El agua les llegaba a la cintura y la pólvora viajaba por encima de la cabeza, envuelta en lona. Delante, entre manglares y una playa de arena gris, se abría la aldea timucua de Seloy, en la costa de la Florida. Era el domingo 8 de septiembre de 1565, fiesta de la Natividad de la Virgen. Pedro Menéndez de Avilés, cuarenta y seis años, bajó de las chalupas con sus hombres y mandó desembarcar los víveres y la artillería ligera. Sobre aquella tierra todavía húmeda, el capellán Francisco López de Mendoza Grajales plantó una cruz y dijo misa. El sitio se llamó San Agustín, por el santo del día en que habían avistado la costa once jornadas antes.
A unos sesenta kilómetros al norte, remontando el río que los franceses llamaban Rivière de Mai, una guarnición huguenote diezmada por la fiebre aguardaba noticias. Jean Ribault, un capitán de Dieppe, acababa de fondear frente a la costa con una flota de socorro. Los dos hombres que se disputaban aquel pedazo de arena y manglar, un almirante asturiano al servicio de Felipe II y un marino normando al servicio de Carlos IX, sabían que solo uno iba a quedarse.
Capítulo I: El hidalgo de Avilés
Había nacido en Avilés el 15 de febrero de 1519, en una familia de hidalgos con escudo y poca hacienda. La villa era entonces una de las puertas marítimas de Asturias: se armaban naos para Flandes, se descargaba sal y los muchachos aprendían las mareas antes que el latín. Menéndez se hizo a la mar siendo un adolescente y ya no bajó de ella. En la década de 1540 cazaba corsarios franceses en el Cantábrico con patente real.
En 1549 se casó con María de Solís. El matrimonio lo asentó en el circuito sevillano de la Carrera de Indias, donde se movían los fletes, los seguros, las licencias y los pleitos. De allí salieron los encargos grandes: escuadras de escolta, persecución de contrabandistas y, a comienzos de los años sesenta, la ordenación del sistema de convoyes que durante dos siglos llevó la plata americana hasta Sevilla.
En 1563, un pleito de contrabando lo llevó a la cárcel en Sevilla. Salió libre, con el bolsillo tocado y con un encargo entre las manos que muy pocos habrían aceptado: conquistar y poblar la Florida.
Capítulo II: La Florida que no era un jardín
Sobre el papel, la Florida era española desde 1513, cuando Juan Ponce de León la bautizó al calor de la Pascua Florida. Sobre el terreno era otra cosa. Pánfilo de Narváez se perdió allí en 1528 con casi toda su hueste; Hernando de Soto recorrió la tierra entre 1539 y 1542, encontró ríos, pantanos y aldeas, y murió sin ver una sola mina de oro; Tristán de Luna intentó fundar una colonia en la bahía de Pensacola en 1559 y la tormenta y el hambre se la llevaron por delante. No había ciudades, ni metales, ni caminos. Había huracanes, mosquitos, caimanes y una costa que servía de embudo a los navíos que subían por la corriente del Golfo cargados de plata.
Ese último detalle era el que importaba en Madrid. En 1562, Jean Ribault había plantado una colonia francesa en Port Royal; en 1564, René Goulaine de Laudonnière fundó el fuerte Caroline a orillas del río de Mayo. Para Felipe II, un asentamiento huguenote en la Florida no era una molestia comercial: era un apostadero enemigo sobre la ruta de la plata. El Consejo de Indias decidió echarlos y poblar de una vez. Y para eso llamó al hombre que estaba en la cárcel.

Capítulo III: El asiento y la travesía
El asiento se firmó en marzo de 1565. Menéndez quedaba como adelantado y gobernador de la Florida, con obligación de fundar al menos dos poblaciones, llevar pobladores con sus familias y meter ganado, semillas y herramientas. Buena parte del coste salía de su bolsa. El título era hermoso; la cuenta, ruinosa.
Zarpó de Cádiz el 28 de junio de 1565. La flota era heterogénea: naves de alto bordo como el San Pelayo, pataches de poco calado, soldados veteranos, labradores que no habían visto el mar, frailes y algún pariente colocando su porvenir en la empresa. Un temporal dispersó la escuadra a los pocos días de zarpar; unos capitanes dieron la vuelta y otros siguieron. Menéndez llegó a San Juan de Puerto Rico en agosto, repuso lo que pudo y siguió hacia el norte.
El 28 de agosto de 1565, día de San Agustín, la costa apareció a la proa. Menéndez tomó tierra, habló con los timucuas de la zona y eligió una ensenada defendible. La llamó San Agustín antes de saber si podría quedarse en ella.
Capítulo IV: Ocho de septiembre
El desembarco no fue una ceremonia. Fue una mudanza con armas. Los hombres bajaron pertrechos, herramientas y enfermos; se levantó un fuerte de tierra y madera y se improvisó un hospital con lonas. Los timucuas de Seloy, que llevaban generaciones viviendo allí, toleraron a los recién llegados con la mezcla de curiosidad y cálculo que impone la vecindad de unos cientos de hombres armados.
La comida faltaba. Menéndez despachó el San Pelayo a por bastimentos y se quedó con las naves pequeñas, los hombres justos y ninguna intención de esperar sentado. Porque las noticias llegaron pronto: Ribault había desembarcado en el fuerte Caroline y preparaba un ataque por mar contra San Agustín.
Menéndez tenía dos opciones: aguantar el golpe en su fuerte de tierra o darlo primero. Eligió lo segundo. La decisión, en un hombre que llevaba un mes en América y tenía a sus espaldas el océano, era una apuesta a todo o nada.

Capítulo V: La marcha del veinte de septiembre
Reunió a medio millar de hombres y salió bajo la lluvia. El terreno entre San Agustín y el río de Mayo era el peor imaginable para una columna militar: agua hasta la rodilla, barro que se tragaba las botas, manglares cerrados y ni un camino. Marcharon durante dos días sin que los franceses los detectaran.
La madrugada del 20 de septiembre, con la guarnición de Caroline medio dormida y la pólvora mojada por la tormenta, los españoles entraron por la empalizada gritando el nombre de Santiago. La resistencia duró lo que dura un susto. Laudonnière se escapó por una brecha del muro y se metió en el bosque con un puñado de hombres. El resto quedó allí, salvo un puñado de mujeres y niños.
Menéndez rebautizó el fuerte como San Mateo, por caer al día siguiente la festividad del evangelista, y dejó una guarnición. La Florida tenía ya dos nombres españoles y un cementerio.
Capítulo VI: Matanzas
La tormenta que había salvado a Menéndez de un ataque por mar hizo el resto del trabajo. La flota de Ribault, sorprendida por un huracán frente a la costa, se deshizo contra los bajos. Los supervivientes, varios cientos de hombres, caminaron hacia el sur por la playa buscando agua y un camino hacia el fuerte Caroline, que ya no existía.
Menéndez los encontró en la bocana de un estero, al sur de San Agustín. Los franceses se rindieron sin pelear. El adelantado les puso una condición: abjurar del luteranismo y servir a España. Unos pocos aceptaron y vivieron. El resto fue conducido al otro lado de las dunas en grupos de diez y ejecutado. Entre ellos iba Jean Ribault.
Los españoles dejaron junto a los cuerpos un cartel que explicaba el criterio.
«No por franceses, sino por luteranos», rezaba el cartel que mandó clavar junto a los cadáveres, según el memorial de su cuñado Gonzalo Solís de Merás, testigo de la jornada.
El lugar se llamó Matanzas y así sigue en los mapas. Del otro lado quedaron los testimonios franceses: las memorias de Laudonnière y los dibujos del artista Jacques Le Moyne de Morgues, que escapó de Caroline y pasó el resto de su vida explicando cómo eran los timucuas que los españoles habían encontrado.

Capítulo VII: El adelantado y su sombra
A Menéndez le quedaban nueve años de vida y ninguno de descanso. En 1566 fundó Santa Elena, más al norte, y repartió misiones y presidios por la costa. Los jesuitas llegaron ese mismo año con la esperanza de evangelizar la tierra; la aventura terminó en 1571 con la matanza de los misioneros en Ajacán, en la actual Virginia, y con la retirada de la orden. En 1568, un noble francés, Dominique de Gourgues, cayó sobre San Mateo, pasó a cuchillo a su guarnición y ahorcó a los prisioneros con un cartel que respondía al de Matanzas. La Florida española era un rosario de fuertes pobres y lejanos.
Menéndez volvió a España en 1567 a reclutar colonos y pertrechos, cruzó el Atlántico alguna vez más y terminó empleado en otra empresa: la organización de una armada en el Cantábrico. Murió en Santander el 17 de septiembre de 1574, de tifus, con cincuenta y cinco años. Su cuerpo fue llevado a Avilés.
San Agustín siguió en pie. La saquearon, la quemaron y la reconstruyeron; Francis Drake la arrasó en 1586, y a partir de 1672 los ingenieros españoles levantaron el castillo de San Marcos con piedra de coquina. Pasó a manos británicas en 1763, volvió a España en 1783 y se incorporó a Estados Unidos en 1821. Es la ciudad más antigua de Estados Unidos habitada de forma continua por europeos, y su casco histórico vive del turismo y de la historia.
En 1893, Eugenio Ruidíaz y Caravia editó el memorial de Solís de Merás, la crónica de primera mano que sostiene casi todo el relato. En 1976, el historiador estadounidense Eugene Lyon publicó The Enterprise of Florida, el estudio que reconstruyó la expedición con papeles de archivo y devolvió a Menéndez al centro de la historia colonial. Los dos libros dicen lo mismo con distinto acento: San Agustín no nació de un plano, sino de una apuesta hecha con la marea en contra.
Cuatro siglos y medio después, el nombre del estero sigue haciendo todo el trabajo de memoria que los historiadores no siempre hacen. Quien lo lee en un mapa de Florida sin saber nada de 1565 ya ha recibido la noticia: allí se mató a unos hombres. El resto, quién los mató, por qué y con qué palabras lo justificó, está en los papeles.

