Zelenski pide a la UE 70.000 millones más de ayuda a Ucrania: la guerra costará 155.000 en 2027

El préstamo de 90.000 millones aprobado en abril apenas cubre hasta 2027 y ya se solapa con la nueva petición. Eslovaquia, Hungría y la República Checa exigen quedar fuera del siguiente mecanismo.

La ayuda de la UE a Ucrania encara su primer examen de fatiga: Zelenski reclama 70.000 millones más.

No es una cifra lanzada al aire. El presidente ucraniano la puso sobre la mesa el viernes 16 de octubre en Bruselas, ante los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en el Consejo Europeo, seis meses después de que la UE cerrara el préstamo de 90.000 millones de euros con el que debía financiarse Kiev hasta 2027. Los dos paquetes se solapan. Si nadie lo remedia, sumarán 160.000 millones en compromisos europeos en apenas dos ejercicios.

El argumento de Zelenski fue de urgencia pura: ‘La guerra costará 155.000 millones de euros el año que viene. Y necesitamos al menos 70.000 millones más de ustedes: para defensa, para armas y para nuestra resiliencia. Es una cantidad realista’.

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La respuesta llegó el mismo viernes por la tarde, en vídeo y por redes sociales. El eurodiputado Roberto Vannacci, general en la reserva del Ejército italiano, tradujo el malestar en una frase que ya corre por los pasillos: ‘Zelenski ha encontrado a unos pringados que le dan todos los miles de millones que pide, así que sigue pidiendo más’. Y la remató: ‘Ha llegado a vernos como el cajero automático personal de Ucrania’.

Vannacci añadió números a la queja: un déficit ucraniano de 27.000 millones en 2026 y de 32.000 en 2027, ya cubiertos por el préstamo de abril, antes de la petición del viernes. La objeción no es solo italiana. El primer ministro eslovaco, Robert Fico, insistió en que Bratislava no participará en un nuevo mecanismo financiero para Kiev. Hungría mantiene la misma posición. Eslovaquia, Hungría y la República Checa ya arrancaron exenciones del préstamo anterior, pactado a finales de 2025 y cerrado en abril de 2026.

De dónde sale la cifra de 155.000 millones

Esa cifra no mide el coste militar de la guerra. Mide el agujero fiscal de un Estado que sostiene un frente de más de mil kilómetros con una economía en modo emergencia. El préstamo de abril se articuló sobre una premisa contable frágil que sus firmantes conocían: la devolución se cubriría con las futuras reparaciones rusas. Si esas reparaciones no llegan, o llegan dentro de veinte años, el aval lo asume el contribuyente europeo. Ahí está el nudo.

El préstamo se diseñó para devolverse con reparaciones rusas que nadie sabe cuándo llegarán: un aval contable sobre el futuro, no un ingreso.

Fico lo ha repetido en cada Consejo Europeo desde 2025. Ese dinero no es un préstamo, dice, es una donación con contabilidad creativa, y Eslovaquia no puede permitirse otra ronda. Hungría comparte el marco y ambos exigen garantías por escrito antes de cualquier nuevo vehículo, ya sea un préstamo bilateral, un fondo común, o una ampliación del presupuesto comunitario. No es un pulso nuevo. Es el mismo que forzó las exenciones de abril, y esta vez llega con las grandes economías de la eurozona creciendo por debajo de su potencial y con el marco financiero 2028-2034 todavía sin cerrar.

Que la voz más dura llegue desde un general reconvertido en político no es casual. En Italia, el coste de Ucrania ha dejado de ser un asunto de política exterior para convertirse en moneda de cambio doméstica. En Estrasburgo ocurre algo parecido: cada nueva petición de Kiev aterriza con el calendario electoral de alguien encima de la mesa. El cajero, de momento, sigue dando billetes.

La grieta que Bruselas prefiere no mirar

La Comisión Europea puede proponer vehículos financieros, garantías y préstamos puente hasta que se agote el vocabulario. Cada euro necesita, sin embargo, el respaldo político de veintisiete gobiernos con opiniones públicas distintas y con elecciones en fechas distintas. La ayuda de la UE a Ucrania ya no se negocia solo en clave de seguridad. Se negocia en clave de caja.

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El problema de fondo es de geometría institucional. El préstamo de 90.000 millones salió adelante porque tres capitales quedaron fuera de las obligaciones y nadie más se atrevió a seguir el ejemplo. Abrir esa puerta otra vez, sobre un paquete de 70.000 millones, implica aceptar que el siguiente mecanismo nazca con agujeros. Bruselas intentará empaquetarlo dentro del marco 2028-2034, donde las exenciones se diluyen y el coste se reparte entre contribuyentes que no votan en Eslovaquia ni en Hungría.

Equilibrio de Poder

Washington observa el debate con una comodidad que no disimula. Cada euro que Bruselas pone sobre la mesa es un euro que el contribuyente estadounidense no tiene que poner, y la administración Trump ha hecho de esa lógica su doctrina: Europa paga la factura del continente mientras el interés estratégico de Estados Unidos se desplaza al Indo-Pacífico. Moscú sostiene que la ayuda militar occidental solo prolonga el conflicto y carga las cuentas públicas europeas, una lectura interesada que conviene tratar con cautela. Bruselas, entre tanto, tiene un problema de relato: vende solidaridad y practica aritmética.

Para España el asunto es menos abstracto de lo que parece. Madrid ha financiado el Fondo Europeo de Apoyo a la Paz, el instrumento extrapresupuestario con el que la UE ha costeado armamento, y afronta su propia senda de gasto en defensa con el 3,5% del PIB como referencia fijada por la OTAN. Cada nuevo paquete ucraniano compite por el mismo espacio fiscal que Sanidad, pensiones o las inversiones comprometidas en la frontera sur, donde Marruecos, el Sahel y la vigilancia del Estrecho absorben recursos crecientes. Moncloa defenderá en público la continuidad del apoyo a Kiev. En privado, el Ministerio de Defensa mira el calendario presupuestario con otra cara.

La lectura a cinco años es incómoda para todos. Si la defensa y la reconstrucción ucranianas se consolidan como una línea estructural del presupuesto europeo, la UE habrá creado de facto un segundo pilar de gasto sin tratado, sin control parlamentario real sobre el destino final de los fondos y sin mecanismo de salida. El precedente más cercano no es el Plan Marshall, que se ejecutó con supervisión y contrapartidas. Se parece más a los rescates griegos de 2010 a 2015: dinero adelantado, condiciones cambiantes y una fatiga política que acabó rediseñando el mapa electoral del continente. Es el mismo patrón, con una diferencia incómoda: aquí no hay troika que audite.

Y hay un punto débil que conviene decir en voz alta. Los 155.000 millones son una cifra de parte, no una estimación independiente. No consta una auditoría europea publicada del gasto militar ucraniano, y la petición del viernes se apoya en la palabra de quien la formula. El siguiente hito es el Consejo Europeo de diciembre, donde la Comisión intentará convertir el paquete en propuesta formal y donde Fico volverá a pedir lo mismo por escrito. Hasta entonces, el cajero funciona. Sin recibo.