En Junts ya nadie espera a Puigdemont: para el papel de jefe de la oposición en el Parlament suena con fuerza Toni Castellà. El vicepresidente del partido, fundador de Demòcrates y hombre de máxima confianza del expresident, se ha convertido en la opción que la dirección maneja para sustituir a Mònica Sales al frente del grupo parlamentario.
La decisión de no ejercer ese rol la dejó caer el propio Puigdemont la semana pasada, en una entrevista en el programa ‘Pla Seqüència’ de La2Cat. Su argumento: ‘quien ha ocupado la presidencia de la Generalitat en el pasado no puede estar vigilando a quien la ocupa ahora’. Ni la mayoría de sus compañeros de escaño conocía de antemano esa intención, ni hay fecha cerrada para su vuelta al hemiciclo más allá de lo que apunta su abogado, Gonzalo Boye, que la sitúa después de las elecciones.
El escenario que se esfuma era el más extendido en los pasillos del Parlament. Si Puigdemont se hubiera quedado más allá del recibimiento oficial que Josep Rull le tiene preparado, con más pompa aún que el que esta semana ha dispensado al exconsejero Lluís Puig, el expresident habría ejercido como presidente de grupo y Sales habría regresado al puesto de portavoz. Nadie lo descartaba. Ahora la hipótesis desaparece y el partido se ve obligado a decidir quién planta cara al Govern de Salvador Illa desde la tribuna.
Algunos sectores de la formación presionan desde hace días para que Junts designe un jefe de la oposición en cuanto Puigdemont renuncie a su escaño. El cargo no es simbólico: lleva aparejados dos asesores, y ventajas protocolarias, además de ordenar la estrategia parlamentaria del conjunto del grupo. La operación, eso sí, no se cerrará antes del 29N. Todo apunta a que será en diciembre, con la vuelta del expresident, cuando se active la reordenación.
Castellà, el hombre que se ganó al expresident en plena investidura
El perfil encaja. Castellà fundó Demòcrates, la escisión de Unió que primero se alineó con ERC y después acabó integrada en Junts, y forma parte del núcleo duro de confianza de Puigdemont. Fuentes internas del partido explican que no asumió el liderazgo al inicio de la legislatura por problemas de salud. A eso se suma que genera consenso entre las élites de la antigua CiU, que llevan meses maniobrando para apartar a los llamados octubristas y tomar las riendas de la formación.
Su ascendencia se cimentó en un episodio muy concreto. Fue uno de los cerebros de la vuelta de Puigdemont y de su posterior fuga durante la investidura de Illa. Ahí, según las mismas fuentes, ‘se ganó’ al expresident. Poco después llegó el nombramiento como vicepresidente de Junts y, desde entonces, su peso en las decisiones del partido no ha dejado de crecer.
El problema de Junts no es quién señala al Govern desde la tribuna, sino que ese señalamiento siga siendo creíble para su propio electorado.
De Batet a Sales: dos intentos que la cúpula da por fallidos

El puesto acumula relevos desde 2024. Cuando Junts quedó relegado a la oposición, lo asumió Albert Batet. Un año más tarde le ofrecieron un retiro dorado como adjunto a la presidencia de la formación, apartado del foco como diputado raso y labrándose un perfil nuevo como enlace con las patronales.
Apostaron entonces por Mònica Sales, con Salvador Vergés como número dos. A ojos de la cúpula, el tándem no ha funcionado. De ahí la búsqueda de un perfil con más recorrido institucional y, sobre todo, con línea directa con el hombre que sigue decidiendo en el partido. Las quinielas se quedan cortas.
El horizonte de 2028: Illa, Junqueras y Orriols
La intención de convencer a Puigdemont para que bajara al barro tenía un objetivo: servir de revulsivo para los casi dos años de legislatura que quedan. Las encuestas no acompañan. En muchas, Junts baja de los 20 escaños, y la sensación interna es que no están sabiendo desgastar a un Govern en minoría que, además, todo apunta que perderá amigos en la Moncloa tras los comicios del 29N.
La mirada está puesta en 2028. Los rivales a batir serían Salvador Illa, Oriol Junqueras y Sílvia Orriols, tres perfiles con mucha más exposición mediática que la de un vicepresidente de despacho. De ahí que, en caso de que Puigdemont no repita como candidato, en el partido crean que ‘con más razón’ debería apostar decididamente por Castellà y ayudarle a construir ese perfil en los próximos dos años.
Lo que observamos: consenso interno, duda externa
La elección de Castellà resuelve un problema de geometría interna, no necesariamente el problema político de Junts. Es un candidato de consenso entre familias, y el consenso, en la política catalana, suele ser sinónimo de que nadie pierde demasiado. Bien mirado, también es el retrato de un partido que todavía no ha decidido qué quiere ser cuando Puigdemont no esté. Y esa pregunta sigue abierta justo cuando el calendario electoral aprieta.
El rol de jefe de la oposición ha recaído siempre en el líder del grupo con más escaños fuera del Govern, una condición que puede verificarse en la información institucional que publica el web del Parlament. En el Congreso, sin ir más lejos, ese papel define por completo la estrategia del primer partido de la oposición. En Junts, en cambio, lleva dos años siendo un puesto de gestión, con dos intentos que la dirección ya da por agotados. El riesgo de la operación Castellà es evidente: si el cargo se percibe como un reparto entre familias y no como un proyecto, el desgaste del Govern seguirá sin producirse.
Hay un factor que lo condiciona todo: qué hará Puigdemont. Su vuelta está prevista, según todas las fuentes consultadas, para diciembre, y será a partir de entonces cuando active los mecanismos para reordenar sus filas, consultando cada movimiento con las distintas sensibilidades. No se descarta que se aparte de la dirección del partido y ejerza su influencia únicamente desde su Oficina de Expresidente. Hay quien habla, incluso, de un congreso extraordinario después de las municipales. ‘Su vuelta lo cambia todo’, resume una de las fuentes.
El calendario manda. Primero el 29N; después, la vuelta de diciembre y la reordenación del grupo; más tarde, la carrera hacia 2028. En cada una de esas casillas el nombre de Castellà vuelve a aparecer. Dejémoslo, por ahora, en un ‘ya veremos’.

