Rubio desmiente a Zelenski: EEUU no ordenó restringir Starlink a los drones de Ucrania

Rubio sostiene que la limitación 'simplemente ocurrió' y que el servicio ya opera con normalidad. La Casa Blanca suspende a la vez las nuevas sanciones al petróleo ruso a dos semanas de las elecciones de medio mandato.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Marco Rubio niega que Washington ordenara frenar Starlink en los drones ucranianos y cuestiona la versión de Zelenski sobre una ‘operación planificada’.
  • ¿Quién está detrás? El Departamento de Estado, SpaceX de Elon Musk, la Casa Blanca y el Gobierno ucraniano, en plena disputa por las sanciones al petróleo ruso.
  • ¿Qué impacto tiene? El límite castiga a los drones que superan los 160 km/h, justo los que atacan refinerías. Kiev sigue sin Starshield y Bruselas revisa su dependencia satelital.

Marco Rubio niega que Washington ordenara limitar el Starlink de los drones ucranianos y cuestiona la versión de Zelenski.

El secretario de Estado respondió así a los periodistas en la base conjunta de Andrews, en Maryland, después de que el presidente ucraniano asegurara el sábado que las restricciones aplicadas a los terminales de SpaceX respondían a ‘una operación planificada’. Rubio no se limitó a desmentirlo: puso en duda que Zelenski supiera de qué hablaba.

‘No sé qué ha dicho Zelenski. No estoy seguro de que Zelenski sepa de qué está hablando, pero no fue deliberado’, declaró. Y añadió: ‘No tuvimos nada que ver. Nadie en Estados Unidos ordenó que se redujera la velocidad de Starlink. Simplemente ocurrió, pero tengo entendido que ya se ha restaurado’.

Publicidad

Los hechos que sostienen la polémica son más prosaicos. A comienzos de semana, fuentes oficiales ucranianas aseguraron que los terminales habían dejado de funcionar en los drones que volaban a más de 160 km/h, cien millas por hora. El corte no afectaba a la señal en tierra sino al enlace, con las aeronaves rápidas.

Rubio confirmó además que Ucrania no tiene acceso a Starshield, la versión militar de la constelación, la que opera bajo contratos de seguridad nacional con el Pentágono, aunque Kiev lo ha solicitado. Musk negó haber restringido el servicio y recordó que debe usarse para fines civiles y defensivos, no para operaciones ofensivas.

Nadie firmó la orden, nadie la reconoce y el resultado es idéntico: los drones que vuelan rápido se quedan sin señal.

Las filtraciones tampoco encajan con la versión oficial. The Telegraph publicó el viernes que Musk pidió personalmente a Trump que limitara la velocidad de Starlink en Ucrania. Reuters informó de que la Casa Blanca había instruido al Pentágono para ralentizar Starshield. Trump negó cualquier implicación y añadió que tampoco cree responsable a Musk. Zelenski mantiene que el límite sigue activo; un funcionario ucraniano contó a Axios que SpaceX lo atribuyó a ‘un problema técnico’.

El umbral de los 160 km/h no es una casualidad técnica

Ese umbral separa dos mundos. Un dron de observación que sobrevuela una trinchera no necesita velocidad punta; un aparato de ataque de largo alcance, que cruza cientos de kilómetros de espacio aéreo ruso hasta una refinería, sí. Buena parte de los vectores que Ucrania lanza contra la infraestructura energética rusa opera por encima de esa marca. Un ajuste presentado como técnico se convierte en un freno operativo.

Y ahí está la paradoja que ninguna de las partes quiere reconocer en público. La capacidad de golpear a mil kilómetros del frente depende de la política comercial de una empresa tejana, no de un Estado Mayor. Starlink, la constelación de órbita baja de SpaceX, no solo da internet al soldado: da enlace de mando y control. Sin él, el dron es un objeto volador sin ojos ni destino.

Por qué Trump necesita bajar el precio del diésel antes del 3 de noviembre

Starlink drones Ucrania

El origen del roce no es tecnológico, es energético. A principios de este mes, Trump levantó las sanciones a las exportaciones de diésel ruso para contener la subida de precios. El viernes fue más lejos: suspendió por motivos de seguridad nacional las nuevas sanciones al comercio de petróleo y gas ruso. En paralelo, presionó a Kiev para que dejara de golpear refinerías, a las que atribuye parte del encarecimiento.

Publicidad

La lógica electoral es transparente. El 3 de noviembre se celebran las elecciones de medio mandato y la gasolina se paga en el surtidor, no en el tablero geopolítico. Puro pragmatismo de campaña. Para España el canal de transmisión es directo: el precio del diésel en el Mediterráneo marca el surtidor nacional, y cada episodio de volatilidad en el crudo ruso acaba en el IPC y en el margen de Repsol y Cepsa.

A eso se suma el tono. Trump dijo esta semana que Zelenski ‘no es un buen tipo con el que tratar’ y que debería ser sustituido. En Bruselas se lee como algo más que un exabrupto: describe a un aliado que ha dejado de considerar la victoria ucraniana un objetivo propio.

Equilibrio de Poder

Washington gana margen con el desmentido de Rubio. Si la restricción no fue una orden, no hay decisión política que defender ante el Congreso ni ante los socios; si fue un fallo técnico, tampoco hay responsable. La contradicción salta a la vista: una Administración que presume de no dirigir a las empresas privadas tampoco puede garantizar a sus aliados el comportamiento de esas empresas. No ordeno, no respondo. Ese doble vínculo erosiona la credibilidad del paraguas estadounidense.

Moscú es el beneficiario silencioso. Los ataques a refinerías son una de las pocas palancas asimétricas que le quedan a Kiev para encarecer la guerra en el bolsillo ruso, y cualquier freno llega gratis al Kremlin, que no necesita pronunciarse para ganar. Bruselas, mientras, vuelve a mirar su dependencia con incomodidad: la defensa europea sigue comprando ojos y oídos a una compañía cuyo propietario negocia con la Casa Blanca.

El precedente está en 2023, cuando Musk se negó a habilitar cobertura sobre Crimea para un ataque con drones navales y desató la primera crisis de confianza con Kiev. También en las condiciones que Washington impuso durante meses al uso de ATACMS contra territorio ruso reconocido. La novedad no es la restricción; es que exista sin orden escrita y sin responsable identificable.

Para España el riesgo inmediato es de precio y de credibilidad industrial. El programa SpainSat NG de Hisdesat da comunicaciones seguras a las Fuerzas Armadas, pero no cubre el ancho de banda táctico que exige una guerra de drones a gran escala. En Bruselas, el IRIS² sigue en despliegue y su capacidad plena no llegará antes de 2030. La lectura a cinco años es incómoda: quien dependa de una constelación privada para combatir estará subcontratando parte de su política exterior.

Lo que observamos es un patrón, no un incidente. La Administración Trump ha convertido la ambigüedad en instrumento: no confirma ni desmiente, deja que la empresa haga el trabajo y recoge el rédito en forma de precios más bajos antes de las urnas. Que Zelenski lo lea como una traición es secundario en Washington. Que lo lea así en Kiev cambia el cálculo de la guerra.

Queda una ventana corta para saber si el límite se ha restaurado de verdad o solo sobre el papel. Los próximos partes del Estado Mayor ucraniano y los conteos OSINT de impactos en refinerías responderán antes que cualquier comunicado. El 3 de noviembre, con las elecciones de medio mandato, se verá si la Casa Blanca necesita a Ucrania o solo necesita gasolina barata.