Vasco Núñez de Balboa, el extremeño que divisó el Mar del Sur en 1513

El hidalgo extremeño cruzó el istmo de Panamá al frente de 190 hombres y divisó el Mar del Sur en septiembre de 1513. Seis años después, su suegro Pedrarias Dávila lo hizo decapitar en Acla.

Balboa hizo detener la columna al pie de la loma. Dejó abajo a los suyos —los españoles, los guías indígenas, los porteadores, los perros— y subió solo. Quería llegar él primero. Cuando alcanzó la cima y apartó las ramas de un manotazo, delante tenía una sábana de agua que ningún europeo había visto. Era la mañana del 25 de septiembre de 1513.

El hombre que contemplaba aquello desde la altura se llamaba Vasco Núñez de Balboa y llevaba tres años jugándose la vida en el istmo de Panamá. Había llegado al Darién huyendo de sus acreedores, como polizón en un barco que no era el suyo, y en ese tiempo se había convertido en la persona más temida y más necesaria de la colonia. Al mar que tenía delante le puso un nombre de urgencia: Mar del Sur.

Capítulo I: El polizón que debía dinero

Había nacido en Jerez de los Caballeros, en Extremadura, hacia 1475, en el seno de una familia de hidalgos con más escudo que renta. Como tantos segundones sin herencia, buscó fortuna al otro lado del Atlántico. Primero se enroló en la expedición de Rodrigo de Bastidas, que entre 1501 y 1502 recorrió la costa de Tierra Firme, desde el golfo de Venezuela hasta el golfo de Urabá, aquel pedazo de litoral que después se llamaría América Central.

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De aquel viaje le quedaron dos cosas: un conocimiento de la costa que luego le salvaría la vida y una reputación de hombre que sabía dónde pisaba. Se instaló en La Española, la isla que hoy comparten Haití y la República Dominicana, como colono y tratante. Le fue mal. Se endeudó, se le acabó el crédito y, hacia 1510, con los acreedores pisándole los talones, tomó la decisión que le cambió la vida: se escondió en un barco.

La nave era la de Martín Fernández de Enciso, que zarpaba hacia San Sebastián de Urabá para socorrer el asentamiento que había levantado Alonso de Ojeda. Balboa se metió a bordo de polizón. La tradición, recogida por los cronistas de Indias, cuenta que viajó oculto en un tonel de provisiones, con su perro Leoncico. Cuando Enciso lo descubrió, montó en cólera y amenazó con dejarlo en la primera isla desierta que encontrasen. Balboa le recordó entonces que él ya había navegado por aquellas costas y que nadie a bordo las conocía mejor. El barco siguió su rumbo con un pasajero más.

Capítulo II: Darién, o el arte de quitarse jefes de encima

Cuando llegaron, San Sebastián de Urabá era un montón de tablas quemadas y huesos. Los supervivientes estaban famélicos y Ojeda andaba lejos, herido. Balboa propuso cruzar el golfo y asentarse en la orilla occidental, en tierras del cacique Careta, donde había comida y la tierra parecía menos hostil. Allí se levantó Santa María la Antigua del Darién, una de las primeras ciudades europeas estables de tierra firme.

Lo que vino después fue una lección de política colonial. Enciso prohibió a los colonos comerciar con oro alegando que el metal pertenecía a la Corona. La medida le costó el mando: los descontentos lo detuvieron, lo juzgaron a la brava y lo embarcaron de vuelta a España. El poder quedó en manos de Balboa. Poco después apareció por el Darién Diego de Nicuesa, gobernador de Veragua, que quiso reclamar la autoridad sobre el asentamiento. Se marchó con lo puesto y no volvió a saberse de él.

En apenas dos años, un hombre que había entrado en América escondido en un tonel mandaba en el único asentamiento español que seguía en pie en aquella costa. Los cronistas no se ponen de acuerdo sobre cuánto hubo en él de talento y cuánto de necesidad: sin Balboa, el Darién no se sostenía.

Capítulo III: La confidencia del hijo de Comogre

En 1512 murió el cacique Comogre y su hijo Panquiaco heredó el cacicazgo. Los españoles andaban por allí negociando alianzas y repartiendo baratijas, y en una de aquellas visitas presenciaron un reparto de oro entre indígenas. Los recién llegados empezaron a discutir por los pesos. Según el relato que dejó escrito Pedro Mártir de Anglería, el joven Panquiaco se hartó de la disputa y emplazó a los españoles a buscar aquel metal en otra parte: al sur existía un mar y unas tierras donde el oro era tan abundante que los hombres se hartaban de él.

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La escena, recogida y glosada por varios cronistas, fue el detonante. Balboa llevaba tiempo sospechando algo parecido: los indígenas de la región hablaban de una tierra al otro lado de la sierra y de un agua enorme que ninguna expedición europea había alcanzado. Reunió información, preguntó, dibujó rutas y convenció a sus hombres de que la apuesta valía la pena. La Corona llevaba años buscando un paso hacia las especias por el oeste. Balboa creyó que lo tenía a tres semanas de camino.

Capítulo IV: Ciento noventa hombres hacia el sur

El 1 de septiembre de 1513, Balboa salió de Santa María la Antigua del Darién al frente de unos 190 españoles y un número mayor de guías y porteadores indígenas. Llevaba arcabuces, ballestas, espadas, provisiones para pocos días y varios perros de presa. Le acompañaba Leoncico, el animal con el que había llegado de polizón y que tambien se había ganado fama en más de una refriega.

La ruta cruzó los territorios de varios caciques. Con unos pactó, a otros los sometió. Al cacique Torecha, que le tendió una emboscada, lo derrotó en una acción breve y brutal. Después empezó la ascensión a la cordillera. Los guías indígenas abrían camino a machete entre una vegetación que apenas dejaba ver el cielo. El calor era insoportable, las lluvias caían a diario y los porteadores, cargados con el equipo de los españoles, empezaron a desertar.

El 25 de septiembre, Balboa ordenó a la columna detenerse y subió solo a la cima de una loma. Desde allí, por fin, el mar. Cuatro días después, el 29 de septiembre, festividad de San Miguel, la partida alcanzó la orilla del golfo que tomaría ese nombre, San Miguel. Balboa entró en el agua con la espada en alto y tomó posesión del océano y de todas las tierras que bañaba en nombre de la Corona de Castilla. Lo llamó Mar del Sur, porque desde el istmo quedaba al sur.

Mar del Sur 1513

El viaje de vuelta fue una carrera contra el hambre y la enfermedad. Balboa regresó al Darién en enero de 1514, con menos hombres de los que habían salido y con un cargamento de oro, perlas y noticias capaz de alterar la geografía mental de media Europa. La noticia cruzó el Atlántico a bordo de un correo oficial.

Capítulo V: El gobernador que llegó de España

La buena nueva llegó a la vez que la mala. Fernando el Católico reconoció el hallazgo y le concedió a Balboa el título de adelantado del Mar del Sur y el gobierno de las tierras descubiertas. Pero al mismo tiempo nombró gobernador de Castilla del Oro a un cortesano veterano, Pedro Arias de Ávila, al que todos llamaban Pedrarias Dávila. En 1514, Pedrarias desembarcó en el Darién con una expedición enorme, de más de mil hombres, en la que pronto empezaron a morir de hambre y de fiebre.

Dos gobernantes en un territorio del tamaño de una provincia no caben. Balboa tenía el prestigio, el conocimiento del terreno y una hueste fiel. Pedrarias tenía el sello del rey y, con él, la potestad de nombrar y de condenar. La tensión se resolvió durante un tiempo con una tregua familiar: en 1516 se concertó el matrimonio de Balboa con María de Peñalosa, hija del propio Pedrarias. Las crónicas no aclaran si el extremeño se casó por cálculo, por miedo o por las dos cosas a la vez.

Con el permiso del gobernador, Balboa volvió al Mar del Sur. Exploró la costa, llegó a las islas que los españoles llamarían de las Perlas, mandó acarrear tablones y pertrechos al otro lado del istmo para armar allí una escuadra y siguió pidiendo autorización para bajar hacia el sur. Cada viaje suyo era un recordatorio de que el mérito del descubrimiento no era de Pedrarias.

Capítulo VI: Acla, enero de 1519

En 1518, los rumores se le fueron de las manos. Según las crónicas, un enviado de Pedrarias interceptó mensajes en los que Balboa parecía estar preparando su propio gobierno en el Mar del Sur, al margen del gobernador. Pedrarias lo citó en Acla, en la costa caribeña del istmo. Balboa pudo haber huido. No lo hizo: acudió con varios de sus hombres, convencido de que su suegro no se atrevería con él.

Se equivocó. Fue detenido, y el alcalde mayor Gaspar de Espinosa le instruyó un proceso por rebelión y traición. La sentencia fue la decapitación. En enero de 1519, Vasco Núñez de Balboa murió en el cadalso de Acla, junto a varios de sus compañeros, con unos cuarenta y cuatro años. El hombre que había visto el Mar del Sur desde una loma murió a manos de la misma Corona que le había dado un título por verlo.

Hay un detalle en su historia que la vuelve casi cruel. Tres años antes de morir había sellado con Pedrarias una paz que debía protegerle, y buena parte de lo que sabemos de aquel proceso se debe a la pluma de un cronista que lo conoció de cerca. Documentos, cédulas y crónicas coinciden en lo esencial —el paso por el Darién, la travesía de 1513, la ejecución en Acla— y callan casi todo lo demás. No sabemos qué pensó aquella mañana en la cima, con la respiración cortada y el mar delante.

El Mar del Sur mantuvo el nombre que le puso Balboa hasta finales de 1520, cuando Fernando de Magallanes atravesó el estrecho que hoy lleva su nombre y rebautizó el océano como Pacífico. Para entonces, el extremeño llevaba más de un año enterrado en tierras del istmo. La loma exacta desde la que vio el agua sigue sin identificarse y probablemente se quedará así. En la historia de la exploración española hay nombres más grandes. Pocos, en cambio, tan difíciles de explicar sin mencionar una deuda, un tonel y un perro.