Berlín y París han convertido el sello Made in Europe en un instrumento arancelario contra Pekín; Madrid prefiere seguir negociando por separado. La cumbre de Bruselas del jueves y el viernes dejó a la vista la fractura: mientras la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunciaba nuevas medidas de salvaguardia, el presidente del Gobierno español reclamaba hablar con China ‘de manera leal’.
Los números que maneja Bruselas explican la urgencia. La UE arrastra un déficit comercial con el gigante asiático de aproximadamente 1.000 millones de euros al día. Por eso debemos actuar’, dijo von der Leyen ante los jefes de Estado y de gobierno. ‘Nuestras industrias han reclamado medidas, las hemos escuchado y responderemos, entre otras cosas, con nuevas medidas de salvaguardia’.
Conviene traducir el término: las medidas de salvaguardia son el mecanismo que permite a Bruselas suspender temporalmente importaciones cuando se acredita un daño grave a la industria local, sin necesidad de demostrar dumping. Sobre la mesa hay dos vías. La primera, un instrumento que permitiría excluir a China del mercado único en situaciones excepcionales, es decir, ante distorsiones comerciales graves y sistemáticas. La segunda, más cercana en el tiempo, son nuevas restricciones a las importaciones chinas en la industria química y la maquinaria industrial, dos sectores donde la competencia asiática ha pasado de la gama baja al corazón del tejido alemán.
El giro de Berlín es el dato político de la legislatura. Alemania se resistió durante años a cualquier medida comercial contra China por miedo a las represalias sobre sus exportaciones; hoy reclama a Bruselas mano dura. La razón es simple: Pekín ya no compite con el textil y el juguete, sino con el automóvil, la máquina-herramienta y la química, los tres pilares sobre los que se construyó la potencia exportadora alemana. La soberanía industrial europea ha dejado de ser un eslogan de campaña para convertirse en un expediente con número de registro.
Del déficit de 1.000 millones diarios al instrumento de exclusión
España llega a esa discusión con otro relato. ‘España siempre ha defendido que es mucho mejor hablar claramente de manera leal a otras potencias, en este caso al gigante asiático, a China’, señaló Sánchez a su llegada a la cumbre. La frase, repetida en cada Consejo Europeo desde hace dos años, resume una doctrina: anteponer la negociación bilateral a la respuesta colectiva.
Madrid no discute el diagnóstico de Bruselas sobre la competencia desleal; discute el calendario, porque todavía no paga la factura industrial que Berlín ya tiene encima de la mesa.
España elige el diálogo y Pekín lo agradece

La semana pasada, el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic, cerró con Pekín un acuerdo para reducir a la mitad las importaciones de coches híbridos chinos, hasta 350.000 unidades a lo largo de 2027. Fuentes diplomáticas españolas admiten satisfacción. ‘Lo importante es que hemos abierto un camino de diálogo, de negociación y de acuerdo, que es precisamente lo que ha defendido siempre España’, insistió el presidente del Gobierno. Bruselas había prometido medidas si la negociación fracasaba; el pacto evitó, por ahora, la escalada.
Hay una explicación estructural para ese tono. ‘Con menos tejido industrial que proteger, España ve menos urgencia, justo cuando Alemania empieza a sufrir’, resume Alicia García-Herrero, investigadora especializada en China del think tank Bruegel. El cálculo de Madrid es distinto: atraer inversión china en energías verdes, baterías y componentes, y preservar el acceso a importaciones a precios competitivos que muchas empresas españolas necesitan para seguir siendo rentables.
El problema es que ese bilateralismo tiene precio en el Consejo. ‘Escorarse demasiado bilateralmente debilita la posición de España en el Consejo y la de la UE en conjunto’, advierte la misma investigadora. Sánchez ha viajado cuatro veces a China desde que llegó a la Moncloa, una señal de prioridad que en Bruselas se lee con resquemor: los socios temen que Pekín use los intereses divergentes para negociar capital por capital. ‘Negocia bilateralmente para debilitar la posición común y ganar tiempo’, concluye.
El Eje del Poder Europeo
La geometría de esta discusión es la de siempre, con un matiz decisivo. El eje franco-alemán empuja y ha dejado de tener contrapeso interno: París lleva años pidiendo reciprocidad comercial y Berlín acaba de alinearse con ella. Los frugales del norte —Países Bajos, Suecia, Dinamarca y Finlandia— desconfían de cualquier protección que encarezca sus cadenas de suministro y miran el expediente con la misma distancia con la que miraron los fondos Next Generation. El sur, con España, Italia, Grecia y Portugal a la cabeza, no quiere verse obligado a elegir entre el mercado chino y la solidaridad europea. Y en el este, Budapest y Bratislava han convertido la captación de inversión china en política industrial propia, por lo que cualquier instrumento de exclusión les toca de lleno.
El precedente más útil es de 2013, cuando Bruselas impuso derechos antidumping a los paneles solares chinos y fue Berlín quien forzó una salida negociada para no perder su mercado de exportación. Trece años después, Alemania pide exactamente lo contrario. Ese giro explica también por qué la Comisión ha pasado de hablar de ‘desriesgo’ a preparar un mecanismo de exclusión: cuando el país que bloqueaba las medidas proteccionistas cambia de bando, la correlación de fuerzas en el Consejo se mueve sola.
Para España, la factura no es teórica. La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001 se llevó por delante buena parte del calzado y el textil: los fabricantes españoles de calzado cayeron un 36% y se destruyeron más de 10.000 empleos directos en pocos ejercicios. Hoy el riesgo se concentra en la automoción —Zaragoza, Navarra y Almussafes—, en la química de Tarragona y en el material eléctrico. Si el instrumento de exclusión sale adelante, Moncloa tendrá que elegir entre proteger esos polígonos y mantener el trato privilegiado con Pekín que tantas inversiones verdes le ha prometido.
La lectura a cinco o diez años es incómoda para todos. El mercado único, que nació como espacio abierto, camina hacia un modelo con aduanas selectivas, licencias y cláusulas de reciprocidad; eso dará poder a Bruselas y se lo quitará a las capitales que negocian por libre. La contradicción de fondo es que la Comisión quiere sentarse a dialogar con Pekín mientras construye en paralelo la herramienta que puede dejarle fuera del mercado. Ambas cosas no caben indefinidamente en la misma política comercial.
El siguiente hito será la cita de los líderes en diciembre, donde el instrumento de exclusión volverá a la mesa junto al sello Made in Europe endurecido. La pregunta ya no es si Bruselas tendrá un arma arancelaria contra China, sino si Madrid conservará margen para negociar por su cuenta cuando esa etiqueta deje de ser un marchamo comercial y empiece a comportarse como una aduana.

