El túnel de la estación intermodal de Ourense: el refugio sin luz y con un 90% de humedad de las personas sin hogar

Entre tres y cinco personas duermen a 200 metros del vestíbulo del AVE en Ourense, sin alumbrado desde el robo del cobre. Cruz Roja advierte de perfiles cada vez más diversos.

A veinte peldaños de la alta velocidad, en el túnel de la estación intermodal de Ourense, duermen varias personas sin hogar. El pasadizo, de algo más de 200 metros, une la estación de tren con la de autobuses y, de noche, hace las veces de dormitorio.

Veintidós peldaños hacia abajo: el dormitorio que la intermodal no enseña

Veintidós escalones separan el vestíbulo de viajeros del corredor bajo el hormigón. A la altura del quinto, el olor cambia. Hace unos días había cartones y puertas de muebles desvencijadas haciendo de colchón; después, la entrada apareció recogida, pero solo en su boca más visible, la que comunica tren y autobuses. Dentro, agua estancada, basura y oscuridad: alguien se llevó el cobre y el túnel se quedó sin luz. Un hombre se alumbra con una antorcha improvisada para sortear las vías, tras entrar por la boca opuesta, en la calle Río Arnoia. Lo cuenta La Región.

Los inquilinos no son muchos. «Somos tres o cuatro, a veces cinco; estamos aquí porque no tenemos otra cosa», dice Juan Gabriel Morales, colombiano de 39 años. Llegó a Madrid hace 16 meses detrás de un compatriota que acabó dejándolo tirado; extravió la documentación y terminó en Ourense. Trabajó una vendimia. Ahora pide monedas de uno y dos céntimos que, asegura, no le llegan ni para un bocadillo. D., de 44 años, cuenta que ese día ayudaba a bajar escombros.

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El más veterano, sesenta años o más, pide silencio: «No contéis nada, que mañana lo cierran si sale en el periódico». Lo dice quien presume de haber pasado por el Circo de los Muchachos y de tocar el piano y la guitarra. Su frase resume la lógica del lugar: el problema no es el frío, es la visibilidad. Porque el frío llega igual: la humedad supera el 90% y los bomberos acuden con frecuencia por fuegos provocados, casi siempre para calentarse.

El túnel no es un descampado: es infraestructura ferroviaria y, como tal, corresponde a Adif, el administrador estatal de la red. La atención social depende del Concello (el ayuntamiento) y de la Xunta de Galicia (el gobierno autonómico con sede en Santiago de Compostela), a través de la Consellería de Política Social. Nadie ha cerrado el pasadizo. Nadie lo ha acondicionado. Nadie ha abierto una puerta a quienes duermen dentro.

A trescientos kilómetros por hora cruzan los trenes sobre el túnel; bajo el hormigón, el tiempo se mide en mantas.

Cruz Roja en Ourense advierte de que los perfiles que atiende son cada vez más diversos, y el túnel lo confirma: junto al veterano con adicciones de toda la vida convive un extranjero sin papeles y sin red y un jornalero de temporada. El sinhogarismo gallego ya no se explica solo por la exclusión heredada; también por la precariedad que llega de fuera y por los documentos que se pierden por el camino.

Sin luz desde el robo del cobre: la limpieza llega solo a la boca del túnel

estación intermodal Ourense

La entrada recogida es la metáfora exacta de la respuesta institucional. Se limpia lo que ve el viajero; lo que no ve, se queda. En los 200 metros hay restos de comida, juguetes rotos, heces y papel de aluminio quemado, los chinos con los que se inhala el vapor de la heroína o la cocaína. Un túnel sin luz, con un 90% de humedad y consumo activo es un problema de salud pública, no solo de decoro urbano.

Cerrarlo sería la solución más barata para la estación y la peor para las personas: desplaza el problema veinte metros más allá y lo vuelve invisible. Aquí concurren tres administraciones y ninguna lo ha convertido en prioridad. Mientras, sobre el techo del pasadizo, los trenes entran y salen de Ourense a 300 kilómetros por hora.

La intermodal se vendió como escaparate de la llegada de la alta velocidad a Galicia, la prueba de que la comunidad había dejado de ser periferia. Bajo el andén, el tiempo se mide de otra forma: por mantas y por noches.

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El Laboratorio Gallego

Galicia fabrica sus olvidos de una manera muy concreta. Es una comunidad dispersa y envejecida, con dos provincias de interior que pierden población, y a la vez un territorio que presume —con razón— de infraestructuras recién estrenadas. Ourense es la síntesis: nudo ferroviario del noroeste, y capital de una provincia donde la exclusión se reparte entre el rural y las ciudades medias. El túnel de la intermodal es el reverso exacto del relato del progreso.

En clave política, la vivienda sí es materia de choque entre el PPdeG, que gobierna la Xunta con mayorías absolutas desde 2009, el BNG, primera fuerza de la oposición, y el PSdeG. El sinhogarismo, en cambio, rara vez sube al atril del Parlamento de Galicia: no hay una ley autonómica específica más allá del marco de inclusión social, y las competencias se reparten entre tres administraciones sin que ninguna las ejerza con urgencia. Es el tipo de asunto que se resuelve, cuando se resuelve, por acumulación de inviernos.

La proyección es sencilla. Con la Xunta en la recta final de los presupuestos de 2027, la pregunta es si habrá partida para recursos de baja exigencia —plazas de acogida, atención a adicciones, acompañamiento a quien perdió los papeles— o si la única obra prevista será cerrar el pasadizo. Cuando lleguen las heladas de enero, el termómetro decidirá por las administraciones.

Ficha del Caso

  • El caso: Varias personas sin hogar duermen en el túnel de la estación intermodal de Ourense, un corredor de más de 200 metros sin alumbrado y con una humedad superior al 90%.
  • Datos importantes: 22 peldaños de acceso, entre tres y cinco personas, trenes a 300 km/h sobre el pasadizo y tres administraciones implicadas (Adif, Concello y Xunta).
  • Resumen: El túnel actúa como refugio por defecto ante la falta de recursos y de coordinación institucional; cerrarlo resolvería el problema de la estación, no el de las personas.