Un teniente del Ejército ruso espió para Ucrania durante meses antes de desertar. No fue un desertor que cruzó la línea y contó lo que sabía: fue un agente en el puesto que se ofreció voluntariamente a los servicios militares de Kyiv y que, a lo largo de 2024, fue pasando ubicaciones y planes de batalla de las unidades a las que estaba destinado. Después, esas unidades fueron destruidas. Después, cruzó.
Lo cuenta The Wall Street Journal en un perfil titulado The Defector que, a juicio de los veteranos del oficio, acabará siendo lectura obligatoria en las escuelas de inteligencia militar estadounidenses durante años. Le adelanto el detalle que importa: se ofreció él primero. Ese es el perfil que buscan todos los servicios del mundo y el que casi nunca encuentran.
Un oficial joven desencantado con la guerra. No el ideólogo, sino el que se cansa. El cansancio es el mejor reclutador de la inteligencia militar, y lo he visto en demasiados expedientes como para tratarlo como una excepción estadística.
El relato no detalla el canal de comunicaciones. No dice si hubo un dead drop físico, si se usó una aplicación cifrada de consumo masivo o si existió un enlace presencial con un oficial de caso ucraniano. Tampoco aclara cómo se produjo la exfiltración final del oficial. Esa ausencia no es un descuido: es justo la parte del tradecraft que nadie enseña en público.
Lo que sí queda claro es el rendimiento. Durante meses, un solo hombre con acceso a planes de batalla alimentó a un ejército extranjero con la posición y la intención de sus propios compañeros. Un topo con acceso a planes de batalla vale más que una brigada y cuesta infinitamente menos.
El espionaje no se mide por los informes que se entregan, sino por el tiempo que un hombre aguanta dentro sin que nadie lo note.
Ahora la pregunta que se hace medio Washington: ¿por qué Kyiv lo cuenta ahora? El caso se cerró en 2024 y el oficial ya está fuera de Rusia. Publicitarlo tiene un coste evidente, el de revelar métodos, y un beneficio igual de evidente. La propaganda bien administrada también es contrainteligencia. Si el FSB y el GRU sospechan de cada teniente, cada capitán y cada oficial de Estado Mayor, la maquinaria se ralentiza sola.
Hay precedentes que explican por qué Ucrania juega esta carta. Los servicios rusos no perdonan la traición y han demostrado una paciencia de años. El caso del piloto Maxim Kuzminov lo ilustra mejor que ningún manual: desertó en 2023 con un helicóptero Mi-8, dio una rueda de prensa con nombre y apellidos, y en febrero de 2024 apareció muerto en Villajoyosa, en Alicante, con varios disparos. La investigación española apuntó a una operación de los servicios rusos y la Guardia Civil llegó a identificar a dos sospechosos.
Le pongo en contexto: ese precedente explica por qué resulta llamativo que Kyiv haya decidido airear el caso con este nivel de detalle. O el hombre está ya reubicado con una identidad nueva y el mensaje compensa el riesgo, o alguien ha decidido que su valor como ejemplo pesa más que su valor como fuente. No tengo la respuesta. Reconozco que nadie fuera de Kyiv la tiene.
El general que ahora cobra de la Republika Srpska

El segundo movimiento de la semana es más mundano y, a mi juicio, bastante más revelador. Michael Flynn, exjefe de la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense y durante veinticuatro días consejero de Seguridad Nacional de Trump, se ha registrado como agente extranjero de la Republika Srpska, la entidad serbobosnia que dirige el prorruso Milorad Dodik.
El trámite se presentó bajo la Ley de Registro de Agentes Extranjeros, la FARA, y consta en los documentos que gestiona la unidad FARA del Departamento de Justicia. La cantidad declarada: 100.000 dólares al mes. El objeto: ‘asesoramiento y análisis estratégico’ y ‘trabajar para mejorar las relaciones políticas entre la Republika Srpska y Estados Unidos’. Lo publicó Balkan Insight y lo recoge SpyTalk.
Flynn no está solo. Katie Wiles, hija de la jefa de gabinete de la Casa Blanca, Susie Wiles, es socia de Continental Strategy, la firma de lobby de Washington que se registró como agente de la Republika Srpska a principios de 2026. De la fotografía que circula estos días, con un rifle en la mano junto al ministro del Interior serbobosnio, Željko Budimir, prefiero no añadir nada.
El New York Times sumó otro dato que conviene subrayar: al menos seis operativos políticos actuales o pasados de Trump viajaron este mes a Srpska para asistir al gobierno en sus elecciones. Entre ellos, Alex Garcia y el abogado Andrew H. Smith. El partido de Dodik ganó con holgura.
Aquí está la lectura que me interesa. Un exdirector de la DIA, es decir, el hombre que dirigió la inteligencia militar de Estados Unidos, registrado como agente pagado de un satélite prorruso en los Balcanes. La DIA forma oficiales para detectar exactamente eso. Que uno de sus antiguos jefes cobre de un proxy de Moscú no es un escándalo moral: es un problema de contrainteligencia con nombre, apellidos y factura mensual.
Y no conviene olvidar el detalle hispano. España carece de un instrumento equivalente a la FARA. El registro de grupos de interés del Congreso es voluntario, liviano y sin consecuencias penales reales. Cualquier despacho de Madrid puede firmar con un gobierno extranjero, cobrar por ello y no declararlo en ningún sitio. En esta redacción seguimos de cerca cuántos de esos contratos existen y quién los firma; algún día habrá que contarlos en público.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Vector de amenaza. Estamos ante una infiltración HUMINT en su forma más pura: un agente en el puesto dentro de una estructura militar, que transmite durante meses sin levantar sospecha, y una extracción final. El segundo caso es distinto: no hay espionaje clandestino, hay influencia declarada y cobrada. Pero el efecto agregado es el mismo, porque ambos episodios describen lo mismo desde ángulos opuestos. La penetración humana sigue siendo la vía más rentable para mover un tablero.
Agencias implicadas. Ataca, en el caso ucraniano, la inteligencia militar de Kyiv. Defiende el FSB y la contrainteligencia militar rusa, que llevan dos años intentando cerrar la hemorragia de oficiales descontentos. Miran la CIA y la NSA, cuyo apoyo SIGINT se interrumpió, y luego se ‘desbloqueó’, según dijo Zelenski en Meet the Press; también mira el MI6, que sigue el patrón. En el caso Flynn, el atacante es un aparato de influencia —Dodik, con Moscú al fondo— y el defensor es el propio sistema estadounidense que Flynn ayudó a construir. Tercero en discordia: el Departamento de Justicia, que tramita el registro y no lo impide.
Clasificación estimada. El material del teniente —posiciones, planes de batalla, orden de batalla de sus unidades— es Secreto, y en algunos fragmentos probablemente Top Secret, porque el valor de un plan de batalla no está en el qué sino en el cuándo. El expediente Flynn es otra cosa: es un registro público, Sin Clasificar pero Sensible, y precisamente por eso duele más.
El precedente que mejor lo explica sigue siendo Aldrich Ames, el hombre del contraespionaje de la CIA que durante nueve años vendió a la KGB agentes que luego fueron ejecutados. Su caso no se detectó con SIGINT ni con un zero-day: se detectó con una auditoría aburrida y con la insistencia de un puñado de analistas. La lección vale igual hoy. La contrainteligencia rara vez se gana con tecnología. Se gana con gente que hace preguntas incómodas a sus propios jefes.
Y una advertencia sobre la atribución, porque aquí el terreno es blando. Que el relato del teniente sea cierto no está en duda: lo publica el diario que mejor ha documentado la guerra. Que la decisión de publicitarlo sea en sí misma una operación psicológica es una hipótesis razonable y sin prueba pública. Lo he escrito otras veces: en espionaje, la línea entre informar y operar es una raya de tiza.
Queda un hito concreto al que agarrarse. Cuando la unidad FARA del Departamento de Justicia publique su próximo balance de registros, veremos cuántos nombres del entorno Trump han recorrido el mismo camino que Flynn. Esa cifra dirá más sobre la política exterior real de Washington que cualquier discurso. Y sobre España, ni una línea: aquí seguimos sin saber quién cobra de quién.

