La ‘Casa de la Vaga’ de Barcelona coordina la huelga general del 11N con los sectores más combativos

El espacio abierto en el edificio histórico de la UB reúne a sindicatos de vivienda, estudiantes y plantillas municipales en conflicto. CCOO, UGT y CGT han registrado preavisos distintos, sin mesa unitaria a tres semanas del parón.

La huelga general del Casa de la Vaga del 11N ya tiene cuartel general en el edificio histórico de la Universitat de Barcelona. El espacio, bautizado Casa de la Vaga, funciona desde el lunes como centro de coordinación de un parón que llega con varias manos en la convocatoria y tres preavisos sobre la mesa.

Qué es la Casa de la Vaga y por qué está en la UB

La Universitat de Barcelona cedió el local en acuerdo con la organización y la inauguración se celebró en la tarde del lunes 19 de octubre. El emplazamiento no es neutro: el edificio histórico está frente a la plaza de Universitat, a un paso de la Gran Via, y coloca el conflicto en el corazón simbólico de la ciudad. La Universitat de Barcelona aparece así como anfitriona de un espacio que ninguna institución académica había albergado hasta ahora con esta centralidad. El nombre lo dice todo: la Casa de la Huelga.

El uso es doble. Por un lado, taller: cualquiera puede donar material o recogerlo para fabricar pancartas y utensilios de manifestación. Por otro, punto de información abierto para la ciudadanía, según la propia organización. Lo que observamos es que el formato evita la liturgia clásica del mitin sindical y apuesta por la lógica del centro social: la gente entra, pregunta, aporta.

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La segunda pata es la del debate. El martes 20 de octubre arrancó un ciclo de charlas orientado al 11N, y la primera llevaba un título elocuente: ‘Com organitzar una vaga?’. Sobre la mesa, tres perfiles de sectores que este año han protagonizado conflictos duros: el activista histórico del autobús Saturnino Mercader (CGT), el representante de los servicios sociales municipales Miquel Rubio (La Intersindical) y Marina Tort y Borja Garcia, del CAS (centro de atención social) de la Cruz Roja de Barcelona, también por CGT.

No eran invitados al azar. Los conductores de autobús cerraron hace unas semanas un acuerdo con TMB que desactivó los paros previstos; la plantilla de Cruz Roja acumula su propia experiencia de conflicto; y los servicios sociales municipales sostienen la que Rubio describe como la huelga más larga abierta ahora mismo en Catalunya, con ocho meses de paros junto a escuelas infantiles, oficinas de atención a la ciudadanía, bibliotecas, y el área de feminismos, todas bajo el paraguas del Ayuntamiento de Barcelona.

El 11N no nace de un solo agravio, sino del cálculo de tres sectores que han descubierto que en Barcelona la presión sostenida funciona.

Tres preavisos y ninguna mesa única: el mapa real del 11N

La foto completa es más incómoda de lo que sugiere la etiqueta de huelga general. La CGT registró la primera convocatoria, centrada en vivienda y trabajo digno. CCOO de Catalunya y UGT registraron después sus propios preavisos en Barcelona, con un mensaje que apunta a dos ejes: subida de salarios e intervención del mercado de la vivienda. Son tres procesos con interlocutores distintos y sin una mesa de unidad anunciada a tres semanas del parón.

A eso se suma la calle. La acampada de plaza Catalunya cumple tres semanas y ya supera las 600 tiendas de campaña, una cifra que convierte el enclave en el mayor campamento urbano de la ciudad en años. Los sindicatos de vivienda y el movimiento estudiantil fueron quienes impulsaron la apertura de la Casa de la Vaga, y su capacidad de arrastre es hoy más visible que la de las estructuras sindicales clásicas. La convergencia entre ambos mundos es real, pero también frágil.

El desgaste que el 11N deja en el Govern y en el Ayuntamiento

Rubio no ahorró munición: ‘Es indecente que el Ayuntamiento lleve ocho meses haciendo oídos sordos a los colectivos movilizados’, señaló durante el encuentro. Los ponentes pusieron en común dificultades que van más allá de la negociación colectiva —persecución política y represión, en sus palabras— y subrayaron la dimensión social del conflicto: ‘Hay trabajadoras a las que les cuesta la vida mantenerse en una ciudad que las expulsa’.

Ahí está la lectura política. El Ayuntamiento de Barcelona, gobernado por el PSC, presume de diálogo permanente mientras acumula ocho meses de huelga en servicios municipales; el Govern de Salvador Illa ha convertido la vivienda en bandera propia y llega al 11N con el precio del alquiler como flanco más débil; y en Moncloa la convocatoria se lee como un test de desgaste del discurso socialista ante su propio electorado. Ninguna de las tres administraciones necesita esta foto, pero las tres la tendrán.

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Tampoco es una novedad histórica. Las grandes huelgas generales de 2010 y 2012 se apoyaron en una unidad sindical que hoy no existe, y de aquella experiencia quedó un aprendizaje que ahora se repite: sin unidad de convocatoria, el impacto se mide menos en el seguimiento del día y más en la capacidad de sostener el conflicto después. Ese es el terreno donde CCOO y UGT tienen músculo y la CGT tiene calle.

Lo que observamos es que el 11N funciona ya más como catalizador de una agenda —vivienda, salarios, servicios públicos— que como un paro de 24 horas con objetivos acotados. Queda por ver el papel de TMB y del resto de operadores en una jornada que, si es masiva, tensionará también la movilidad metropolitana. La incógnita no es el 11 de noviembre. La incógnita es qué queda el 12. La Generalitat tendrá que fijar los servicios mínimos de los servicios esenciales y las próximas sesiones del ciclo de charlas en el edificio histórico marcarán el calendario antes de la fecha límite.