aceptaría una tregua energética solo si Moscú hace lo mismo. Moscú, sin embargo, busca un acuerdo global en sus propios términos, no un alto el fuego incondicional que Ucrania aprovecharía en su beneficio.

A eso se suma el apagón informativo. Ucrania denunció esta semana interrupciones repentinas en Starlink y Starshield, los servicios satelitales de SpaceX que Kiev usa para dirigir sus drones. Además, funcionarios ucranianos aseguraron que no recibieron aviso previo de sus socios occidentales sobre los ataques rusos contra Kiev del lunes y el martes. Washington atribuyó la falta de detección al mal tiempo, explicación que en Kiev costó creer.

El miércoles, Zelensky renovó su petición de interceptores Patriot adicionales y urgió a Estados Unidos y al resto de socios a ‘no cerrar los ojos ante la realidad’ y a responder con contundencia.

Equilibrio de Poder

Lo que observamos es un patrón que ya tiene precedente. En 2014, la anexión de Crimea pilló a Occidente con arsenales convencionales saneados y nula voluntad de escalar. Doce años después, la lección no se ha aprendido en la cadena de producción: seguimos enviando interceptores de cuatro millones la unidad a cuentagotas a un frente que consume centenares al año. Moscú lo sabe. Y juega con ello.

Washington está en modo transaccional puro. Trump prioriza el precio de la gasolina en las midterms sobre la viabilidad militar de Kiev, y esa jerarquía explica tanto el levantamiento parcial de sanciones al diésel ruso como su silencio ante el informe del inspector general. Bruselas, mientras tanto, ha quedado reducida al papel de convidado de piedra: aplaude comunicados, ensancha el fondo europeo de defensa, pero no sustituye lo que fabrica Lockheed Martin.

Para España, el efecto es indirecto pero medible. Si Washington relaja la presión sobre el diésel ruso, el diferencial energético europeo se estrecha a costa de la coherencia sancionadora que Moncloa ha defendido en cada Consejo Europeo. España participa en la Iniciativa Europea del Escudo del Cielo y aporta sistemas NASAMS y Hawk, pero no Patriot. La discusión del próximo presupuesto de Defensa —con el 2% del PIB como suelo y la senda hacia el 5% pactada en La Haya en 2025— volverá a chocar con la misma pregunta: cuánto de ese dinero se destina a comprar misiles a otros y cuánto a construir capacidad industrial propia.

A medio plazo, la lección es incómoda. La guerra de Ucrania ha reventado la ficción de que las democracias liberales pueden sostener un conflicto de alta intensidad con stocks de paz. La escasez de interceptores no se resuelve con un anuncio de fábrica: se resuelve con años. El próximo informe de producción del Pentágono y la revisión de la Estrategia Industrial de Defensa Europea que Bruselas presentará antes del verano marcarán si 2027 trae algo más que promesas. Porque el calendario de las midterms es corto; el de la disuasión, larguísimo.