El agua entró por la borda antes de que nadie pudiera sujetar los odres. La barcaza se levantó de popa, giró sobre sí misma en la rompiente y dejó a los hombres que quedaban a bordo tragando mar, arena y espuma en una playa de la costa tejana. Era noviembre de 1528. Cuando consiguieron arrastrarse fuera del alcance de las olas, desnudos, sin comida y sin fuerzas, vieron que se acercaban unos indígenas. Según el relato que uno de aquellos hombres escribiría años después, los indígenas se sentaron en la arena y se pusieron a llorar.
El que tomó la pluma se llamaba Álvar Núñez Cabeza de Vaca y llevaba el cargo de tesorero real de una expedición que había salido de España con seiscientos hombres. Allí, en la orilla, no quedaba ni rastro del cargo, del sueldo ni de la autoridad. Quedaba un hombre de casi cuarenta años, huesudo, con la piel quemada, que acababa de perder el barco, la ropa y cualquier idea clara de dónde estaba. La isla donde fueron a parar la bautizó él mismo con un nombre que no admitía dudas: Malhado, la isla de la desgracia.
Lo que vino después es una de las historias más extrañas de la exploración española en América. Ocho años de esclavitud, hambre, comercio de conchas, viajes a pie por territorios que ningún europeo había pisado y, al final, una caminata de meses que cruzó el continente desde el golfo de México hasta la costa del Pacífico. Pero Cabeza de Vaca no fue solo un superviviente. Fue también gobernador, colono, rebelde para unos y tirano para otros, y murió pleiteando por su honra.
Capítulo I: La barcaza que volcó dos veces
La primera vez que aquella embarcación se hundió no hubo agua: hubo decisiones. Pánfilo de Narváez había desembarcado en la costa de la Florida en abril de 1528 con la orden de poblarla y gobernarla, y con la certeza de que encontraría oro, puertos y tierras ricas. En lugar de eso encontró manglares, mosquitos y una geografía que no se parecía a los planos que traía. Ordenó separar la flota de la tropa, mandó a los barcos buscar un puerto hacia el norte y él se quedó en tierra con varios cientos de hombres, convencido de que en algún punto de la costa le estarían esperando.
No le estaban esperando. La caminata hacia el interior —siempre hacia el norte, siempre con la idea de encontrar el asentamiento que no existía— se convirtió en un desfile de hombres enfermos, comidos por la fiebre y por la sed. Cuando llegaron a una bahía donde no había nada, decidieron fabricar sus propios barcos. Allí documenta Cabeza de Vaca una de esas escenas que explican una expedición mejor que cualquier crónica oficial: mataron los caballos, se comieron la carne, y con las crines hicieron cuerdas; con las patas, odres para llevar agua; con las camisas, velas. Un ejército se convirtió en un taller de náufragos antes de naufragar.
Salieron en cinco barcazas. Las corrientes los separaron a los pocos días. La de Cabeza de Vaca fue la única que llegó a tierra firme; de Narváez no se volvió a saber nada, y su superior jamás supo que el tesorero que había discutido con él en la Florida iba a sobrevivirle ocho años en el interior del continente.
Capítulo II: Seiscientos hombres y un mapa equivocado
Conviene retroceder un poco, porque la historia empieza antes de la playa. Álvar Núñez Cabeza de Vaca había nacido en Jerez de la Frontera, probablemente hacia 1488 o 1490, en una familia de hidalgos con más orgullo que rentas. El apellido le venía de una leyenda doméstica que sus cronistas se encargaron de repetir: un antepasado pastor, Martín Alhaja, habría marcado con una calavera de vaca el paso por el que las tropas cristianas sorprendieron al enemigo en Las Navas de Tolosa, en 1212. De la calavera salió el nombre; del nombre, la vanidad; de la vanidad, un escudo con vacas que al futuro tesorero le parecería, en según qué momentos de su vida, bastante ridículo.
Antes de América había servido en Italia y en la guerra contra Francia. No era un conquistador de fortuna, sino un funcionario con espada: la Corona le nombró tesorero de la armada de Narváez por cédula real, un puesto administrativo que consistía en controlar el dinero, los bastimentos y las cuentas de una empresa privada con licencia pública. La flota zarpó de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527. Pasó por las Canarias y por Santo Domingo, se detuvo en Cuba, y en abril de 1528 desembarcó en la Florida.
Nadie sabía dónde estaban. Durante meses, el grupo de Narváez caminó por territorios que hoy pertenecen a Florida, Georgia, Alabama, Misisipi y Luisiana, sin mapas fiables y sin intérpretes. El tesorero discutió con el gobernador, y esa discusión consta en su propio relato: le parecía una locura separar los barcos de la gente. Tenía razón, pero la razón no alimenta. Cuando se comieron los últimos caballos y empezaron a morir hombres, la expedición se convirtió en un problema de aritmética: cuántos caben en cinco barcazas, cuántos días de agua caben en un odre, cuántos hombres se pueden perder antes de que la empresa deje de existir.

Capítulo III: El mercader de conchas
De los hombres que llegaron a Malhado, muy pocos sobrevivieron al primer invierno. El propio Cabeza de Vaca dejó por escrito algo que la historiografía posterior ha repetido con incomodidad: algunos de sus compañeros, en los peores meses, llegaron a comerse a los muertos. Él no lo cuenta para escandalizar, sino para explicar el límite al que había llegado la empresa de la Florida.
Los supervivientes quedaron repartidos entre distintos grupos indígenas de la costa y del interior. Cabeza de Vaca pasó años como esclavo, obligado a cavar, a cargar raíces y a buscar comida en un territorio donde la comida era el bien más escaso. Aprendió las lenguas, aprendió los caminos y, sobre todo, aprendió a moverse. Hacia 1532 o 1533 se las ingenió para independizarse del grupo que lo retenía y se convirtió en algo parecido a un mercader: recorría el interior llevando conchas, cueros y almagre, y volvía con lo que necesitaba para comerciar. En sus páginas aparece un mundo comercial indígena que funcionaba con sus propias reglas de crédito, parentesco y hospitalidad, y que los españoles habían estado a punto de destruir sin entenderlo.
La otra cosa que aprendió fue a curar. Él mismo lo refiere con una mezcla de pudor y asombro: se santiguaba sobre los enfermos, soplaba sobre las heridas y rezaba, y los indígenas empezaron a llamarle para que atendiera a sus dolientes. Muchos de sus pacientes mejoraban, o eso cuenta; alguno murió, y también lo cuenta. Lo que no cuenta es lo que un lector moderno sospecha: que aquel hombre estaba tan desesperado por ser útil —por no ser el esclavo al que se le puede pegar sin consecuencias— que se fabricó un oficio con rezos y gestos.
En ese tiempo se reencontró con dos compañeros de la expedición, Andrés Dorantes de Carranza y Alonso del Castillo Maldonado, y con el esclavo de este último, un bereber de Azemmor llamado Estebanico. Cuatro hombres. Ese fue todo el balance de la armada de Pánfilo de Narváez.
Capítulo IV: Cuatro desnudos hacia el oeste
Hacia 1534 decidieron huir. No hacia el este, donde estaban los españoles del Caribe y la muerte segura, sino hacia el oeste, hacia una tierra que ninguno de ellos había visto jamás y de la que solo tenían noticias por los relatos de sus captores. Querían llegar a la costa del Pacífico, a las tierras donde se decía que había cristianos con caballos y comida. Sabían que el viaje podía durar un año o dos. Sabían que iban desnudos.
Cruzaron lo que hoy es Texas hacia el oeste, y luego probablemente Chihuahua y Sonora; la ruta exacta sigue discutiéndose entre los historiadores, porque el relato de Cabeza de Vaca usa nombres de pueblos y de ríos que no siempre se han podido identificar. Iban de grupo en grupo, siguiendo las cosechas de tunas, las estaciones de caza y las rutas de los indígenas que los acogían, los temían o los utilizaban como curanderos. En su libro aparecen escenas insólitas: cientos de personas saliendo a recibirlos, familias que les entregaban a sus hijos para que los tocaran, jefes que discutían por quién se quedaba con aquellos cuatro extranjeros de barba y aspecto deplorable.
En esas páginas está también la primera descripción escrita por un europeo del bisonte americano, al que llama «vacas» y describe con joroba y pelo largo. Está el uso del tabaco: cuenta cómo los indígenas encendían una hierba y aspiraban el humo. Está la descripción del mezquite, de las tierras secas, de los grandes ríos. Y está, sobre todo, un cambio de mirada que no se había dado antes en la literatura de Indias: Cabeza de Vaca escribe sobre los indios como personas a las que conoció durante años, con las que comió y a las que curó, y no como a un paisaje o a una mano de obra.
En la primavera de 1536, cerca de un río de Sinaloa, se toparon con una partida de españoles que cazaban esclavos. Cabeza de Vaca recordó después el desconcierto de aquel encuentro: llevaba tanto tiempo desnudo y hablando en otras lenguas que el castellano le salía torpe. Los cazadores los llevaron primero a Culiacán, donde gobernaba Nuño de Guzmán, y de allí a Ciudad de México. El virrey Antonio de Mendoza los recibió, escuchó el relato y quiso que volvieran a la Florida como guías. Cabeza de Vaca se negó.

Capítulo V: El gobernador que sobró en Asunción
Volvió a España en 1537 y dedicó cinco años a escribir. El libro se imprimió en Zamora en 1542 con un título que era casi un expediente: La relación de los naufragios y comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca. En el prólogo explica que lo hace para dar cuenta de lo ocurrido a quien tuviera que juzgarle, y también para que otros no repitan los errores de Narváez. Se lee hoy como una novela de aventuras, pero fue escrito como un descargo.
La Corona, sin embargo, le tomó por un experto en Indias y en 1540 le nombró gobernador y adelantado del Río de la Plata, con derecho a explorar y poblar una franja enorme del sur del continente. Zarpó de Sanlúcar a finales de ese año con varios cientos de hombres y mujeres, y llegó a la isla de Santa Catalina, frente a las costas del Brasil actual, en 1541. Allí desembarcó y decidió una maniobra que resume su carácter: recorrió a pie la distancia que separa aquella isla de Asunción, una caminata de centenares de kilómetros por territorio desconocido, y entró en la ciudad en 1542.
Lo que encontró fue una colonia de españoles que llevaba años viviendo del saqueo de los pueblos guaraníes, con un sistema de repartos y de esclavitud que se parecía bastante a un negocio privado. Cabeza de Vaca dictó ordenanzas para limitar los abusos, intentó abrir caminos hacia el Perú y se enfrentó a los hombres que llevaban el control real de la provincia. El choque no era personal: era estructural. Un gobernador nombrado por el rey, con instrucciones de gobernar, contra una élite local que se había organizado para no ser gobernada.
En 1544, el cabildo de Asunción, con Domingo Martínez de Irala al frente, le depuso. En 1545 lo embarcaron de vuelta a España con grilletes. El mismo hombre que había sobrevivido ocho años entre las naciones del golfo de México volvió a cruzar el Atlántico encadenado, acusado de tiranía por quienes administraban la tiranía a diario.

Capítulo VI: Grilletes y una muerte sin fecha
El pleito duró años. El Consejo de Indias escuchó a los testigos de Asunción y a los suyos, revisó los cargos y dictó sentencia en 1551: destierro, multa y deshonor. La pena se revisó después y fue aligerada, pero el daño ya no tenía remedio. En 1555 publicó en Valladolid los Comentarios, la segunda parte de su relato, en la que reconstruye su gobierno, su defensa y la rebelión de Asunción. Es un texto de abogado, minucioso, a veces rencoroso, y es también la única versión que tenemos de aquellos años desde el lado del vencido.
Murieron sus amigos de naufragio en España, murió su mujer, y él se quedó con una pensión escasa y una biblioteca de papeles. Los biógrafos no se ponen de acuerdo en la fecha exacta de su muerte: la mayoría la sitúa hacia 1557-1559, y discuten si fue en Sevilla o en Valladolid. Ni siquiera el lugar donde está enterrado parece estar claro. El hombre que describió por primera vez el bisonte, que cruzó medio continente sin ropa y que gobernó una provincia del imperio, se apagó con la misma precisión con la que se apagan los pleitos perdidos.
A Estebanico, el esclavo que caminó con él, le quedaba todavía un último viaje: en 1539 guió la expedición de fray Marcos de Niza hacia el norte, en busca de las ciudades de las que todos hablaban, y murió en el primer contacto con los habitantes de Zuni. Su rastro se conserva peor que el de su amo, como corresponde a quien no podía firmar su propia historia.
La barcaza de 1528 se hundió dos veces: primero en el golfo y luego en el olvido administrativo de los archivos. Lo que quedó fue un libro impreso en Zamora, con páginas de un hombre que se comió caballos, curó a desconocidos, negoció conchas y aprendió a callar cuando no entendía. El imperio que financió aquella expedición se deshizo hace siglos. El relato del tesorero, con sus heridas, sus rezos y sus sospechas sobre los suyos, sigue siendo el mejor mapa de aquel continente que nadie había dibujado todavía.

