LeoLabs detecta un ‘rendezvous’ orbital: el espionaje satelital ruso acecha al radar ICEYE de Ucrania

Kosmos 2612 pasó de 350 kilómetros a menos de cinco en apenas una madrugada, según LeoLabs, que habla de rendezvous. Es el primer acercamiento conocido a un satélite privado sin autorización.

El espionaje satelital ruso ha cruzado una línea en órbita baja: Kosmos 2612 se aproximó al radar comercial ICEYE-X36 sin autorización.

La maniobra no fue un encontronazo fortuito. La detectó LeoLabs, la empresa que mantiene el catálogo orbital más fino de la industria, y la ha confirmado CNN. El 15 de octubre Kosmos 2612 empezó a reducir distancia; en la madrugada del 16 había pasado de 350 kilómetros a menos de cinco. Permaneció cerca durante el fin de semana, con ajustes mínimos, y el lunes 19 inició la retirada. No viaja solo: forma parte de un lanzamiento de seis aparatos del pasado 17 de abril.

La maniobra: de 350 kilómetros a menos de cinco en una madrugada

Los números públicos no coinciden, y ahí empieza el oficio. LeoLabs sitúa el punto de máxima aproximación en torno a los 500 metros, pero advierte de que la geometría de seguimiento era pésima y el margen de error, alto. Space.com habla de pocos metros; The War Zone, de veintiséis. Cuando la fuente más rigurosa reconoce incertidumbre, el analista serio se queda con la horquilla y desconfía del titular redondo.

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Hay algo que ningún margen de error discute: no existe un límite legal de aproximación entre satélites. La convención del sector, según el profesor de derecho espacial Aaron Brynildson, es no bajar de las seis millas —diez kilómetros— sin acuerdo previo. Kosmos 2612 se metió dos órdenes de magnitud por dentro de esa raya.

Nadie pidió permiso. Nadie lo concede.

El astrofísico Jonathan McDowell cree que puede ser el primer caso conocido de un aparato que se acerca a otro sin autorización. No es un acoplamiento: nadie va a atracar ni a reparar nada. Es una visita al domicilio ajeno con la puerta cerrada, y la diferencia entre mirar y tocar se mide en metros y en meses.

Un satélite que se acerca a otro no está fotografiando el paisaje: está leyendo el domicilio, el horario y las costumbres de quien vive dentro.

Por qué ICEYE-X36: el radar privado que ve a través de las nubes

Kosmos 2612

ICEYE es finlandesa y opera alrededor de ochenta satélites de radar de apertura sintética —SAR, por sus siglas inglesas— capaces de obtener imagen de día, de noche, y con el cielo cerrado. En una guerra de trincheras, barro y niebla, eso vale tanto como una batería de artillería. En enero, la compañía firmó con el Ministerio de Defensa ucraniano un contrato de cobertura persistente.

ICEYE-X36 pertenece a la filial estadounidense del grupo. Un responsable militar ucraniano dijo a Axios que su ejército trabaja con ICEYE, aunque no pudo confirmar si este aparato concreto alimenta sus análisis. Es la cautela lógica del oficio: nadie confirma un activo que sigue operativo.

Lo que sí está documentado es la insistencia rusa. En mayo, cuatro satélites rusos cambiaron de órbita para seguirle, según el informe que RUSI publicó en junio. Mover un aparato para igualar la trayectoria de otro consume combustible que no se repone. No se hace por curiosidad ni por error de cálculo. Cinco maniobras en cinco meses dibujan una campaña.

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¿Con qué fin? Victoria Samson, de Secure World Foundation, baraja tres lecturas: conocer capacidades del sensor, haber interferido enlaces, y una tercera que me parece la más política. Con el frente en punto muerto desde hace meses, Moscú necesita un gesto que Kiev no pueda replicar. Ucrania iguala en drones; en órbita, no compite.

LeoLabs ha sido quirúrgica con la intención: el encuentro no prueba hostilidad, pero sí demuestra capacidades compatibles con recolección de inteligencia, inspección, señalización coercitiva, interferencia o preparación de operaciones antisatélite. Ahí está el problema. La frontera entre espiar y preparar el sabotaje no la marca el derecho, la marca el calendario.

Roscosmos no ha respondido. Ni una línea.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra

Vector de amenaza. Esto es una operación de encuentro y proximidad, RPO por sus siglas inglesas: maniobra deliberada, sin contacto físico, con capacidad de inspección óptica, de escucha de enlaces y de interferencia. El vector no es un exploit ni un zero-day; es combustible, paciencia y control de actitud. Samson maneja los dos precedentes que importan: Kosmos 2543 sobre USA 245 en 2020, a unos treinta kilómetros, y Kosmos 2558 sobre USA 326 en 2022, a setenta. Los dos objetivos eran satélites clasificados del NRO estadounidense. La novedad ahora es que el perseguido es privado y la distancia, de metros.

Agencias implicadas. Ataca el complejo espacial ruso —Roscosmos y las Fuerzas Espaciales, con la unidad de control sin atribución pública—. Defiende ICEYE, con su filial estadounidense, y por extensión el Ministerio de Defensa ucraniano, que compra la imagen. Mira el NRO, que lleva dos años viendo el mismo patrón; mira el Mando Espacial de EEUU, que ya había descrito posiciones rusas junto a radares comerciales occidentales antes de que lo publicara una empresa; y mira China, que aún no ha hecho esto en órbita baja y toma nota.

Nivel de clasificación estimado. A juzgar por lo que se persigue —capacidades de sensor, geometría de observación, enlaces de bajada—, estimo un grado Confidencial en origen, elevado a Secreto en cuanto la información se cruza con la que Ucrania recibe en tiempo casi real. Lo verdaderamente clasificado no es el satélite: es lo que ve y a quién se lo cuenta.

Mi posición: lo grave no es la aproximación, es quién la contó. Se supo por una empresa y por periodistas, no por el Mando Espacial. En un dominio donde veinte metros de error pueden inutilizar un activo aliado, la transparencia no es un lujo periodístico, es disuasión. Lo dejé escrito hace años en Desnudando a Google: los primeros que atacamos nuestra intimidad somos nosotros mismos. El punto débil de todo esto sigue siendo la atribución: no hay firma en el casco del Kosmos 2612 ni nota oficial. Hay órbita, masa y silencio.

Qué ve España desde el suelo y qué no

España participa en el consorcio europeo de vigilancia espacial EU SST a través del CDTI y aporta sensores ópticos, pero España depende de datos ajenos para vigilar su órbita. El Centro de Operaciones de Vigilancia Espacial, el COVE del Mando del Espacio en Torrejón, hace seguimiento de objetos y alertas de conjunción; no hace inspección ni maniobra. La capacidad militar declarada de aproximación en Europa es, hoy, escasa y muy concentrada.

Le pongo en contexto: la constelación de ICEYE es europea de origen y su radar se ha convertido en la referencia que varios ejércitos de la OTAN usan para tener ojos cuando el cielo se cierra. Si un aparato ruso puede aparcarse al lado de uno de esos ojos, el mensaje no va solo a Kiev. Va a Helsinki, a Bruselas y a cualquier capital que compre imagen comercial en lugar de construir su propio satélite.

Y ahí está el hueco español. Lo veo así: no tenemos un problema con Kosmos 2612, tenemos un problema de soberanía de datos. La imagen que España usaría en una crisis la produce una empresa privada con filial en EEUU, se procesa fuera y se entrega con retardo. La autonomía estratégica que se predica no existe a 500 kilómetros.

Le adelanto el calendario. Antes de que acabe el año sabremos si Kosmos 2612 repite, y el rastro estará en la próxima actualización del catálogo orbital de LeoLabs, no en los comunicados. Sigo de cerca a este aparato desde mayo y tengo claro que la pregunta ya no es si habrá más maniobras, sino a quién se acercará la próxima vez. Si usted dirige un programa espacial y duerme tranquilo, revise dos veces la geometría de sus órbitas.