El verano de 2026 dejó en la Unión Europea unas 50.000 muertes por calor y dos tercios de ellas son atribuibles al cambio climático, según dos estudios británicos que sitúan a España entre los países más golpeados del continente.
El verano más mortífero del siglo, con la firma del cambio climático
Dos grupos de investigación independientes llegan a la misma cifra por caminos distintos. Los trabajos, firmados por científicos del Imperial College de Londres y de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de la capital británica, cubren los meses de junio, julio y agosto y sitúan el total en torno a los 50.000 fallecidos en el territorio de la Unión Europea. De ellos, unos 32.600 son atribuibles al cambio climático.
Para calibrar la magnitud, conviene mirar el precedente. Los récords anteriores de mortalidad estival asociada al calor en la región analizada estaban en 2022, con 29.000 muertes, y en 2003, con 28.000. En 2026, solo las defunciones achacables a la crisis climática superan ya las dos marcas. La investigadora del Imperial College Clair Barnes lo resume sin adornos: ‘Detrás de estas estadísticas hay personas reales que perdieron la vida y familias que lloran su pérdida’.
El marco meteorológico encaja con ese diagnóstico. Europa vivió su tercer verano más cálido, pero el suroeste del continente, España incluida, registró el estío más caluroso de su historia, con una temperatura media de 21,7 °C, 2,5 °C por encima de la media de 1991-2020, según el Observatorio Climático Copernicus de la Unión Europea.
En el caso español, el trimestre de junio a agosto fue el más cálido al menos desde 1869, según los registros de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET). La temperatura media en la península se quedó en 24,5 °C, 2,4 °C más que el promedio del periodo de referencia 1991-2020, unas décadas que ya estaban condicionadas por la crisis climática.
Atribuir dos tercios de las muertes al clima no es un ejercicio retórico: es la diferencia entre contar fallecidos y contar causas sobre las que se puede actuar.
España, en el centro del mapa: 6.824 muertes y un 77 % atribuible
El calor causó 6.824 muertes adicionales en las 90 ciudades españolas estudiadas. De ellas, 5.227 —el 77 %— son atribuibles al cambio climático: sin el calentamiento de origen humano no se habrían alcanzado las temperaturas que las provocaron. El análisis abarca 854 urbes de 30 países, los 27 de la UE más Reino Unido, Noruega y Suiza.
Un sistema de alerta avisa del calor, pero no lo combate: sin ciudades adaptadas, cada décima extra se cobra en salud pública.
Barcelona es la segunda ciudad europea con más fallecimientos por esta causa: 1.587 de las 1.842 muertes por calor registradas. Solo la supera Milán, con 1.627. Madrid ocupa el sexto puesto, con 967 de 1.067. Les siguen València (262), Zaragoza (169), Málaga (84), Sevilla (77) y Granada (71).

📊 Impacto en cifras
- Mortalidad total: unas 50.000 muertes por calor en la UE durante el verano de 2026, la cifra más alta del siglo.
- Atribución climática: 32.600 fallecimientos, dos tercios del total, no habrían ocurrido sin el calentamiento de origen humano.
- España: 6.824 muertes adicionales en 90 ciudades; 5.227 atribuibles al clima, el 77 %.
- Población vulnerable: el 88 % de los fallecidos tenía más de 65 años o enfermedades preexistentes.
El perfil de las víctimas se repite en casi todos los países analizados. El 88 % de las muertes corresponde a mayores de 65 años, con especial incidencia entre quienes tenían patologías previas y entre los más pequeños. Pero el umbral de riesgo se ha ampliado. ‘Las temperaturas que observamos con cada vez mayor frecuencia representan una amenaza también para las personas sanas’, advierte el profesor Andrew Hartle, especialista en cuidados intensivos del Imperial College Healthcare NHS Trust.
Reino Unido, un territorio históricamente frío, contabilizó 4.500 muertes por calor. Hartle describe el efecto en su sistema sanitario: este verano registró una demanda y una presión similares a las de una temporada invernal grave por virus respiratorios, cuando el estío era, por tradición, la época tranquila.
La ola de calor más intensa jamás medida
El episodio que asoló el continente entre el 17 de junio y el 1 de julio fue el más intenso observado en la región desde que hay registros. En él se concentra una parte central del análisis: los investigadores atribuyen al calentamiento de origen humano un tercio de las muertes contabilizadas en el verano.
¿Cómo se pasa de una temperatura a una cifra de fallecidos? La atribución climática compara lo ocurrido con un escenario contrafactual: un mundo sin emisiones humanas. Si el calor observado se sale de esa simulación, la diferencia se imputa a la quema de combustibles fósiles. Es la misma metodología que aplican los grupos de atribución rápida tras cada ola de calor, y la que permite afirmar que dos tercios de estas muertes no habrían existido en un clima sin la huella industrial.
De los planes de alerta de 2003 a la adaptación que sigue pendiente
Europa aprendió algo en 2003. Aquel verano, con 28.000 muertes, empujó a los gobiernos a implantar planes de alerta por calor, protocolos sanitarios y umbrales de aviso a la población. Funcionaron a medias: en 2022, con los sistemas ya extendidos, la mortalidad estival volvió a marcar un récord de 29.000 fallecidos. Cuatro años después, solo las muertes atribuibles al clima superan las dos cifras anteriores. Los planes de alerta avisan del riesgo, pero no enfrían las ciudades.
Ahí está la brecha que señalan los autores. Pierre Masselot, epidemiólogo de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, sostiene que las ciudades están mal adaptadas al aumento de las temperaturas y reclama más espacios verdes, menos contaminación y atención sanitaria garantizada para la población afectada. Ninguno de los dos estudios cuantifica cuánto se ha invertido en esa adaptación, y el silencio es elocuente. La mitigación tiene objetivos, calendarios y normativa europea: Pacto Verde, Fit for 55, neutralidad climática en 2050. La adaptación urbana, en cambio, avanza sin una métrica de resultado comparable.
En España, el Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático despliega líneas de actuación en vivienda, salud, agua y ordenación del territorio. Para juzgar su eficacia haría falta un indicador que hoy no forma parte del debate público: los fallecimientos evitados por cada grado de calor. El verano de 2026 deja, eso sí, una base sólida para medirlo: 854 ciudades, 30 países y dos metodologías independientes que coinciden en la cifra.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: cuantificar 32.600 muertes atribuibles permite fijar objetivos de salud pública verificables, no declaraciones genéricas de compromiso climático.
- Modelo que cambia: el verano deja de tratarse como anomalía estacional y pasa a planificarse como emergencia sanitaria, con umbrales de mortalidad y presupuesto de adaptación.
- Para las próximas generaciones: cada décima de calentamiento evitada se traduce en fallecimientos que no ocurren; el urbanismo verde decide cuántos de esos 50.000 se repiten.
