Trump amenaza con nuevos ataques a Irán y EE. UU. reduce personal diplomático en Oriente Próximo

La Casa Blanca liga una nueva operación militar a un acuerdo con Teherán mientras el Tesoro asegura que las exportaciones iraníes de crudo están bajo mínimos. España, que importa casi todo el petróleo que refina, mira al precio del barril.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Trump ha advertido de que EE. UU. puede lanzar una nueva tanda de ataques contra Irán si Teherán no firma un acuerdo, y el Departamento de Estado ha reducido plantilla en al menos seis embajadas de Oriente Próximo.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, el Tesoro de Scott Bessent —que dirige la asfixia petrolera— y el bloque del Partido Republicano que lleva una década defendiendo la presión máxima sobre Teherán.
  • ¿Qué impacto tiene? El crudo y el gas del Golfo marcan el precio de la gasolina, del diésel y de la factura eléctrica en España, que importa prácticamente todo el petróleo que refina.

Trump vuelve a amenazar con atacar Irán y, en paralelo, Washington está vaciando parte de sus embajadas en Oriente Próximo.

Qué ha dicho Trump y qué es la operación Epic Fury

La advertencia no salió del Despacho Oval. Salió de un mitin en Fort Myers, Florida, el viernes 23 de octubre, donde el presidente de Estados Unidos condicionó una nueva ronda de bombardeos a que Teherán firme un acuerdo: ‘Podemos hacer otra pequeña Epic Fury, o llegarán a un acuerdo’.

La Epic Fury es la operación que el Ejército estadounidense lanzó contra Irán en febrero de este año, y en el discurso de Trump funciona como una cuenta pendiente que se puede volver a cobrar. El jueves ya había dicho que sus fuerzas habían ‘destrozado’ al régimen iraní y que quizá convenía ir ‘un poco más allá’.

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Trump no ha cerrado ninguna puerta.

El viernes subió el tono. Presumió de control sobre el estrecho de Ormuz, la garganta marítima por la que sale buena parte del petróleo que consume el mundo: ‘La cuestión es si queremos rematarlo o dejar que se marchite. Porque estamos consiguiendo todo lo que queremos’. Y añadió que EE. UU. tiene capacidad militar para quedarse con el crudo iraní: ‘Podríamos tomar el país entero. Podríamos quedarnos con todo el petróleo’.

La otra mitad del relato la puso el secretario del Tesoro, Scott Bessent. Según el comunicado del Tesoro, la operación Economic Outcast (la campaña contra la flota fantasma de petroleros iraníes) ha vaciado la terminal principal del país y agotado sus reservas flotantes, mientras las exportaciones del resto del Golfo Pérsico ya superan los niveles previos al conflicto. El mensaje oficial es que las amenazas de Teherán no han detenido el flujo de energía.

Washington no está negociando con Teherán: está administrando su rendición económica y guardando la opción militar para después de las elecciones.

La versión castrense la dio el embajador en Turquía, Tom Barrack, en una entrevista: ‘¿Puede haber un ataque este fin de semana? Por supuesto’. Trump respondió con sorna —’es mi embajador en Turquía, supongo que es un hombre poderoso… si es así, yo no sé nada’— y no descartó nada.

Ante la ONU, el embajador Mike Waltz confirmó que el bloqueo naval puede mantenerse ‘en el futuro previsible’ y que la campaña de presión máxima ‘solo se está apretando’. El calendario, dijo, lo fija el presidente.

Las embajadas que se vacían y el cable submarino como objetivo

ataque Irán

Mientras se habla de bombardeos, el Departamento de Estado ha movido ficha en silencio. Según informó CNN el viernes, la plantilla se ha ajustado en en las embajadas de Jordania, Baréin, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos y Líbano, y se ha ordenado la salida del personal no esencial y de los familiares de Arabia Saudí por el incremento de los ataques de los hutíes, la milicia respaldada por Teherán.

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Irán ha empezado a enseñar sus cartas. Dos altos cargos de seguridad citados por Reuters describieron planes para atacar los cables de comunicaciones submarinos del Golfo, incluidos los equipos de reparación, para prolongar la interrupción. ‘Si Irán es atacado, no habrá más líneas rojas… desde los cables submarinos hasta las bases militares, incluidas las encubiertas’, dijo uno de ellos. El general Yadollah Javani, de la Guardia Revolucionaria, avisó de que el país será ‘tierra de matanza’ ante cualquier invasión terrestre.

Washington no pide permiso.

El canal por el que todo esto llega a España es el precio. España importa prácticamente todo el crudo que refina, y buena parte de ese petróleo y del gas que entra en buques procede del Golfo. Cuando el mercado descuenta un cierre de Ormuz, la factura se mueve en tres sitios a la vez: la gasolina y el diésel en las estaciones de servicio, la electricidad del mercado mayorista y el combustible de las aerolíneas. Ninguno de esos tres precios espera a que se confirme el primer bombardeo.

Repsol es la primera empresa española que nota el movimiento: el refino gana margen cuando el crudo se tensa, pero paga más caro el barril y el inventario. IAG e Iberia afrontan la otra cara, con un queroseno más caro en rutas que aterrizan o sobrevuelan la zona. Y cadenas como Meliá, con hoteles en los Emiratos, tienen parte del negocio en países que ahora evacúan diplomáticos.

Nadie dijo que fuera gratis.

La Lógica de Washington

El problema que la Casa Blanca intenta resolver no es nuevo: cómo impedir que Irán tenga bomba sin abrir un frente terrestre en plena campaña electoral. La coalición que sostiene esa política es la misma que lleva una década defendiendo la presión máxima: el núcleo del Partido Republicano, los donantes proisraelíes y un electorado que ve en Teherán al enemigo permanente.

Dentro de ese consenso hay dos velocidades. Según el reportaje que The Atlantic publicó el jueves, Bessent defiende el estrangulamiento económico y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, empuja una nueva tanda de bombardeos para tumbar el régimen. La Casa Blanca estudia combinar ambas cosas: varios días de ataques contra capacidades de misiles, drones, infraestructura energética e instalaciones nucleares después de las elecciones de medio mandato.

El manual tiene precedente. En 1987, Ronald Reagan ordenó abanderar petroleros kuwaitíes y escoltarlos con la Marina durante la llamada guerra de los petroleros, sin declarar la guerra ni pedir permiso al Congreso. La doctrina Carter de 1980 ya había declarado el Golfo un interés vital de EE. UU. Y en enero de 2020 Trump liquidó a Qasem Soleimani con un dron. La lógica es la misma: presión continua, golpe puntual, cero ocupación.

Para España la ecuación es más estrecha. El comercio con Irán es residual y no hay tropas implicadas. Lo que sí hay es dependencia energética y empresas con intereses en el Golfo. El Gobierno se mueve en el marco de sus socios europeos, pendiente del barril, de la seguridad de los nacionales y del coste de la factura eléctrica. Madrid no se sienta en esa mesa: recibe la factura.

El calendario electoral manda.

La ventana que vigilan los mercados se abre el 4 de noviembre, un día después de las elecciones de medio mandato del día 3. Hasta entonces, lo razonable es lo que describen Barrack y Waltz: bloqueo naval, sanciones y amenaza latente. El riesgo que no controla nadie es la respuesta asimétrica iraní. No hace falta cerrar Ormuz para encarecer el crudo: basta con sabotear un cable submarino, dejar sin reparación un tramo de fibra o permitir que los hutíes sigan disparando en el mar Rojo. Teherán no necesita ganar la guerra para mover el barril.

Ficha del Caso

  • El caso: Trump condiciona una nueva operación militar contra Irán a un acuerdo y su Administración adelgaza la presencia diplomática en Oriente Próximo mientras sostiene el bloqueo naval y la asfixia petrolera.
  • Datos clave: la operación Epic Fury se lanzó en febrero de 2026; el Tesoro asegura que las exportaciones del Golfo superan los niveles previos al conflicto; seis embajadas han ajustado plantilla y Arabia Saudí ha visto salir al personal no esencial.
  • Para España: sin exposición comercial relevante a Irán, el impacto llega por el precio del crudo y del gas, que traslada al refino de Repsol, al combustible de IAG e Iberia y a la factura eléctrica de los hogares.