El mando militar de Corea del Sur en tiempo de guerra lleva más de siete décadas en manos de un general estadounidense. Lee Jae Myung quiere recuperarlo, y lo ha dicho este lunes en voz alta.
Desde el complejo presidencial de la Casa Azul, en Seúl, el presidente surcoreano afirmó que su país está en condiciones de asumir el control operacional en tiempo de guerra: el llamado OPCON, la potestad de dirigir las operaciones combinadas si estalla un conflicto con el Norte. ‘Dicho sin rodeos: deberíamos recuperar el control operacional en tiempo de guerra cuanto antes’, declaró, según recogió la agencia Yonhap. La Casa Blanca respondió con un mensaje de continuidad: la política estadounidense ‘ha sido coherente durante décadas’ y el traspaso se hará ‘cuando se hayan cumplido las condiciones acordadas’. El Departamento de Guerra —la denominación que adoptó el Pentágono— lo describió como un proceso bilateral ‘basado en condiciones’, sin calendario público.
Qué es el OPCON y por qué Seúl lo quiere antes de 2030
El Mando de Fuerzas Combinadas coordina hoy la respuesta aliada ante una hipotética invasión norcoreana. Lo dirige un general estadounidense de cuatro estrellas, con un general surcoreano como número dos. Washington mantiene en el país unos 28.500 militares, según el propio mando estadounidense en Corea del Sur. El esquema propuesto invierte los papeles: un general surcoreano al frente y un estadounidense como adjunto, una estructura que ambos países ya respaldaron en un acuerdo de defensa conjunto en 2018.
La historia pesa. Corea del Sur entregó el control de sus fuerzas al Mando de la ONU durante la guerra de 1950-1953, que terminó con un armisticio y sin tratado de paz: técnicamente, la península sigue en guerra. La responsabilidad pasó al mando combinado en 1978 y Seúl recuperó el control en tiempo de paz en 1994. En 2007 ambos gobiernos pactaron transferir también el mando en guerra, con 2012 como primera fecha. Luego se aplazó a 2015 y, después, el calendario se cambió por un enfoque de capacidades: Corea del Sur debe acreditar mando y control, defensa antimisiles y condiciones de seguridad antes de de que se produzca el traspaso.
Ahí está la fricción. El general Xavier Brunson, jefe del contingente estadounidense, dejó constancia en su testimonio ante el Congreso de que su Ejército había presentado una hoja de ruta para cumplir los requisitos a principios de 2029. Lee quiere el traspaso cerrado antes de que acabe su mandato, en 2030, y ha convertido la recuperación del mando en una cuestión de soberanía nacional. La portavoz del Ministerio de Defensa surcoreano, Chung Bin-na, avisó de que cambiar los requisitos sobre la marcha puede volver a bloquear la transferencia.
No hay coro entre los expertos. Matthew Wallin, del American Security Project, lo ve razonable: ‘Si hay una guerra en la península, las tropas surcoreanas van a constituir el grueso de las fuerzas que defiendan el país’. Michael O’Hanlon, del centro de estudios Brookings, se opone sin matices: ‘Estoy categóricamente en contra, porque Estados Unidos sigue siendo el respaldo de la alianza como superpotencia nuclear’. Bruce Bechtol Jr. sostiene que el ejército surcoreano aún no ha cerrado varios saltos en preparación y mando. James Park, del Quincy Institute, replica que retrasar el traspaso indefinidamente también erosiona la capacidad surcoreana de liderar su propia defensa.
El reparto de carga no es un castigo a los aliados: es la forma que tiene Washington de seguir siendo imprescindible sin pagar solo la factura.
Del mando coreano al 5% de la OTAN: el mismo manual

Corea del Sur no discute el dinero. Dedica a defensa en torno al 2,8% de su PIB, por encima de la mayoría de los socios europeos. Lo que reclama es el mando. Y ahí aparece la lógica que Donald Trump ha convertido en doctrina: quien pone las tropas decide menos, y quien recibe la protección paga más. En la cumbre de La Haya de 2025, los aliados se comprometieron a destinar el 5% del PIB a defensa en 2035 —un 3,5% de gasto militar puro y un 1,5% en infraestructuras duales—. Es la traducción europea de lo que Seúl negocia ahora en clave bilateral.
España aún no ha llegado al 2% y su hoja de ruta sitúa ese listón en 2029, el mismo año de la hoja de ruta de Brunson. Para la industria española hay dos caras. La buena: cada punto adicional de gasto abre concursos para Indra y Navantia, junto a firmas como Escribano, que ya compiten en programas europeos de misiles, buques y sistemas no tripulados. La incómoda: Corea del Sur se ha convertido en uno de los grandes exportadores de defensa del planeta, con obuses K9 y aviones FA-50 que pelean por los mismos contratos que la oferta europea y con plazos de entrega que los fabricantes del Viejo Continente no siempre igualan. España aporta además alrededor de 700 militares a la agrupación multinacional de la OTAN en Eslovaquia.
La Lógica de Washington
¿Por qué la primera potencia mundial acepta ceder el mando en la península más militarizada del planeta? Porque la alternativa le cuesta más. Desde la doctrina Guam de Richard Nixon en 1969 —cuando Washington avisó a Asia de que defendería sus intereses, pero no cargaría con todas las guerras de sus aliados—, el Partido Republicano ha tenido una corriente constante que entiende las alianzas como contratos revisables y no como sacramentos. Trump la ha convertido en política oficial. Eso sí, con una condición intocable: Estados Unidos conserva su cadena de mando propia y su paraguas nuclear. El contingente estadounidense opera al margen del mando combinado y mantiene sus responsabilidades nacionales.
La coalición que sostiene la decisión es más ancha de lo que parece. El votante de Trump escucha ‘reparto de carga’ y entiende ‘nuestros chicos no van a morir por otros gratis’. El Pentágono escucha ‘libero una brigada de cuatro estrellas para el Indo-Pacífico’. Los críticos escuchan ‘pérdida de preparación en el peor sitio posible’. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Lo que observamos es que Washington está reeditando el manual de Nixon, no el de la retirada.
El riesgo tiene nombre: preparación. Si la transferencia se hace por calendario y no por capacidades, el mando combinado puede quedarse con oficiales que aún no han ensayado la integración completa. Bechtol lo advierte: cualquier caída de preparación ‘puede cambiar las percepciones en China y en Corea del Norte’. La incógnita no es si Seúl quiere el mando, sino si en 2029 estará listo para ejercerlo sin que el paraguas americano tenga que abrirse igualmente.
Para Madrid, la proyección es una presión sostenida: la próxima reunión de ministros de Defensa de la OTAN volverá a poner cifras sobre la mesa, el proyecto de Presupuestos de 2027 medirá cuánto se acerca España al 2% y el horizonte de 2029 fijará el primer examen serio. Nada de esto se decide en Madrid. Todo esto aterriza en Madrid.
Ficha del Caso
- El caso: El presidente surcoreano reclama el control operacional en tiempo de guerra, hoy en manos de un general estadounidense, mientras la Casa Blanca insiste en que el traspaso llegará cuando se cumplan las condiciones militares acordadas.
- Datos clave: 28.500 militares estadounidenses en Corea del Sur; hoja de ruta del mando estadounidense para principios de 2029; mandato de Lee hasta 2030; objetivo del 5% del PIB en la OTAN para 2035; Corea del Sur ronda el 2,8% y España aún no alcanza el 2%.
- Para España: el calendario presiona al alza el gasto y abre contratos para Indra y Navantia, pero la industria coreana compite por los mismos concursos con entregas más rápidas.
