Sebastián de Belalcázar, el conquistador que fundó Quito en 1534

Llegó a Quito en diciembre de 1534 y encontró una ciudad incendiada por Rumiñahui, sin el oro que buscaba. Fundó Cali y Popayán, persiguió El Dorado y murió en Cartagena de Indias en 1551 mientras la corona lo juzgaba por la ejecución de Jorge Robledo.

El humo aún salía de los muros cuando Sebastián de Belalcázar entró en Quito. Corría diciembre de 1534 y la ciudad que los incas habían tenido por cabeza del norte no era más que un reguero de ceniza y piedra negra. Rumiñahui, el general que había reorganizado la resistencia tras la muerte de Atahualpa, la había incendiado antes de replegarse a la montaña. Los hombres de Belalcázar buscaron oro entre las vigas carbonizadas y no lo encontraron.

Sobre aquel solar arrasado se levantó acta, el 6 de diciembre de 1534, de una ciudad nueva: San Francisco de Quito. El fundador rondaba los cincuenta años, llevaba a cuestas un nombre tomado de un pueblo de Córdoba y media vida de campañas. No era un teólogo ni un cortesano. Era un capitán de frontera que había aprendido su oficio fundando y matando, casi siempre en ese orden.

Capítulo I: El nombre de un pueblo de Córdoba

Sebastián de Belalcázar nació en Benalcázar, en los Pedroches, al norte de la actual provincia de Córdoba, hacia 1480. La fecha exacta se les escapa a sus biógrafos, que dudan entre esa década y la siguiente, y sobre su cuna los papeles dicen todavía menos. No hay en su expediente mayorazgo ni blasón que lo saque de la masa anónima de segundones y soldados. El topónimo acabó siendo su apellido: Benalcázar en los documentos del siglo XVI, Belalcázar en la historiografía que vino después.

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Pasó a las Indias en los primeros años del siglo XVI, en la corriente de hombres que cruzaban el Atlántico detrás de gobernadores y capitanes. Su nombre empieza a tener peso en las guerras de Castilla del Oro y de Nicaragua, a las órdenes de Pedrarias Dávila, un gobernador tan temido por los suyos como por los indios. Allí, en aquel laberinto de volcanes, lagos y selva, Belalcázar se curtió en una guerra sin cuartel que se libraba a la vez contra los naturales y entre los propios españoles.

Quien haya leído las probanzas de aquellos años sabe que, en ellas, cada conquistador se pinta a sí mismo como un dechado de lealtad y de servicios nunca pagados. Las de Belalcázar no son distintas. Pero incluso descontando la mitad de lo que declaran los testigos a sueldo, queda un hombre de una resistencia física fuera de lo común, de una ambición que no se detenía ante los escrúpulos y de una habilidad notable para sobrevivir a los cambios de fortuna.

Capítulo II: La hora de Pizarro

En 1532 apareció en el Perú y se incorporó a la hueste de Francisco Pizarro. Estuvo en la jornada de Cajamarca, aquella tarde de noviembre en que Atahualpa cayó preso con un séquito de miles de hombres y la sorpresa hizo el trabajo de un ejército. Cuando el Inca fue ejecutado en 1533, la conquista dejó de ser un asunto de audacia y se convirtió en una carrera por los territorios del norte.

Pizarro le encargó la conquista de la provincia de Quito, la tierra de donde se decía que habían salido los tesoros del Inca y donde, según los informes, aguardaba todavía un oro sin dueño. Belalcázar salió de Piura y subió por la cordillera con una hueste pequeña: los tambos del camino real, las ruinas todavía humeantes de Tomebamba, los páramos de Alausí, Riobamba y Latacunga. Fue una marcha de semanas, con frío de altura, con indios de carga que se perdían en las quebradas y con hombres que se quedaban en las cunetas.

El 15 de agosto de 1534 fundó Santiago de Quito en tierras de Riobamba. La ceremonia fue la de siempre, la que se repetía de California al Plata: se plantó un rollo en la plaza, se alzó el estandarte real, el escribano leyó el acta y se nombraron alcaldes y regidores entre los vecinos que se comprometían a quedarse. La ciudad era, de momento, un campamento con papeles. Poco después la hueste siguió avanzando hacia el norte, hacia el valle donde de verdad había estado la capital del norte incaico.

Capítulo III: Quito, la ciudad que ardía antes de nacer

Lo que encontraron no era una capital. Era un incendio apagado. Rumiñahui había organizado la resistencia con una lógica que los españoles tardarían en entender: no dejarles nada. Incendió Quito, se llevó consigo lo que pudo y escondió el resto. El oro que buscaban los hombres de Belalcázar no estaba en las casas porque nunca había estado allí: era la suma de objetos rituales, tejidos y metales que el Inca había acumulado durante generaciones y que ahora viajaban a lomos de indios por los caminos de la montaña.

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El 6 de diciembre de 1534, sobre aquel solar, se fundó San Francisco de Quito. Se trazó la plaza, se nombró cabildo, se repartieron solares entre los vecinos que se quedaban. Belalcázar no se quedó. La tierra era fría, estaba arrasada y, sobre todo, no tenía oro. Un año después, Rumiñahui fue capturado y ejecutado; la tradición recogida por los cronistas dice que lo atormentaron para que declarase el escondite del tesoro y que murió sin decirlo. Fuera cierto o no, el relato venía a confirmar lo que los conquistadores sospechaban: que el oro existía y que alguien lo había movido de sitio.

Esa sospecha, más que cualquier mapa, empujó a Belalcázar hacia el norte. La buscaría el resto de su vida, y con ella arrastró a cientos de hombres que dejaron los huesos en los páramos y en los pantanos.

Capítulo IV: Cali, Popayán y el país de los pantanos

En 1535 salió de Quito hacia el norte, hacia las tierras del alto Cauca. Bajó al valle, una franja de tierra fértil entre dos cordilleras, y allí fundó, el 25 de julio de 1536, Santiago de Cali. El 13 de enero de 1537, más al sur, en el valle de Pubenza, fundó la Asunción de Popayán.

No eran ciudades de oro. Eran ciudades de paso, de ganado, de encomiendas y de indios que había que repartir. Los cabildos de Cali y de Popayán lo nombraron gobernador y pidieron al rey que confirmase el nombramiento, que era tanto como pedirle a la corona que legalizase lo que ya estaba hecho sobre el terreno. El cronista Pedro Cieza de León recorrió esas mismas tierras pocos años después y dejó noticia de ellas en su Crónica del Perú: el valle, la humedad, la fertilidad de la tierra y la dureza de la guerra que la había precedido. Cieza, que no era amigo de exagerar las virtudes de los conquistadores, describió un país rico y una población indígena castigada.

Cada fundación era, en la práctica, la capital de un territorio que nadie le había concedido por escrito. Belalcázar lo sabía, y por eso acumulaba actas, padrones y testimonios: papeles con los que algún día pensaba defender en la corte lo que sus hombres habían ganado con las armas.

fundación de Quito

Capítulo V: El Dorado y el pacto de los tres conquistadores

En 1539 llegó a la sabana de Bogotá la noticia que llevaba años circulando por el Caribe y por los Andes: existía un señor que se cubría el cuerpo de polvo de oro y se bañaba en una laguna, la de Guatavita, mientras los suyos arrojaban ofrendas al agua. El hombre dorado. El Dorado. La leyenda era, en parte, un recuerdo deformado de los rituales muiscas; en parte, la excusa perfecta para no volver a casa con las manos vacías.

Tres expediciones convergieron aquel año en el altiplano. Gonzalo Jiménez de Quesada había subido desde Santa Marta por el Magdalena y había fundado Santa Fe de Bogotá en 1538. El alemán Nicolás de Federmann llegaba desde Venezuela, al servicio de los banqueros Welser. Y Belalcázar bajaba desde Popayán con sus hombres. Los tres se encontraron en la sabana, cada uno convencido de tener derechos sobre la misma tierra, y ninguno con fuerzas suficientes para imponerse a los otros dos.

Acordaron someter el pleito a la corona y viajar a España. Quesada y Belalcázar embarcaron; Federmann también acabaría yendo a la corte, donde murió en 1542. En España, Belalcázar consiguió lo que había ido a buscar: la gobernación de Popayán. Volvió a Indias con el título y con la sospecha, probablemente cierta, de que su autoridad sobre capitanes y ciudades sería discutida en seguida, en cuanto pusiera un pie en tierra.

Capítulo VI: La cabeza de Jorge Robledo

La discusión no tardó. Jorge Robledo, uno de sus capitanes, había fundado Anserma en 1539, Cartago en 1540 y Santa Fe de Antioquia en 1541, y había empezado a buscar el reconocimiento directo de la corona y de la Audiencia de Panamá para no depender de Belalcázar. Era el juego habitual: fundar, poblar, pedir mercedes y esperar a que el rey premiase al más rápido.

Belalcázar lo hizo prender. Le instruyó un proceso, lo acusó de haberse alzado con territorios que le correspondían y lo condenó a muerte. En octubre de 1546, Robledo fue ejecutado. El ajusticiamiento de un conquistador con fundaciones propias a la espalda no era un asunto menor: era un mensaje a todos los capitanes que pensaran jugar la misma carta. Y era, también, el tipo de decisión que la corona no estaba dispuesta a dejar impune en manos de un gobernador.

El caso llegó a la Audiencia de Santa Fe, creada en 1549, y de allí a la corte. Belalcázar fue condenado en 1550 a pagar una suma cuantiosa y a resarcir a los deudos de Robledo; se le ordenó comparecer en España para responder del resto de los cargos.

Capítulo VII: Cartagena de Indias, 1551

Apeló. Reunió papeles, testigos y probanzas, y se dispuso a cruzar el Atlántico para defenderse en persona, como había hecho una década antes. No llegó a embarcar. Sebastián de Belalcázar murió en Cartagena de Indias en 1551, en el puerto, con el pleito abierto y el pasaje sin usar.

Dejaba tres ciudades que siguen en pie y un rastro de documentos judiciales. Quito, Cali y Popayán crecieron, se poblaron, cambiaron de manos y de siglo, y acabaron siendo capitales de algo que su fundador no había previsto. Él, en cambio, pasó a la memoria como el hombre que llegó tarde al oro y demasiado pronto al cadalso de un rival.

Los archivos de Indias guardan todavía sus probanzas de méritos, esas listas de servicios que los conquistadores redactaban para sí mismos y en las que siempre faltaba una línea: la de lo que habían destruido por el camino. Belalcázar hizo escribir muchas. En ninguna, que se sepa, aparece el nombre del escribano que levantó el acta de Quito un 6 de diciembre, sobre las cenizas, mientras el humo seguía subiendo.