La OTAN fija 2029 como fecha límite para estar lista frente a Rusia

El SACEUR Grynkewich presentó la 'Theory of Victory' el 5 de octubre en Varsovia con cuatro pilares públicos y el resto clasificado. La fecha coincide con el año en que España debía alcanzar el 2% del PIB en defensa.

La nueva doctrina militar de la OTAN ya tiene fecha de caducidad: 2029. El comandante supremo aliado en Europa (SACEUR), el general estadounidense Alexus Grynkewich, la presentó el 5 de octubre en el Foro de Seguridad de Varsovia bajo un nombre que no es inocente: Theory of Victory. No basta con disuadir. Hay que diseñar cómo se gana. El documento completo sigue clasificado; lo que ha trascendido son los cuatro pilares que la Alianza decidió hacer públicos.

Hablamos, en primer lugar, del desgaste económico del adversario: construir capacidades militares e industriales que hagan que sostener un conflicto resulte tan caro que deje de tener sentido para quien lo empieza. El segundo pilar es la destrucción de la infraestructura de apoyo. Es decir, golpear la logística, los centros de mando, las líneas de suministro y las reservas del contrario, y no solo sus fuerzas en primera línea.

El tercero es la superioridad tecnológica: drones de todos los espectros y sistemas de gestión del combate asistidos por inteligencia artificial. El cuarto, y el que ordena todo lo demás, es el hito de 2029. Para ese año, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y las de sus aliados europeos deben haber completado las preparaciones principales y estar en condiciones de responder a cualquier desafío exterior.

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Ahí se acaba lo público. Los planes regionales, los objetivos de fuerza, los stocks mínimos de munición y las rutas logísticas concretas siguen dentro de la caja negra. Esa asimetría —cuatro titulares y ningún detalle— es exactamente lo que convierte la Theory of Victory en un objeto político y no solo en un papel de Estado Mayor.

Conviene retener un dato que la propia Alianza repite en privado: la amenaza rusa actual se evalúa como limitada. Lo que se anticipa es el escenario de 2030, cuando Moscú, según los análisis que circulan en Bruselas y en el Pentágono, podría haber reconstruido su Ejército hasta un nivel incómodo. La doctrina no se diseña contra lo que Rusia es hoy, sino contra lo que se teme que sea dentro de cuatro años.

La OTAN ha tardado setenta años en escribir la palabra victoria en un documento de planeamiento. Eso, y no los drones, es lo que Moscú va a leer con atención.

El vocabulario importa. Durante tres décadas, los documentos aliados hablaron de disuasión por denegación, de defensa en capas y de gestión de crisis. ‘Victoria’ pertenece a otra familia semántica: implica un conflicto con final, con condiciones de terminación y con un bando que se impone. Nadie elige esa palabra por accidente en un foro con cámara.

La prensa estatal rusa fue de las primeras en publicar el resumen y, de paso, en convertirlo en alegato. Su tesis —que el plazo de 2029 funciona como profecía autocumplida y que la preparación acaba tentando la acción preventiva— es propaganda por la vía del envoltorio. Pero no es una tontería. Cualquier Estado Mayor europeo se hace hoy la misma pregunta en voz baja.

La respuesta institucional es que el artículo 5 del Tratado de Washington habla de defensa colectiva, no de ataques preventivos. Cierto. También es cierto que la tentación de actuar primero es una constante histórica y que las capacidades, una vez construidas, generan su propia agenda. Lo vimos en Libia en 2011. Y en Sarajevo en 1914.

Por qué 2029 se convierte en profecía y no en un simple calendario

Un plazo es un instrumento de gestión. También es un generador de titulares. En el momento en que la OTAN pone una fecha, los ministerios ordenan sus programas a esa fecha, los parlamentos votan a esa fecha y la opinión pública aprende a mirar el calendario como quien mira una cuenta atrás.

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El riesgo no está en el calendario, sino en el segundo paso. Cuando un informe interno o un jefe de Estado Mayor declare que la Alianza está ‘lista’, la preparación deja de ser un argumento defensivo y puede transformarse en una opción política. Ese es el punto que ninguna nota oficial aborda.

Y ordena la industria de forma muy concreta. Munición de artillería de 155 milímetros, defensa antiaérea de capa media, drones de ataque, misiles de crucero, y guerra electrónica. Cada epígrafe tiene su campeón industrial europeo y una lista de proveedores que llevan dos años peleando por contratos marco.

Equilibrio de Poder

Washington juega con doble lenguaje y no lo esconde. La administración de Donald Trump ha convertido el reparto de cargas en doctrina propia y contempla 2029 como el año en que Europa, por fin, debería poder sostenerse sola. Hay un detalle que en el Pentágono se comenta con sorna: el hito cae justo cuando toma posesión el próximo presidente de Estados Unidos. Una fecha de preparación que coincide con un cambio de administración es, también, una forma de atar al sucesor.

Moscú, mientras tanto, tiene interés en que el plazo se lea como amenaza. El Kremlin no ha emitido una reacción oficial de calado, pero su ecosistema mediático ya ha instalado el marco del ‘plan de guerra’. En paralelo, Rusia sigue consolidando el Africa Corps en Mali, Burkina Faso, Níger y Libia. El flanco sur, precisamente el que la doctrina mira de reojo mientras concentra el esfuerzo en el este.

Bruselas ha alineado su calendario con el aliado. Los instrumentos de financiación europeos —SAFE, el Fondo Europeo de Defensa y la futura Agencia de Defensa reforzada— se ordenan al mismo horizonte, y la Comisión habla de 2030 donde la OTAN dice 2029. Nadie ha explicado todavía qué pasa con ese año de diferencia. Los comunicados aliados se publican en la web oficial de la Alianza, donde el detalle sigue brillando por su ausencia.

Para España, 2029 tampoco es una fecha abstracta. Es el ejercicio en que Moncloa se comprometió a alcanzar el 2% del PIB en gasto militar, en torno a 34.000 millones de euros anuales, y el año en que deben estar cerrados los grandes programas: el FCAS, la segunda fase del Eurofighter, los blindados sobre Leopard 2E y la defensa antiaérea de capa media. A eso se suma la factura del 5% acordado en La Haya en 2025 —3,5% de gasto puro y 1,5% de conceptos asociados—, que aterrizará en los presupuestos de la siguiente década.

El problema español es de geometría. Una Alianza que concentra su planeamiento en el flanco este deja el flanco sur —Magreb, Sáhara, Sahel— en manos de España, Italia y Francia. Y el Sahel se ha vaciado de presencia occidental justo cuando Rusia la ocupa. Las bases de Rota y Morón, con cuatro destructores AEGIS y una fuerza de respuesta rápida de los marines, son la infraestructura estadounidense más valiosa del sur de Europa. Pero su valor depende de que Washington siga mirando hacia el sur. La doctrina de 2029 no lo garantiza.

La lectura a cinco años es esta: la OTAN ha ganado una doctrina y ha perdido ambigüedad. Eso puede ser fortaleza o puede ser trampa, según quién acabe interpretando la palabra ‘victoria’ cuando el papel salga del cajón. Un precedente incómodo: los planes de defensa de 1914 también eran disuasorios sobre el papel, y acabaron ejecutándose porque nadie supo frenar a tiempo la lógica de los calendarios.

El próximo examen no será el Foro de Varsovia, sino la negociación del Marco Financiero Plurianual europeo y la revisión de los planes regionales que el SACEUR firma periódicamente. Ahí se sabrá si el dinero sigue a la doctrina o si la doctrina era, otra vez, un buen titular.