El 2 de febrero de 1536, si hemos de fiarnos de la fecha que repiten las crónicas, un hombre de salud quebrada tomó posesión de una lengua de tierra arenosa a orillas del Río de la Plata. Mandó plantar una cruz, ordenó levantar unas empalizadas de barro y bautizó el descampado con nombre de calendario: Nuestra Señora de Santa María del Buen Aire. Se llamaba Pedro de Mendoza. Acababa de mandar la mayor armada que hasta entonces había cruzado el Atlántico rumbo al sur, y no podía saber que la ciudad que fundaba no le sobreviviría ni siquiera un lustro.
Poco más de un año después, Mendoza moría en el océano, camino de España, sin haber vuelto a pisar puerto. La aldea que había bautizado sería abandonada por sus propios vecinos y refundada cuarenta y cuatro años más tarde por otro hombre. De aquel episodio no queda un mausoleo: quedan un puñado de legajos en el Archivo General de Indias, la crónica de un soldado alemán que marchó con él y la memoria incómoda de un fracaso fundacional que, con el tiempo, acabó convertido en mito.
Capítulo I: Un Mendoza de segunda fila
La tradición sitúa su nacimiento en Guadix, en el reino de Granada, hacia el final del siglo XV. No faltan quienes lo hacen natural de Badajoz o de Medina del Campo, y ese desacuerdo inicial ya advierte de lo poco que se sabe con certeza de sus primeros años. Sí consta que pertenecía a una rama menor de los Mendoza, el linaje del marqués de Santillana, y que se crio entre las obligaciones de la nobleza castellana: armas, corte y servicio al rey.
Sirvió en las guerras de Italia bajo las banderas de Carlos V y volvió de allí con más prestigio que hacienda. Cuando el emperador decidió en 1534 abrir de una vez el camino del Río de la Plata, Mendoza era un candidato razonable: tenía nombre, tenía contactos y estaba dispuesto a poner de su bolsillo buena parte de la empresa. La capitulación firmada con la Corona le concedió el título de adelantado y gobernador, y le impuso obligaciones concretas: llevar un millar de hombres, levantar fortalezas y poblar unas tierras que casi ningún europeo había pisado.
El contrato era una apueta a doble o nada. La Corona cedía jurisdicción y esperanza de rentas; Mendoza ponía barcos, dinero y hombres, y se quedaba con lo que encontrara. El problema, como se vería después, era que aquellas tierras no tenían ni la plata que anunciaba el nombre del río ni las ciudades que prometían los informes de los navegantes.
La empresa no era barata. Armar catorce naves, pertrecharlas de bizcocho, vino, aceite y hierro, y pagar sueldos a dos mil hombres durante meses exigía una fortuna que Mendoza no tenía. Recurrió a la Casa de Contratación de Sevilla, a prestamistas y a socios. Como tantos conquistadores, se endeudó para conquistar.
Capítulo II: La armada del sur
A finales del verano de 1535, la flota zarpó de Sanlúcar de Barrameda. Las relaciones más difundidas hablan de catorce naves y más de dos mil hombres entre soldados, marineros y colonos; a bordo viajaban también mujeres, caballos, herramientas, semillas y todo lo que se creía necesario para levantar una ciudad desde cero.
El viaje no fue un salto directo. La flota se detuvo en las Canarias para hacer aguada, cruzó el Atlántico y se demoró en la costa de Brasil. En la bahía de Guanabara, donde hoy se alza Río de Janeiro, los expedicionarios pasaron semanas antes de continuar hacia el sur. Cuando por fin alcanzaron el estuario, habían transcurrido meses desde la salida de Sanlúcar.
El Río de la Plata no era un misterio absoluto. Juan Díaz de Solís lo había explorado en 1516 y había muerto allí a manos de los indígenas; Magallanes lo había bordeado cuatro años después, camino del estrecho que lleva su nombre. Lo que nadie había hecho era quedarse. Eso era lo que Mendoza venía a intentar.
Cuando por fin alcanzaron la desembocadura, el paisaje debió de resultar desconcertante. No había montañas, no había canteras, no había madera abundante con la que construir. El nombre del río era ya una promesa falsa: se le llamaba de la Plata por la leyenda de una sierra de metales que ningún europeo había visto y que, durante décadas, arrastraría a cientos de hombres hacia el interior.

Capítulo III: El puerto del Buen Aire
Mendoza eligió para su asentamiento una orilla del Riachuelo, junto a una barranca que dominaba la llanura. El lugar tenía una ventaja, la única: permitía vigilar la entrada de los barcos. El 2 de febrero de 1536 —o el 3, según la fuente— quedó fundada la primera Buenos Aires.
El cabildo se constituyó con los vecinos que habían sobrevivido al viaje. Se repartieron solares, se trazó una plaza y se nombró a los primeros regidores. Sobre el papel, Buenos Aires era ya una ciudad de la Corona. Sobre el terreno, era un campamento a la intemperie.
El terreno no ayudaba. La llanura pampeana era enorme y vacía, sin piedra para los cimientos ni árboles suficientes para las vigas. El agua dulce había que buscarla excavando. Los querandíes, cazadores y recolectores que habitaban la región, no tenían interés en alimentar a dos mil extranjeros. Al principio hubo trueque; después, cuando los recién llegados empezaron a saquear sus campamentos en busca de comida, hubo guerra.
La consecuencia más duradera de aquel choque no fue militar, sino equina. Los caballos que se soltaron de la expedición acabarían formando manadas salvajes y dando a los pueblos de la llanura una movilidad que antes no tenían. La conquista del Plata se pelearía durante siglos a caballo, y aquellos animales fueron el primer rastro de la presencia española que echó raíces de verdad.
Capítulo IV: El hambre
El asentamiento quedó sitiado de facto. Nadie podía salir a buscar leña sin escolta, nadie podía alejarse a pescar sin riesgo. Las provisiones se agotaron. Los colonos comieron los caballos, después los perros, después las ratas. Las crónicas hablan de cueros hervidos y de raíces. El cronista Ulrich Schmidl, un soldado alemán que marchó con la expedición y escribió años después una relación de primera mano, dejó constancia de la hambruna con una minuciosidad que todavía hoy resulta difícil de leer.
Los intentos de socorro se encadenaron sin éxito. Una partida tras otra salía río arriba y no regresaba, o regresaba diezmada. Mendoza escribió cartas a la Corona que tardarían meses en llegar y años en tener respuesta. Mientras tanto, el asentamiento se sostenía con lo que se encontraba en la orilla: pescado, alguna pieza de caza, raíces.
Su hermano Diego de Mendoza murió a manos de los indígenas en una de aquellas salidas. Otro tanto le ocurriría más tarde a Juan de Ayolas, el segundo de la expedición, que remontó el Paraguay, exploró tierras donde después se alzaría Asunción y fue muerto por los payaguá a su regreso. El adelantado se quedó solo, con una guarnición famélica y una enfermedad que le iba comiendo por dentro.

Capítulo V: La nao del regreso
En 1537 Mendoza tomó la decisión que ningún fundador quiere tomar: marcharse. Dejó el mando a su teniente Francisco Ruiz Galán y se embarcó hacia España con la idea de reclutar refuerzos y volver. Nunca volvió. Murió a bordo el 23 de junio de 1537, en algún punto del Atlántico, probablemente a la altura de las Canarias. Su cuerpo fue arrojado al mar, como se hacía con los muertos en la travesía.
Antes de zarpar había dejado instrucciones para que la gobernación no quedara acéfala. La cláusula más importante era también la más frágil: que alguien volviera con refuerzos. Nadie lo hizo a tiempo.
No hay acta de defunción, ni tumba, ni inventario de bienes. La documentación conservada permite reconstruir los nombramientos, las cuentas y las instrucciones, pero no el último día del hombre que había bautizado la ciudad. Lo único seguro es la fecha que repiten las fuentes y el hecho, más elocuente, de que nadie reclamó el cadáver.

Capítulo VI: La ciudad que hubo que refundar
La primera Buenos Aires no cayó por un asalto: se apagó. En 1541, los vecinos que quedaban la abandonaron y se trasladaron a Asunción, fundada en 1537 por Juan de Salazar de Espinosa y convertida en el centro de la presencia española en la cuenca del Plata. La empalizada del Riachuelo quedó para los querandíes y para el viento.
Cuarenta y cuatro años después, el 11 de junio de 1580, Juan de Garay refundó la ciudad con un nombre casi idéntico: Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire. Esta vez prosperó. La Buenos Aires que hoy conocemos no es la de Mendoza, pero es su heredera directa: mismo río, misma llanura, misma obsesión por controlar la salida al mar.
La historiografía argentina ha discutido durante generaciones qué hacer con la figura del adelantado. Hubo quien lo tuvo por un mártir de la Corona y quien lo tuvo por un mal administrador que arrastró a dos mil personas a la muerte. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Lo que no admite discusión es el resultado material: una ciudad abandonada, un gobernante muerto en el océano y un nombre que sobrevivió a ambos.
El nombre, en cambio, viajó más lejos que el hombre. «Buenos Aires» acabó designando una provincia, un virreinato y una república. El adelantado que la fundó es hoy una calle, un barrio y una estación de tren. No tiene tumba.
El océano se lo tragó sin ceremonia. Cuatro siglos y medio después, el puerto más importante de Sudamérica lleva su apellido, aunque el hombre que lo bautizó jamás volvió a ver tierra firme.

