La banca española acumula 20.000 millones en deuda francesa y el bono galo acaba de marcar máximos de 24 años. Santander, BBVA y CaixaBank concentran el grueso de una cartera que los analistas consideran manejable, pero que ya cotiza en Bolsa cada vez que París tiembla.
Un rally que ya no distingue entre periferia y centro
El rendimiento del bono francés a diez años escaló el lunes al 4,93%, su nivel más alto en casi un cuarto de siglo, y la prima de riesgo —el sobrecoste que exige el mercado por prestar a París en lugar de a Berlín— se instaló en los 160 puntos básicos. Es la fotografía de un país que ha dejado de ser activo refugio sin haber entrado técnicamente en recesión.
La sacudida tiene tres patas: un endeudamiento público que no deja de crecer, un déficit que Bruselas mantiene bajo el procedimiento de déficit excesivo (el mecanismo que obliga a un Estado a presentar un plan de ajuste y le expone a multas si lo incumple) y una calle que no se calma. Los disturbios en varias ciudades, incluida París, han terminado pesando, más en el precio del bono que cualquier comunicado del Elíseo.
España, de momento, mira desde la barrera. Los mercados, no. Los seis bancos del Ibex 35 —Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell, Bankinter y Unicaja— suman más de 20.000 millones de euros en deuda soberana gala, según los informes de transparencia de la Autoridad Bancaria Europea (EBA) correspondientes al primer semestre de 2025, los últimos publicados. De media, los bonos franceses representan en torno al 7% de sus carteras de deuda soberana europea.
El reparto no es homogéneo. Santander acumula cerca de 7.900 millones; CaixaBank, unos 7.000; BBVA, algo más de 3.600. Los tres medianos —Sabadell, Bankinter y Unicaja— suman 2.200 millones entre todos. Fuentes financieras consultadas por Expansión señalan que las posiciones apenas se han movido en la banca mediana y que podrían haber crecido en los tres grandes.
La banca española no compra riesgo francés: compra rentabilidad. El problema llega el día en que la rentabilidad deje de compensar el susto.
La lógica de la compra es sencilla. Con los tipos oficiales a la baja, las carteras de deuda sostienen el margen de intereses, que es la diferencia entre lo que el banco paga por el dinero y lo que cobra por prestarlo. Un bono francés al 4,9% compite con cualquier crédito empresarial y apenas consume capital.
Qué pasa si el bono galo sigue subiendo
Aquí aparece el matiz que separa el susto de la crisis. La mayor parte de esas carteras están clasificadas a coste amortizado, la categoría contable que permite al banco ignorar el vaivén diario del precio y cobrar el cupón hasta el vencimiento. Antonio Castelo, analista de iBroker, lo resume así: ‘la mayor parte de estas carteras se encuentra protegida bajo la categoría de coste amortizado, lo que aísla a la cuenta de resultados de los vaivenes diarios del bono’.

Esa coraza no es infinita. Si las tensiones se alargan y la entidad necesita liquidez, vender antes del vencimiento convierte una minusvalía latente en pérdida contable. Javier Cabrera, de XTB, sitúa el riesgo real en otro sitio: en una subida de tipos que haga caer la cartera justo cuando los clientes aceleran las retiradas de depósitos.
Hoy por hoy, el consenso descarta que los bancos amplíen su apuesta por la deuda gala. Nuria Álvarez, de Renta 4, lo explica con una frase que sirve para cualquier entidad europea: ‘todo recurso que la banca use para comprar bonos son recursos que no se trasladan a la concesión de crédito’. Traducido a la calle: cada euro inmovilizado en un bono francés es un euro que no financia una pyme en Badajoz.
El Eje del Poder Europeo
El primer eje que se mueve es el franco-alemán, y lo hace en una dirección incómoda para París. Francia ha financiado durante una década su déficit casi al mismo precio que Alemania, y ese privilegio se ha terminado. Berlín no necesita hacer nada: le basta con que el Bund siga siendo el único refugio líquido de la eurozona. Cada punto que sube el bono galo es un punto de influencia que gana el contribuyente alemán en cualquier negociación sobre las reglas fiscales.
Los frugales —La Haya, Viena, Copenhague, Estocolmo, Helsinki— ya tienen su argumento servido. Si el país que diseñó el Pacto de Estabilidad junto a Alemania incumple, ningún ministro del norte aceptará relajar la disciplina común. Es el mismo pulso que rodeó la reforma de las reglas fiscales que la UE cerró en 2024, y que ahora vuelve con más fuerza.
Para España el asunto se lee en dos planos. El primero es el de la banca: una exposición del 7% no es una bomba, pero tampoco es cero. El segundo es más estratégico. Si el dinero sale de Francia buscando refugio, no todo va a ir a Berlín; una parte buscará periferia con mejores fundamentos, y ahí Madrid compite con Roma y Lisboa por ese capital. El problema es que España no puede celebrar el ensanchamiento del diferencial francés: significa que la eurozona ha perdido su segundo ancla.
Hay un precedente que conviene tener a mano. Entre 2010 y 2012, la prima de riesgo española superó los 600 puntos, el país necesitó el rescate bancario del MEDE —algo más de 40.000 millones— y el Banco Central Europeo se inventó el ‘lo que haga falta’ de Mario Draghi para evitar la ruptura del euro. Entonces España era el problema. Ahora es espectadora de un guion que ya conoce, con un matiz que inquieta en Fráncfort: si el diferencial francés se descontrola, la política monetaria deja de transmitirse por igual en toda la eurozona, y el único instrumento disponible para corregirlo es el TPI, el escudo aprobado en 2022 y nunca utilizado, que exige a cambio un plan de ajuste firmado.
Ahí está la contradicción del argumento tranquilizador. El ‘riesgo limitado’ se calcula con una contabilidad que asume que el banco aguanta hasta el vencimiento. Ese mismo supuesto es el que se rompió en marzo de 2023 con Silicon Valley Bank y con Credit Suisse: bastó una retirada de depósitos más rápida de lo previsto para convertir una cartera teóricamente sólida en una venta forzada con pérdidas.
Lo que observamos es una exposición razonable en un entorno que ha dejado de serlo. La próxima ventana crítica no es una cumbre: es cada subasta del Tesoro francés y el próximo ejercicio de transparencia de la EBA, que actualizará las carteras a cierre de diciembre. Si el bono galo sigue en el 4,9% para entonces, la pregunta ya no será cuánto tienen los bancos españoles en Francia, sino cuánto tarda el BCE en tener que decirlo en voz alta.
