Telecos europeas contra Starlink: Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom pujan por el espectro de satélites

Las cuatro operadoras no invertirán en satélites: aportarán red, clientes y coordinación terrestre mientras buscan un socio industrial, con la estadounidense AST como favorita. Bruselas adjudica las frecuencias en primavera de 2027.

Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom pujarán juntas por el espectro satelital europeo que se adjudica en la primavera de 2027. Lo hacen con una carta de intenciones, no con una sociedad cerrada. Y lo hacen, sobre todo, para que Starlink no se quede en solitario con la llave que permite conectar un móvil sin torre en mitad del campo.

El documento firmado esta semana por las cuatro operadoras —y que no sustituye a sus alianzas satelitales previas— abre la puerta a una oferta conjunta en la futura asignación de espectro para Servicios Móviles por Satélite (MSS), la banda que habilita la conexión directa al dispositivo (D2D, el enlace entre un teléfono convencional y un satélite sin antena intermedia).

El encuadre elegido por las compañías no es comercial, sino de seguridad. Las cuatro vinculan la operación al objetivo declarado de la Comisión Europea de reforzar ‘la soberanía, la seguridad y la resiliencia’ en infraestructuras críticas de conectividad. Gobernanza europea, en definitiva, sobre un activo que hasta ahora nadie gobernaba desde Europa.

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La letra pequeña importa. Las operadoras no van a invertir en una constelación propia: aportarán infraestructura terrestre, capacidades de red, canales de venta y funciones de coordinación y supervisión. Los satélites los pondrá un socio industrial todavía sin designar. El calendario manda: la adjudicación del MSS es casi inmediata y no deja margen para diseñar, fabricar y lanzar satélites desde cero.

Por qué la primavera de 2027 es una fecha límite y no un horizonte

Ese es el nudo de toda la operación. Europa pone en el mercado unas frecuencias con plazo fijo y las telecos no tienen tiempo material para construir una constelación propia. De ahí la fórmula: entrar en la subasta con una oferta conjunta y, solo después, buscar la capacidad industrial para poner satélites en órbita. Primero el derecho de uso, luego la infraestructura.

Cuatro operadoras que compiten en la calle firman un papel para no pedir permiso a Elon Musk cuando suene el teléfono en un pueblo sin cobertura.

El socio apunta a la estadounidense AST, señalada desde el pasado 13 de octubre como la candidata con más opciones, aunque ninguna de las partes ha confirmado la elección. La combinación buscada es explícita: gobernanza europea y acceso al mercado, por un lado; tecnología satelital probada y experiencia de despliegue, por otro.

El motivo de fondo es la dependencia. El único operador occidental con capacidad real de servicio masivo es Starlink, la constelación de más de 10.000 satélites de SpaceX, la compañía de Elon Musk; su competidor más cercano, Amazon Leo, también es estadounidense. Y Europa ya ha probado el coste de esa dependencia: Starshield, el servicio de defensa basado en Starlink del que depende el ejército ucraniano, fue interrumpido por orden del Gobierno de Donald Trump, según ha trascendido. Puede consultarse el detalle técnico de la constelación en la ficha de Starlink.

A eso se suma el diseño del rival. Starlink no quiere ser un complemento de las redes móviles: quiere sustituirlas. Su estrategia pasa por acumular espectro en todas las regiones del globo, y su reciente compra de un amplio paquete de frecuencias en Estados Unidos hundió en bolsa a AT&T, Verizon y T-Mobile. La alianza europea es, en el fondo, autodefensa pura.

El acceso mayorista: la condición que Bruselas impone y que reordena el negocio

Bruselas no firma cheques en blanco. Los servicios que se presten con ese espectro deberán ofrecer a cualquier operador de red móvil un acceso mayorista abierto y no discriminatorio, de modo que una teleco ajena al consorcio pueda vender también D2D a sus clientes nacionales. Es la cláusula que evita que la puja derive en un oligopolio de cuatro propietarios y que el resto del mercado mire desde la barrera.

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Telefónica

En España el aterrizaje es directo. Telefónica, Orange y Vodafone son tres de las grandes redes móviles del país, y el servicio D2D es la vía más barata para cubrir lo que la fibra y el 5G no alcanzan: pedanías, puertos, montaña y comarcas de media densidad donde ninguna antena nueva sale a cuenta. Si el consorcio se queda con las frecuencias, esas zonas se cubrirán sin despliegue terrestre adicional. Si se las queda Starlink, la cobertura llegará igual, pero la factura y la relación con el cliente pasarán por una empresa ajena a la cadena de valor europea. El cumplimiento de esa obligación mayorista corresponderá vigilarlo a la Comisión y a los reguladores nacionales, en España la CNMC.

Hay un ángulo industrial que España no debería dejar pasar. El consorcio descarta lanzar su propia constelación, pero el comunicado deja abierta la puerta a ‘disponer de las capacidades industriales’ para poner satélites en órbita más adelante. Ahí entra el ecosistema nacional, con Hispasat como operador de referencia y una cadena de proveedores auxiliares que lleva años reclamando carga de trabajo institucional. La agencia europea del programa espacial, la EUSPA, será la encargada de certificar y supervisar parte de esos servicios.

El Eje del Poder Europeo

El reparto de pesos dibuja el mapa de siempre. Orange —de capital francés— y Deutsche Telekom —con el Estado alemán como primer accionista— aportan el eje franco-alemán y la interlocución directa con el Berlaymont; Telefónica entra como socio del sur, con red y mercado en español; Vodafone, con pie en Reino Unido pero operación íntegramente europea, añade escala en Alemania, Italia y España. Ninguna de las cuatro puede permitirse quedar fuera. La que se descuelgue se queda sin espectro y, con él, sin asiento en la primera fila del negocio de conectividad de la próxima década.

La lectura a cinco años es incómoda para quien sigue concibiendo la UE como regulador y no como actor. Bruselas lleva años empujando una constelación europea de conectividad segura, con presupuesto público, calendario largo y resultados discutidos. Lo que ahora aparece es lo contrario: son las telecos privadas las que se organizan para comprar frecuencias europeas porque el calendario público no llega a tiempo. Observamos un patrón viejo: cuando Bruselas tarda, el mercado se autorregula y luego Bruselas legisla sobre lo que ya ha pasado.

El precedente útil no es la burbuja de las telecos de 2000, sino Galileo. Europa construyó su sistema de navegación por satélite después de que Estados Unidos amenazara con degradar la señal del GPS a los aliados. Tardó dos décadas y costó más de lo previsto, pero hoy ningún Ejército europeo pregunta a Washington dónde está. La constelación de conectividad va camino de repetir el guion, con una diferencia notable: aquí el dinero privado llega antes que el público y con mucha más prisa.

El riesgo está en el propio modelo. Un consorcio de cuatro operadoras con un socio satelital estadounidense no es soberanía europea: es soberanía de alquiler. Y el acceso mayorista obligatorio, si se aplica con rigor, diluirá la ventaja de los fundadores precisamente cuando más la necesiten. Aun así, la alternativa —dejar el espectro en manos de Starlink— se ha vuelto políticamente impagable en Bruselas tras el episodio ucraniano. La próxima ventana crítica es la primavera de 2027. Para entonces, el reparto de una de las infraestructuras críticas del continente estará decidido, y con él quién manda en la conexión del último kilómetro.

Cosas que pasan en 2026.