Primer ejercicio nuclear Francia y Reino Unido: Rafale y Eurofighter simulan ataque

Los Rafale de las Fuerzas Aéreas Estratégicas ejecutaron el perfil de ataque y los Typhoon del 29 Squadron de la RAF hicieron de escolta sobre el Mediterráneo. La Declaración de Northwood fija que ninguna amenaza extrema para Europa quedará sin respuesta de ambas potencias.

El primer ejercicio nuclear entre Francia y el Reino Unido ya tiene imagen: Rafale franceses escoltados por Eurofighter británicos sobre el Mediterráneo. La simulación de un ataque atómico se produjo el 20 y el 21 de octubre, dentro del ejercicio Rummy, y el Ministerio de las Fuerzas Armadas francés no lo hizo público hasta este viernes 23. Es la primera vez que ambas fuerzas estratégicas vuelan una misión de este tipo. Nunca antes un caza británico había escoltado a un vector nuclear francés en un perfil de ataque.

El comunicado del ministerio es escueto, pero suficiente: los dos países realizaron una misión aérea conjunta de ataque nuclear simulado, con los Rafale de las Fuerzas Aéreas Estratégicas galas ejecutando el perfil y los Eurofighter Typhoon de la Royal Air Force cubriendo la escolta. Todo transcurrió sobre el Mediterráneo y, subraya París, sin armamento real a bordo.

Qué despegó de Saint-Dizier y qué no se lanzó

El escenario tuvo base conocida. Los aviones partieron de la base aérea de Saint-Dizier, en el noreste de Francia, con el apoyo de cisternas A330 MRTT. Lo detalló el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas francesas, el general Fabien Mandon, en un mensaje en la red social X, donde habló de un ‘nivel muy alto de interoperabilidad’ y de ‘capacidad para coordinarse’. La fotografía que acompañaba el mensaje mostraba tres Eurofighter rodando en plataforma y un cuarto bajo refugio, con distintivos del 29 Squadron de la RAF.

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Para Etienne Marcuz, analista sénior de la Fondation pour la Recherche Stratégique, ese detalle es ‘bastante significativo’. Su lectura, publicada también en X, califica el vuelo de ‘revolución para las Fuerzas Aéreas Estratégicas, que siempre han operado con total autonomía desde su creación en los años sesenta’. No es una exageración de sobremesa: la pata aérea de la disuasión francesa nació precisamente para no depender de nadie, ni de Washington ni de la estructura militar aliada.

Lo que no hubo: armas nucleares reales, transferencia de autoridad ni mando compartido. París y Londres conservan fuerzas soberanas e independientes y la decisión de empleo no se comparte, insiste el ministerio. La doctrina sigue anclada en el uso solo bajo ‘circunstancias extremas de legítima defensa’. Ahí está la asimetría que explica el interés del vuelo. Francia mantiene una componente aérea —Rafale armados con misiles de crucero de punta nuclear— y el Reino Unido, no. Londres depende exclusivamente de sus submarinos ballísticos con Trident.

Por qué París y Londres aceleran justo ahora

El marco político es la Declaración de Northwood, firmada el año pasado, en la que ambos países constataron que no existe amenaza extrema para Europa que no provocara una respuesta de los dos. ‘Tener fuerzas nucleares independientes no excluye la coordinación’, defendió la ministra Catherine Vautrin, para quien esa coordinación demuestra que ambas fuerzas ‘pueden contribuir aún más a la seguridad global de la alianza’.

Dos disuasiones soberanas que ensayan el mismo ataque no renuncian a su independencia: la exhiben con la precisión de quien ya no confía del todo en el paraguas ajeno.

El calendario no es casual. Francia lleva meses trabajando con varios aliados europeos en un concepto de ‘deterrencia avanzada’ (forward deterrence) mientras la garantía de seguridad estadounidense se vuelve cada vez más condicional. La Administración Trump ha convertido el paraguas nuclear en moneda de cambio y reclama que Europa pague. En La Haya, en junio de 2025, los aliados se comprometieron a destinar el 5% del PIB a defensa en 2035, una cifra que en Madrid se sigue leyendo como una factura sin techo.

Al otro lado del tablero, Rusia. La doctrina nuclear actualizada por el Kremlin en 2024 rebajó el umbral de empleo y Moscú mantiene armas tácticas en Bielorrusia desde 2023. Con el Tratado INF enterrado desde 2019, el espacio europeo de misiles de alcance intermedio volvió a abrirse. En ese hueco, un ejercicio como Rummy vale más por lo que dice a Washington que por lo que dice a Moscú. Pura coreografía, de momento.

Londres, además, mueve ficha en su propio terreno. Planea adquirir una docena de F-35A con capacidad para portar armamento nuclear estadounidense B61-12, lo que le permitiría recuperar a partir de la próxima década el vector aéreo que hoy no tiene. Escoltar a un Rafale francés es, también, un ensayo de lo que la RAF quiere volver a ser.

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Equilibrio de Poder

La lectura desde Washington es ambivalente. Por un lado, la Casa Blanca lleva años pidiendo a Europa que asuma más peso; por otro, un eje nuclear franco-británico que funcione sin el paraguas estadounidense erosiona el principal instrumento de influencia de Estados Unidos en el continente. El Pentágono no ha reaccionado públicamente al ejercicio. Esa ausencia de reacción es, en sí misma, un mensaje.

Moscú tampoco ha elevado el tono. La propaganda rusa tiende a presentar estos gestos como divisionismo europeo, y no le falta una parte de razón: cada paso hacia una disuasión europea autónoma es también un paso, pequeño, hacia una OTAN menos monolítica en lo nuclear. Francia no se sienta en el Grupo de Planificación Nuclear de la Alianza desde 1966. Eso no ha cambiado y no parece que vaya a cambiar.

¿Y España? Queda fuera del club nuclear por definición constitucional y por doctrina, pero no es espectadora. El debate sobre la deterrencia avanzada decidirá si los países sin armas atómicas participan en la planificación, en el coste o en ninguna de las dos cosas. España es socio industrial de Francia y Alemania en el FCAS, el sistema de combate aéreo de sexta generación, y esa es su vía de entrada natural al proyecto. También su dependencia: si el eje franco-británico tira del carro, Madrid negociará desde la periferia tecnológica.

En el flanco sur la cuenta es otra. Las bases de Rota y Morón concentran la huella militar estadounidense en España, y cualquier repliegue de garantías hacia el Indo-Pacífico se mide ahí primero. Marruecos, Argelia, y el Sahel —con dos reactores de investigación argelinos bajo salvaguardias del OIEA y con Rusia ganando terreno a través del África Corps— completan un mapa en el que Madrid necesita saber quién cubre qué. Una disuasión europea que ignore el Mediterráneo occidental será un paraguas con el mango roto.

A cinco o diez años, lo probable no es una fuerza nuclear común europea —nadie la ha propuesto en serio—, sino una red de dependencias cruzadas: ejercicios compartidos, planeamiento compatible, doctrinas alineadas y una industria que aprende a hablar el mismo idioma. Es un avance real, y a la vez modesto. El riesgo está en las expectativas: una operación de imagen puede vender una integración que los papeles no sostienen. La decisión de empleo seguirá siendo de un presidente francés y de un primer ministro británico, no de un cuartel general aliado.

Habrá más vuelos de este tipo. El Ministerio francés describió Rummy como un paso en la implementación de Northwood, no como un episodio aislado, y la fuerza aérea estratégica gala mantiene sus ejercicios anuales de ataque simulado, el Poker, como termómetro de rutina. La próxima cita política con capacidad de mover la aguja es el Consejo Europeo de diciembre, donde la financiación de la defensa volverá a la mesa. Hasta entonces, seguimos mirando el Mediterráneo.