Irán ofrece reabrir el estrecho de Ormuz en siete días si EEUU acepta su plan de paz

El plan exige levantar el bloqueo naval, aliviar las sanciones al crudo y liberar activos congelados. El Brent cerró el viernes en 109,86 dólares, máximo de cinco meses, con dos petroleros ardiendo por minas.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Irán ha trasladado a Washington, a través de Catar, un plan para reabrir el estrecho de Ormuz y restablecer la navegación normal en siete días una vez se cumplan sus condiciones.
  • ¿Quién está detrás? El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, lo anunció ante la reunión ministerial de la Organización de Cooperación Islámica. Trump ya rechazó esos términos el mes pasado.
  • ¿Qué impacto tiene? El Brent cerró el viernes en 109,86 dólares, máximo de cinco meses, con dos petroleros ardiendo tras chocar contra minas en el propio paso.

El estrecho de Ormuz reabriría en siete días si Washington acepta el plan de paz iraní, según Teherán. El ministro de Exteriores de la República Islámica, Abbas Araghchi, ha puesto esa cifra sobre la mesa —siete días, ni uno más— mientras el Brent cerraba la semana en 109,86 dólares y dos petroleros ardían tras chocar contra minas en la misma agua.

Qué hay exactamente detrás del plan de siete días iraní

Araghchi lo expuso el sábado ante la reunión ministerial de la Organización de Cooperación Islámica, el foro donde Teherán escenifica cada trimestre que no está sola. Según la versión de sus palabras difundida este fin de semana, la República Islámica sigue ‘comprometida con una navegación segura y protegida en el estrecho de Ormuz’ y atribuye la interrupción del tráfico a las ‘acciones agresivas’ de Estados Unidos e Israel.

El canal elegido es Catar. ‘A través de Doha hemos transmitido un plan concreto de siete días: si se cumplen las condiciones necesarias, el estrecho puede reabrirse y restablecerse el paso marítimo normal en siete días’, señaló el ministro. ‘La elección ahora corresponde a Estados Unidos’, añadió. El paquete, tal y como lo ha desglosado Teherán, exige el levantamiento del bloqueo naval, el alivio de las restricciones a sus exportaciones de petróleo, la liberación de parte de sus activos congelados y el fin de las hostilidades ‘en todos los frentes’, incluida la campaña israelí en Gaza y Líbano.

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Leído en frío, no es un acuerdo marítimo. Es un canje que obliga a Washington a renunciar a tres palancas a la vez —el bloqueo, las sanciones al crudo y los activos inmovilizados— a cambio de reabrir un paso que, sobre el papel, Estados Unidos ya controla. De ahí que la propuesta sea tan difícil de aceptar en público como de rechazar sin coste.

Trump la despachó el mes pasado con la palabra ‘inaceptable’. Su argumento: la Marina estadounidense mantiene el control efectivo del estrecho y Teherán está ‘perdiendo tan mal’ que acabará firmando lo que le pongan delante. El razonamiento tiene un problema práctico. Cada semana que el cuello de botella sigue sembrado de minas, el precio que paga el contribuyente estadounidense en el surtidor sube un poco más.

Ormuz no se negocia con cartas náuticas, se negocia con calendarios electorales. Y ahora mismo hay dos en marcha, con fechas impresas.

Porque el calendario existe y está escrito. Medios estadounidenses han informado de que responsables del Pentágono y asesores de seguridad nacional han presentado a Trump opciones que incluyen el empleo de un explosivo convencional de gran tamaño conocido como la ‘madre de todas las bombas’, el GBU-43/B. Sin embargo, tanto el presidente como el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, han descartado ataques contra Irán antes de las legislativas estadounidenses del 3 de noviembre y de las elecciones parlamentarias israelíes del 27 de octubre.

El bloqueo naval, las minas y el precio que paga el crudo

Irán EEUU

El estrecho cerró poco después de que Estados Unidos e Israel lanzaran su campaña de bombardeos el 28 de febrero. Desde entonces, las fuerzas iraníes han disparado contra buques que navegan por las rutas designadas por la Marina estadounidense, que Teherán considera ilegales. Este sábado, dos petroleros se incendiaron tras chocar contra minas. El portacontenedores GFS Pride, con bandera de Singapur, se hundió esta semana por el mismo motivo, mientras otro carguero alcanzó puerto con daños.

Por ese paso sale cerca de una cuarta parte del petróleo y del gas natural licuado que se mueve por mar en el mundo. El viernes, el Brent marcó máximo de cinco meses al cerrar en 109,86 dólares, con una subida del 3,7%, y el West Texas Intermediate superó los 100. Los analistas advierten de que la prima de riesgo seguirá incrustada en el precio mientras no haya una señal creíble de reapertura. La Agencia Internacional de la Energía mantiene el estrecho como primera variable de riesgo en sus informes mensuales de mercado.

Y no hay ruta alternativa. Los oleoductos saudí y emiratí que esquivan el paso mueven una fracción de lo que sale del Golfo, insuficiente para sustituir el volumen marítimo. Cada jornada de cierre se traduce en fletes más caros, seguros de guerra más altos, y refinerías comprando a ciegas.

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El lado iraní tampoco sale gratis. Cada petrolero que arde en aguas que Teherán dice controlar refuerza el argumento de quienes en Washington piden mano dura y debilita la posición de quien promete navegación segura. La mina no distingue banderas.

Equilibrio de Poder

En Washington, la lectura es transaccional y corta de miras. La administración Trump no quiere una guerra abierta en el Golfo tres semanas antes de unas legislativas, pero tampoco quiere pagar el precio político de sentarse con Teherán. La consecuencia es un bloqueo que se mantiene por inercia, sin objetivos militares claros y con coste energético creciente. En Moscú no hay prisa alguna: cada semana de Brent por encima de los 100 dólares engorda el presupuesto federal ruso y desplaza la atención internacional desde Ucrania hacia el Índice. Rusia no necesita enviar un solo buque al Golfo para cobrar el cierre. Bruselas, mientras tanto, asiste como espectadora: la UE carece de capacidad naval en la zona y su única experiencia reciente de escolta marítima es la Operación Aspides en el mar Rojo, una misión defensiva que no está diseñada para abrir un estrecho minado.

Para España el problema llega por dos vías. La primera es el precio: el país importa prácticamente todo el crudo que refina, y el diésel encarece el transporte de mercancías, la agricultura y la pesca antes de llegar a ningún surtidor. La segunda es el gas. El GNL catarí sale del Golfo y entra por las plantas regasificadoras españolas, el mayor parque de Europa. Un invierno con Ormuz cerrado obliga a España y a sus socios comunitarios a competir por cargamentos con Asia a precios de pánico, exactamente lo que ya ocurrió en 2022 con el gas ruso.

El precedente útil no es el de las grandes cumbres, sino el de la Guerra de los Tanques. Entre 1984 y 1988, Irak e Irán se dedicaron a minar y bombardear petroleros de terceros países en este mismo paso. Estados Unidos reabanderó buques kuwaitíes y desplegó la Operación Earnest Will para escoltarlos. La campaña duró meses, costó vidas y no terminó con una victoria limpia. La lección sigue siendo incómoda: minar un estrecho es barato; desminarlo y garantizar el tránsito, carísimo.

Los hitos que vienen son verificables. Elecciones israelíes el 27 de octubre, legislativas estadounidenses el 3 de noviembre y, entre medias, una oferta iraní que no caduca: los siete días no empiezan a contar hoy, sino el día en que Washington acepte unas condiciones que hoy nadie en la Casa Blanca da por asumibles. Es decir, el reloj no corre. Y eso, en un paso por el que respira la economía europea, es la peor noticia posible.