La doctrina rusa sobre Europa ha dado un vuelco: Bruselas, y no Washington, es ya su adversario principal.
Dmitry Adamsky, profesor en la Escuela de Gobierno de Harvard y una de las referencias occidentales en pensamiento estratégico ruso, documenta en Foreign Affairs que casi cinco años de guerra y veintidós meses de segunda administración Trump han reordenado el mapa mental del Kremlin. El enemigo número uno ya no está en Washington.
El enroque ruso: por qué Bruselas sustituye a Washington en el punto de mira
El concepto que circula entre los intelectuales de defensa próximos al poder es el de castling, el enroque del ajedrez. Mover piezas y recursos para mejorar la posición sin cambiar el objetivo. En clave geopolítica significa redirigir la presión coercitiva hacia Europa —sus élites, sus centros de decisión, su infraestructura crítica— y no hacia Estados Unidos.
La premisa rusa es concreta: son las capitales europeas, no la americana, las que sostienen hoy la capacidad militar, la resolución política y la resistencia estratégica de Ucrania. De ahí el objetivo que los teóricos moscovitas describen como ‘miedo disuasorio’, una Europa que tema antagonizar a Rusia y rebaje su apoyo a Kiev.
Los fines últimos no han cambiado. Siguen siendo los que Vladímir Putin invocó en 2022: impedir la ampliación de la OTAN a Ucrania y a otras repúblicas exsoviéticas, revertir el flanco este de la Alianza y limitar los ejercicios y despliegues aliados cerca de la frontera. La novedad es el destinatario de la coacción.
Moscú no ha cambiado sus objetivos: ha cambiado a quién decide cobrárselos.
El segundo movimiento del tablero es la lectura que el Kremlin hace del repliegue americano. Los estrategas rusos dan por hecho que Asia ha sustituido a Europa como teatro principal de Washington, y explican con ese prisma la resistencia de la Casa Blanca a sostener a Ucrania, el alivio de sanciones decidido a mediados de octubre y la presión renovada sobre Kiev. La demostración de fuerza en el Caribe encaja en el guion. La guerra de Irán, en cambio, se interpreta como una desviación no deseada que la administración Trump quiere cerrar cuanto antes.
Que esa lectura sea exacta importa menos que su condición de certeza compartida en Moscú.
La ‘curiosidad nuclear’ europea que Moscú ya lee como casus belli
El tercer desplazamiento es el que más incomoda en Bruselas. Adamsky describe una fijación creciente en la ‘curiosidad nuclear’ europea: la modernización de los arsenales francés y británico, la disposición a exhibirlos con más decisión y la posibilidad de que París y Londres extiendan garantías nucleares a terceros países. En el Kremlin se sigue con atención a Berlín, Varsovia y el arco nórdico-báltico. Los pronunciamientos de responsables polacos a comienzos de 2026 a favor de un paraguas propio fueron leídos como una señal.
Cualquier paso de un Estado europeo hacia el club nuclear se interpreta en Moscú como cruce de línea roja y, en el peor de los casos, como casus belli. A eso se suma el despliegue de armas convencionales de precisión y largo alcance cerca de las fronteras rusas. Para la OTAN, esa Europa más autónoma compensa el riesgo de que Washington se desentienda. Para Moscú, es la prueba de que Europa podría intentar golpear su arsenal nuclear o su cúpula dirigente. El continente que el Kremlin veía como un simple aparcamiento de fuerzas estadounidenses ha dejado de serlo.
La caja de herramientas también ha cambiado. Los teóricos militares rusos hablan de disuasión estratégica no nuclear: armas de precisión, drones, misiles balísticos, de crucero e hipersónicos, y lo que llaman ‘armas basadas en nuevos principios físicos’, el cajón de sastre donde entran los pulsos electromagnéticos y las microondas de alta potencia. La guerra de Ucrania ha convertido esa idea en doctrina práctica. Desde 2024 Moscú apuesta por salvas balísticas más sofisticadas, con el Oreshnik, su misil balístico de alcance intermedio, como pieza de exhibición. La revista Military Thought, órgano del Estado Mayor, publica artículos sobre el asunto desde 2025, y cada rama de las fuerzas armadas desarrolla su propia versión.
Equilibrio de Poder
La lectura que hacemos desde aquí es que el tablero ha cambiado de eje. Washington negocia con un interlocutor que ya no piensa como en 2022 y lo hace con una lógica transaccional que Moscú interpreta como permiso. Bruselas, mientras tanto, descubre que ha dejado de ser terreno para convertirse en objetivo. La apuesta rusa es al cansancio europeo: elevar el coste político de sostener Ucrania hasta que las capitales calculen distinto. Es la misma lógica que Moscú ensayó con la crisis energética de 2022 y que entonces no le funcionó.
Para España el giro tiene consecuencias medibles. Rota concentra cuatro destructores AEGIS, el mayor despliegue antimisiles permanente de Estados Unidos en Europa, y Morón alberga la fuerza de respuesta rápida del cuerpo de Marines. Ambos enclaves dejan de ser retaguardia logística para convertirse en infraestructura sensible dentro de una doctrina que prioriza precisamente eso. A eso se suma el flanco sur, donde la retirada occidental del Sahel ha dejado el terreno a una Rusia que opera con el Africa Corps en Malí, Níger y Burkina Faso, y donde España se juega la presión migratoria, la estabilidad de Marruecos y Argelia y la vigilancia del Estrecho. Madrid lo mira de reojo y se fija en en la frontera sur más que en el Báltico.
En el debe, el compromiso de La Haya de 2025 —5% del PIB en 2035, con un 3,5% de gasto militar puro— sigue sin traducirse en una industria que sostenga ese esfuerzo, y el FCAS avanza más despacio que el calendario. A cinco o diez años, el escenario que dibuja Adamsky augura algo peor que una carrera armamentística: un continente sin arquitectura de control de armamentos. El tratado INF murió en 2019 y nadie lo ha reemplazado. Los sistemas de alcance intermedio han vuelto al tablero, con el Oreshnik en Bielorrusia y los misiles de crucero en Kaliningrado, sin marco que los limite.
El análisis tiene una grieta, y Adamsky la señala: nada de esto figura en una doctrina formal. Son ideas que circulan, y por eso mismo pueden torcerse o acelerarse. La disuasión estratégica no nuclear rusa es un concepto en construcción, con servicios compitiendo por definirla, lo que la hace más imprevisible, no menos. El termómetro lo darán los anuarios del SIPRI y el Military Balance que el IISS publica cada febrero, el próximo en 2027. Pero el verdadero test es la negociación para acabar la guerra: si Moscú se sienta a hablar con un mapa mental europeo, las concesiones que pida no tendrán nada que ver con Washington.

